Las tuberías se llenaron de aire y los grifos dejaron de usarse desde hace meses en las casas apiladas, una encima de la otra, en esta zona del noroeste de la capital. El lujo del “agua’e chorro” ahora se rememora como una preciada leyenda urbana

Redacción: Génesis Salazar
Fotografía: Ronald Peña

Bajo un sol que quema, la atracción principal de un día de cuarentena es la fila de pimpinas que aguardan por agua. En las afueras de las casas, los vecinos se preguntan en cada respiro cuánto tiempo más deben esperar, mientras la escena de los niños subiendo y bajando el cerro con una carretilla para buscar el líquido se repite constantemente.

Desde tempranas horas del día la comunidad está en la calle para recibir el camión cisterna. Los organizadores del Comité Local de Abastecimiento y Producción (Clap) son los encargados de correr la voz en el sector e inmediatamente empieza la formación de tobos de distintos colores, uno detrás del otro.

Son las 12:00 pm cuando llega la primera cisterna al barrio. En la calle Real de Los Mecedores todos llevan tapabocas y se mantienen atentos a la felicidad salvadora del llenado de envases que comienza en la esquina de El Millo.

Cuando se decretó el estado de alarma en Venezuela por la pandemia del coronavirus, el ritmo del lugar varió. El flujo de gente en los callejones no es el mismo, en los colegios ya no suena el timbre del recreo y las bodegas trabajan solo medio día y, a veces, hasta a puerta cerrada.

Sin embargo, en un día cuando se tenga previsto que llegue el agua, lo menos que piensa una persona que ha estado esperando por meses el servicio es quedarse en casa. En un día de confinamiento, el lugar estaría solo, pero esta vez no es el caso.

A las 2:00 pm, dentro del barrio, un grupo de hombres conversan y miran escépticos a quienes no son del lugar. De hecho, prefieren guardar silencio hasta que los extraños pasen. Al fondo, las risas de los niños es lo que retumba. Unos vuelan papagayos desde las platabandas de sus casas, otros se reúnen para una partida de dominó y hay quienes se quedan corriendo escaleras abajo jugando una especie de ladrón y policía.

“¡Plátano por cambio!”, exclaman dos hombres que arrastran unas cestas amarillas donde llevan el kilo de arroz, de harina o cualquier otro alimento que han podido conseguir en el día a través de su única moneda en curso, el trueque.

Son las 4:00 pm, la comunidad está a la espera de un segundo camión cisterna para abastecer a la parte baja del sector. La calle principal ya no tiene el mismo ritmo de personas. La fila de tobos ahora parece no tener dueños, y las pocas personas que quedan prefieren resguardarse del sol y comer helados para “aguantar el trote”.

Al oeste de Caracas el escenario de esperar por un servicio básico no se concentra solo en el agua, también está en la comida, la luz y el gas doméstico. En Los Mecedores, regularmente el camión del gas pasaba un día sí y un día no, pero hasta la forma de hacerse con una bombona cambió.

Ahora el vehículo recorre el lugar un día a la semana y a veces, ni eso se logra cumplir. Vecinos comentan entre sí que es por la escasez de combustible que afecta al país en general.

En medio de una pandemia donde la principal acción para prevenir el virus es lavarse las manos constantemente y guardar una distancia social de dos metros, en esta zona de la capital estas medidas se cumplen solo cuando no hay que cargar agua, buscar la bolsa del Clap o comprar una bombona de gas. Sin contar que diariamente son muchos los que salen por necesidad para llevar comida a sus hogares.

– ¿Cuántos viajes llevas?

– Siete.

Expresa un niño de 11 años que diariamente se gana la vida cargando tobos por un dólar desde la toma ubicada en El Millo. Una carretilla y dos bidones por viaje son su instrumento de trabajo.

A las 5:02 pm, la segunda cisterna llega al barrio. Cuatro horas le tomó ir y venir desde su primera visita.

La atmósfera varía inmediatamente, está llena de adrenalina y algarabía. La espera terminó. Los vecinos retomaron la calle con potes y hasta ollas para hacer sancocho. Ante el momento, una señora se asoma en la ventana de su casa y golpea las rejas en una especie de celebración.

“Teníamos que haber puesto los tobos para que nos echaran agua a nosotros primero”, afirma una mujer haciendo referencia a la ruta establecida, a lo que otra responde, “van llenando de arriba para abajo”. En el primer viaje, la cisterna se estacionó en la esquina de El Millo, en su segunda vuelta repite el proceso y los que esperan en la parte baja se angustian porque no saben si alcanzará para ellos.

Cuatro minutos después, unas 15 motos de las Faes recorren la calle Real de Los Mecedores. Todos los días transitan el lugar. La única diferencia esta vez es que la gente reclama agua corriente.

“¡Queremos el agua!, ¡queremos el agua!”, es el clamor ciudadano de quienes no reciben el líquido por grifos desde hace meses.

Cuando cae la tarde, el color amarillento de la hora viste a la comunidad entera.

Dentro del barrio, las canchas y plazas están vacías. El silencio y la soledad son protagonistas. Mientras tanto, en la cola para llenar los tobos, los funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana exigen su última condición.

“¡Todos con tapabocas!”.

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