Oscar Camacaro se valió de la serenidad de sus ancestros andinos para enfrentar las ruinas que dejó el deslave y garantizar la permanencia del restaurante que ha sido parte de la familia durante tres generaciones

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Cuando se entra a la Fritería Táchira, un modesto restaurante de playa ubicado en la zona de Pueblo Abajo en la parroquia Naiguatá, al este del estado Vargas, hay dos detalles que cautivan a los comensales: uno es la amabilidad de quienes atienden desde la barra, la cocina y llevan la comida a cada mesa. El otro ,tiene que ver con una foto enmarcada y colocada estratégicamente en una columna principal que despierta la curiosidad de quien entra.

La fotografía corresponde a de la fachada del local completamente destruida tras la crecida del río Naiguatá en la tragedia de 1999, con un mensaje contundente: “Se cae uno, pero se vuelve a levantar. Gracias mi Dios”.

“Fue el regalo de un cliente. Él siempre venía al negocio y cuando vio que quedó destruido con la tragedia, tomó esa foto. Cuando abrimos nuevamente la fritería nos la trajo enmarcada. Es un recordatorio. Mientras se tengan fuerzas y ganas de trabajar, siempre podemos levantarnos”, cuenta Oscar Camacaro, uno de los propietarios del negocio.

La Fritería Táchira es uno de los negocios más emblemáticos de Naiguatá. Se levantó luego de ser sepultada bajo las rocas, troncos y lodo durante la tragedia de Vargas, y el pasado 8 de septiembre cumplió 69 años de historia en la costa litoralense.

Camacaro, junto a su socia y prima Betty Veliz, decidió recuperar el restaurante porque de esa manera mantendrían vivo el legado familiar, ese que inició Eloísa Sánchez Peñaloza en 1950, cuando llegó proveniente de Santa Ana del Táchira para brindar sus dotes culinarios al pintoresco pueblo costeño.

En el caso de Oscar Camacaro, no solo perdió el sustento familiar sino su vivienda. Aunque confiesa que en las primeras de cambio sintió miedo, el apoyo familiar, la ayuda de proveedores y de los fieles clientes, fue fundamental.

“Limpiamos el negocio y mientras recuperábamos este espacio, montamos un tarantín para vender empanadas y tostones. Un día llegaba algún cliente de Caracas o la gente de los clubes recreativos y preguntaban si hacía falta algo o en qué podían ayudar. Un comerciante de Maiquetía, Eduardo, llegó y me preguntó qué me hacía falta. Y así, poco a poco, fui recuperando desde el mobiliario hasta los utensilios de cocina”.

Para Camacaro la solidaridad de la Asociación de Comerciantes de la Parroquia Naiguatá (Asocopanai), de los comensales asiduos a la fritería y de cada vecino que también se vio afectado con las lluvias extraordinarias, fue lo que permitió que Naiguatá pudiese levantarse por encima de los sedimentos venidos de la montaña.

“Naiguatá ha sido buena con mi familia. Nosotros seguimos entonces haciendo lo que sabemos: trabajamos y nos levantamos, no conozco otra manera”.


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