La abuela que recibió una bala que no era para ella

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El pecado de Norberta fue darle cobijo a su nieto, quien tenía un año de haber salido en libertad tras pagar cárcel por haber cometido un robo. El joven disparó en contra del esposo de su abuela cuando lo encaró por hurtar a la familia pero erró el tiro e hirió a la mujer que siempre le dio apoyo y afecto

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Norberta Díaz hacía el almuerzo todos los días a la misma hora. Ese lunes 8 de abril, cortaba las verduras para cocer una carne guisada para ella y su esposo. Con 72 años, la señora de Ibañez era la cabeza de una familia.

Sus hijos la recuerdan atenta, con carácter; una dama de rasgos fuertes con los que se puede enfrentar todo en el mundo: La imagen de una madre tenaz que no resistió el disparo que no iba para ella.

Norberta se había separado de su primer esposo hace varios años y decidió rehacer su vida con un nuevo hombre: Miguel.

El disparador de la injusticia

A las 3:50 a.m, del lunes 8 de abril, Karina Díaz —hija de Norberta— despertó, conectó su celular a la electricidad y volvió a quedarse dormida. Cuatro horas pasaron entre el sueño y la desaparición de su equipo móvil; apenas despierta detectó que el dispositivo no estaba donde lo dejó.

La historia se repetía nuevamente.

Días atrás lo extraviado fue un billete de 20 dólares que ganó montando dos sistemas de uñas postizas en una peluquería de Chacaíto. En la lista también se cuentan camisas y dos pares de zapatos.

En menos de tres meses, Winder demostró que no había salido reformado de la penitenciaría

Díaz buscó en todos los rincones, pensó que sus hijos lo habían tomado y dejado en algún lugar de la casa; pero no apareció. Al ver el patrón de los últimos dos meses, el mismo tiempo que tenía su sobrino viviendo en la casa de su mamá, decidió bajar al primer piso.

Su madre le preguntó de inmediato qué le pasaba y la mujer le comentó que, mientras dormía, alguien había tomado su teléfono de la mesa de noche. Le indicó que estaba cansada y que tenía un sospechoso: “Winder, el que es todo para tí. El que un día te va a matar y ya en el cielo vas a decir que fue mentira”.

Una bala perdida

Winder Requena había salido hace un año del penal Rodeo III, en el estado Miranda; antes de eso estuvo seis meses en la Penitenciaría General de Venezuela, en San Juan de Los Morros. Fue detenido por funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana al ser acusado de ladrón por la junta comunal del barrio Maca, Petare.

En el tiempo en que estuvo tras las rejas solo vio tres rostros: el de su hermana, su padre y el de su abuela Norberta quien no escatimaba viajar varias horas para verlo y darle un abrazo.

Ya en libertad, el joven de 23 años, se fue a vivir con su padre, quien junto con su abuela fueron su compañía y protección, pues la madre lo abandonó pocos días después de su nacimiento.

En menos de tres meses, Winder demostró que no había salido reformado de la penitenciaría; las quejas de presuntas fechorías cometidas por él comenzaron a llegar a los oídos del padre.

El punto de quiebre fue cuando el joven llegó a dormir con la pierna bañada en sangre y dijo que había tropezado con una cabilla. El padre sabía que desconocidos le habían disparado y tomó la decisión de correrlo.

Al verse en la calle, pidió asilo en varias casas de amistades, pero en ninguna duró más de un mes. Su opción fue tocarle la puerta a su abuela Norberta, quien lo recibió con los brazos abiertos en una de las casas que conforman la escalera 14, en la calle El Colegio del sector La Cruz de Maca; donde residía junto a su esposo Miguel Ibañez, un hombre que se había ganado la vida como albañil y actualmente, al igual que Norberta, vivía de la pensión.

Herida mortal

Norberta y Miguel acogieron al joven en su hogar pese a los reclamos de sus actos, el robo del celular de su hija fue la gota que colmó el vaso y decidieron encararlo.

Norberta hacía el almuerzo mientras su marido se encontraba en la sala viendo la televisión, cuando Winder llegó de estar con su novia y el hijo de esta; los abuelos iniciaron los reclamos, el joven los repelió con gritos e insultos y comenzó a amenazarlos, con mayor énfasis a Miguel, pues no compartían sangre.

El grito y los quejidos de Norberta se escuchaban en la calle, pero ninguno de sus vecinos quiso intervenir

La sala y la cocina del hogar petareño se convirtieron en un escenario indeseable. Norberta lloraba, su esposo gritaba, solo querían que el joven tomara sus cosas y se marchara; la misión era despachar al ladrón que había traicionado su confianza.

El ex presidiario ignoró la petición y tomó un tubo de metal que encontró en la vivienda; con fuerza le pegó a su abuelo en la cabeza, brazos y pecho. La golpiza dejó al hombre, de 66 años, sangrando y tirado en el suelo.

El grito y los quejidos de Norberta se escuchaban en la calle, pero ninguno de sus vecinos quiso intervenir.

Winder se fue de la casa, pero regresó nuevamente, armado con una pistola.

Norberta estaba en el baño, desde allí escuchó las palabras de su nieto y salió corriendo.

Con el arma en la mano, Winder le dijo a Miguel: “¿Ahora si eres machito y me vas a correr?” El hombre solo respondió: “¿Qué haces? baja esa pistola. No cometas una locura”. El ambiente crepitante en la casa fue roto por el ruido seco de un disparo que iba dirigido a Miguel, pero que impactó a Norberta.


Winder, el que es todo para tí. El que un día te va a matar y ya en el cielo vas a decir que fue mentira


De forma casual el camino de la abuela coincidió con el instante cuando la bala disparada hacia Miguel cortaba el aire y con su pecho la recibió como si tuviera un chaleco antibalas.

Terminó en el piso, con los ojos al cielo, a la espera de ir hacia donde no se regresa.

Después del estallido, tres nietos de la dama —vástagos de su hija, la residente del segundo piso— bajaron las escaleras sin freno e ingresaron a la vivienda. Los menores vieron el cuerpo de su abuela cubierto en sangre; a su lado Miguel yacía arrodillado pidiendo auxilio. Como pudieron, los pequeños sacaron arrastrada a la mujer de la casa, gritando por ayuda a los residentes del callejón; uno de ellos con la voz quebrada decía: “La mató. La mató. Búsquenlo tiene que pagar”.

Vecinos acudieron al llamado, entre varios montaron a Norberta en una moto y la llevaron al hospital Dr. Domingo Luciani, en El Llanito, en búsqueda de un milagro. No lo consiguieron, la ama de casa llegó sin signos vitales.

Entró y no ha salido del barrio

Tras herir a su abuela, Winder salió corriendo de la vivienda escondido detrás el miedo que infunde una pistola.

Mientras Norberta era llevada a la medicatura forense de Bello Monte, una de sus hijas se encargó de poner la denuncia en la sede principal del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (Cicpc), en la avenida Urdaneta. Los funcionarios y la hija de Norberta llegaron barrio adentro a buscar al victimario de su madre, pero no lo encontraron.

El camino de la abuela coincidió con el instante cuando la bala disparada hacia Miguel cortaba el aire y con su pecho la recibió

Hasta la fecha, Winder no ha sido ubicado por las autoridades; vecinos comentan que él sigue en el barrio y le ha dicho a conocidos que no sabía que había matado a su abuela.

Para Winder su abuela Norberta, la tenaz, la incansable viajera, de rasgos duros y maternales, había quedado viva pese al disparo que él mismo propinó.

Winder ha vociferado entre los habitantes de Maca que se quiere meter un tiro, irse junto a Norberta.

El esposo, hijos, nietos y vecinos piden que el homicida vuelva a la cárcel. Otros tienen miedo que tome represalias contra Miguel o la hija de la víctima a quien le robó el celular.

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