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martes, 29 septiembre, 2020

“Papi, si me llego a morir quiero que me entierren donde ustedes me vayan a visitar”, pidió Erick Altuve

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Caracas.-El domingo 26 de mayo cambió radicalmente la vida de Jennifer y Gilberto, los padres de Erick.

A las 12 del mediodía de ese domingo, sus padres buscaban Propofol, un sedante que necesitaba su hijo de 11 años para mantenerlo tranquilo, ya que estaba entubado en la emergencia del Hospital J.M. de Los Ríos en Caracas.

Un pedazo de papel servía de récipe. Recorrieron varios lugares, pusieron servicios públicos en redes y nada.

Pero en el hospital había Propofol, solo que bajo llave “por ser fin de semana”, como le dijeron a Jennifer.

A las 4:00 pm, el cuadro de Erick se complicó. A las 5:30 pm, falleció.

Erick era uno de los 30 niños que esperaban un trasplante de médula ósea.

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Tenía un Linfoma No Hodgkin, diagnosticado desde que tenía un año y ocho meses. Estuvo en el hospital durante cinco meses. A su familia nunca le dieron respuesta para un trasplante, a pesar de las muchas puertas que tocaron.

“Estaba empezando a vivir su vida”, dice Gilberto Altuve, su papá.

Gilberto calificó de “ignorantes” a quienes, a su juicio, “dejan morir a tantos niños”.

En el J.M. no disponen de máquinas de Rayos X ni para hacer hemocultivos. Dos cosas que requería Erick.

Entre lágrimas, agradecieron a todos los que los ayudaron y relató el duro proceso por el que pasaron, no solo ellos sino cientos de padres.

Tuvieron que enfrentar el alto costo de exámenes y medicinas, y el mal estado de un hospital que no cuenta ni siquiera con aire acondicionado en el servicio de Hematología para colocarle quimio a los niños; mala alimentación e incluso, medicamentos bajo llave.


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“Va a compartir un poco más con sus hermanos (…)”, dijo Gilberto al contar que su hijo sería velado en su casa también por un asunto de precios impagables en los servicios funerarios.

“Papi, si me llego a morir, quiero que me entierren donde ustedes me vayan a visitar”, le dijo Erick en algún momento, en medio de las correderas por preservar un poco su salud.

Gilberto sostiene que hay que mostrar la realidad de lo que ocurre en el hospital.

Jennifer pidió “ponerse la mano en el corazón” y le mandó un mensaje a las madres del resto de los niños: “sigan luchando como yo luché por mi hijo”.

Cuestionó que la directora del J.M. nunca diera la cara y pidió que revisaran las quimio, porque, según ella, “ya los niños no la aguantan”.

“Mi hijo estaba emocionado porque decía que se podía curar y que el cáncer no podría con él, pero no fue así”, dice con el dolor de una madre que acaba de perder a su hijo.

Ambos se unen en una petición: “Ya que no pudieron darle vida a mi hijo, vamos a darle vida al resto de los niños”.

Al drama que significó la enfermedad de Erick en un país sin medicamentos, sus padres también pasaron por el calvario de reunir dinero -y pedirlo- para velarlo y enterrarlo.

Cerca de los 1.000 dólares pueden costar los servicios funerarios, un precio impagable para muchas familias.

Una urna blanca, colocada en el medio de la sala, adornada con sus peluches preferidos. Así fue despedido Erick, junto a sus hermanos y padres. A la espera del último adiós.

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