AUDIO l Testimonios de cuatro vidas que cambiaron tras sobrevivir al hampa

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La autopista Charallave-Ocumare es una de las rutas del transporte público más peligrosas en los Valles del Tuy | Foto: Archivo

Valles del Tuy.- Cuando Carlos Ponce sintió que la pistola de aquel delincuente rozaba su sien, pensó en sus dos hijos y en su madre. “Fueron las tres personas que me vinieron a la mente, porque si me esperaba la muerte, ellos no resistirían un dolor tan grande, sobre todo mi viejita”.

Ponce conducía una unidad del transporte público en la ruta Ocumare-Charallave. A la altura del urbanismo Valle Alto 1, tres sujetos armados se levantaron de sus asientos para cometer un atraco.
«Uno de los delincuentes se me acercó, me dijo que siguiera la marcha y que si hacía algún cambio de luces me volaría la cabeza. Sentí mucho miedo, pero me calmé por el bien de todos», recuerda el conductor.

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Los antisociales cargaron con celulares, prendas y dinero en efectivo. A tres estudiantes los despojaron de sus zapatos y a dos mujeres les quitaron las camisas.
Este hecho ocurrió en agosto de 2016 y aunque era la cuarta vez que Ponce era víctima del hampa, nunca antes se había sentido tan cerca de la muerte. “Me traumó el hecho que me colocaran la pistola en la cabeza, porque cualquier movimiento en falso me habría costado la vida e incluso pensaba que al agresor se le podía escapar un tiro».
Desde ese momento, los días para Ponce no son iguales, pues el miedo hace estragos en su mente. En las noches se desvela y hay momentos en que su corazón late a mil por hora. “Es una sensación extraña, como si te sintieras acorralado, temeroso por lo que le pueda pasar a tu familia y a ti. Siempre pienso cuándo será el próximo día en que viviré otra experiencia de este tipo. No es fácil reponerse luego de estar al filo de la muerte”, expresó.

Una hebilla lo salvó de la muerte

A las 7:00 de la mañana del 9 de septiembre de 2016, Luis Medrano llegó a su oficina en Ocumare. Conversaba con su socio cuando observó, a través de una de las cámaras de seguridad, a dos extraños dentro de su inmueble. Se levantó de su silla y se aproximó a la puerta, pero no tuvo tiempo de salir, pues los sujetos ya estaban a su lado.
Uno de los delincuentes tenía una pistola y bajo amenaza de muerte le exigió que le entregara la llave de la camioneta Toyota 4Runner que estaba estacionada en las afueras. Su reacción fue inesperada: se abalanzó contra aquel hombre para desarmarlo.
El antisocial nunca retiró el dedo del gatillo y mientras ambos forcejeaban, el arma se disparó y las balas hicieron blanco en el cuerpo de Medrano. Llegó a sentir mucho ardor, pero eso no lo detuvo y siguió batallando, hasta que la pistola se quedó sin municiones. Los dos pillos optaron por escapar.
Durante todo ese tiempo, el socio de Medrano permaneció inmóvil. Luego reaccionó y llevó a su amigo al hospital de la ciudad. Un médico del servicio comunitario, recién graduado, lo atendió. Le diagnosticó seis heridas de bala, una de ellas en el abdomen. Esta última le generó un derrame interno. Ameritaba ser operado de urgencia, pero no había anestesiólogo. “Si no es intervenido quirúrgicamente en los próximos minutos, morirá”, aseguró el médico.
Los parientes de Medrano lo llevaron a una clínica cercana. Cuando el doctor del centro privado lo examinó, descartó el derrame interno. Todas las balas entraron y salieron de su cuerpo, sin lesionar ningún órgano. La herida que tenía en el abdomen se la hizo la hebilla de su correa que sirvió como una especie de muralla a dos de los proyectiles.
Tras 48 horas en observación, Medrano, quien es i​ngeniero ​c​ivil, fue dado de alta. Desde aquel 9 de septiembre, sus noches son más largas. «Casi nunca puedo dormir más de cinco horas. Me levanto alterado, aturdido; es una sensación extraña que se mezcla con mucha ansiedad».
Medrano quiere irse del país, pero considera que a sus 52 años la tarea no es fácil. Actualmente hace diligencias para que emigren sus dos hijos de 20 y 22 años. “Me duele separarme de mis hijos, pero mientras las cosas sigan como van, en este país no hay futuro. Todos los días es una zozobra, pensando que puedes ser víctima del hampa”.

Muchos han sido los paros de transporte realizados por los choferes en demanda de seguridad, con pocos resultados, a juzgar por las cifras diarias de atraco dentro de colectivos | Foto: Archivo El Pitazo​

“No me dejen morir”

Carolina Castillo tiene un comercio en Santa Teresa del Tuy. Todos los días sale de su casa a las 6:30 a.m., deja a sus dos niñas de 7 y 9 años en el colegio y va a su trabajo.
En octubre de 2016 fue víctima de un secuestro exprés. “Regresaba de la escuela de mis hijas en mi carro, cuando un motorizado me tocó el vidrio y apuntándome con un arma me hizo señas para que detuviera el vehículo”, recordó.
La mujer cumplió la petición del antisocial y apenas estacionó el auto, dos sujetos lo abordaron. Uno de los delincuentes la obligó a ocupar el puesto del copiloto y de pronto apareció un tercer hombre que tomó el control del volante.
A partir de ese momento, Castillo vivió las seis horas más traumáticas de su vida. Recuerda que por una hora la pasearon por toda la ciudad de Santa Teresa del Tuy, mientras la amedrentaban y le quitaban todo lo que llevaba en su cartera.
Luego, le revisaron las tarjetas que tenía en su monedero y en dos cajeros electrónicos la obligaron a sacar dinero. También la llevaron hasta su casa y le robaron prendas, efectivo, equipos y electrodomésticos. Finalmente, huyeron en su carro, el cual al día siguiente fue localizado desvalijado en un paraje solitario de la carretera La Raisa en los Valles del Tuy.
Al percatarse de que los delincuentes se habían ido, Castillo se comunicó con su esposo, quien de inmediato se fue a casa. Cuando llegó, la mujer estaba en el suelo y aunque fue reaccionando, la llevó a una clínica, donde le diagnosticaron un leve Accidente Cerebro Vascular (ACV). “Después de llamar a mi esposo, me desvanecí. No supe más nada de mí hasta que desperté. Solo recuerdo que con insistencia le pedía que no me dejara morir”.

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«Esta muchachita está como para mí»

Una mañana del mes de diciembre de 2016, Carmen Barrios, nombre ficticio para proteger su identidad, se levantó a la hora de costumbre para preparar el café. Al intentar encender la cocina, solo aire salió por las hornillas. La situación le extrañó, pues tres semanas antes había cambiado su bombona de gas.
Se dispuso a salir al patio para revisar el cilindro, sin sospechar que el hecho no era fortuito. Cuatro delincuentes habían cerrado la manilla de la bombona.
“Me agarraron por el cabello y me dijeron que no gritara. Yo entré en pánico y comencé a llorar, pero uno de los antisociales se puso agresivo y amenazó con golpearme, así que me limité a decirles que no me hicieran daño”.
A la fuerza, llevaron a la mujer hasta el interior de su residencia. En una de las habitaciones estaba su hija, quien ese día cumplía años, y en la otra su madre. Barrios rezaba para que ninguna de las dos se despertara, pero las fuertes voces de los atracadores las levantaron exaltadas de la cama.
“Me pedían dinero en dólares y bolívares, prendas de oro, pero nosotros no tenemos riquezas. Vivimos como una familia normal, de clase media. Soy educadora y gano para medio vivir y mantener a mi hija. Mi mamá vive de su pensión, nunca entendí porqué escogieron mi casa, que si bien es grande no es lujosa”, señaló Barrios.
La docente recuerda que los antisociales se llevaron todo lo que encontraron a su paso. Tres televisores, una computadora, una laptop, sus electrodomésticos y gran cantidad de ropa.
“Antes uno podía ahorrar un par de meses y comprar un televisor, pero ahora es imposible. Me dejaron hasta sin la batidora con la que pensaba hacerle a mi hija su torta de cumpleaños, aunque después de ese incidente, no teníamos ánimo para celebrar esa fecha”.
Barrios está consciente que lo material lo puede recuperar algún día, pero no la serenidad con la que antes vivía. En su mente retumban aquellas aberrantes palabras que decía uno de los malhechores, en alusión a su hija: “Esta muchachita está como para mí”.

Ser víctima del hampa causa graves efectos sicológicos | Foto: Archivo

“Cada vez que salgo al patio, siento escalofríos, y lo que más me parte el alma es que ahora mi hija, con apenas 19 años, sufre de los nervios. Esto es algo que no le deseo a nadie. Ojalá ninguna otra familia venezolana sea víctima del hampa”, dijo con nostalgia.
Desde hace tres meses, Carmen y su hija están en tratamiento siquiátrico. “Yo pensé que podíamos superar esto solas, pero con el paso del tiempo nuestros estados de ansiedad e intranquilidad se agudizaron. Estuve noches enteras sin dormir, deprimida y asustada. Hoy, las dos tomamos medicamentos que nos mantienen serenas y por lo menos ya conciliamos el sueño”.
Historias como las narradas se repiten a diario en las peligrosas calles de Venezuela, donde la muerte ronda sigilosamente, con una delincuencia desbordada que actúa de manera impune. Son experiencias amargas; dejan graves secuelas en sus víctimas que marcan un antes y un después, en un país en el que parece que la vida no vale nada.

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