Miguel Arreaza se enfrentó a la muerte desde la platabanda de su casa. Escuchó el rugido del río San Julián que destruyó el urbanismo donde hizo su vida y por el que aún lucha

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Una tarde a mediados del año 2000, Miguel Arreaza caminaba por una calle aún sepultada por lodo y piedras, de la urbanización Los Corales en Caraballeda. Se abría paso entre los escombros, mientras regresaba de una de las extenuantes jornadas para recuperar su vivienda. Su casa había quedado completamente enterrada por la furia del río San Julián, que se desbordó por las lluvias excepcionales que se registraron en Vargas en diciembre de 1999.

En medio de la destruida avenida principal del urbanismo, Arreaza sintió un escalofrío que recorrió su cuerpo.

“Quizás crean que estoy loco, pero yo sentí voces. Sentí que me pedían que debía luchar por Los Corales. Que no dejara perder este lugar”, dice.

Luego de ese llamado, el otrora empresario Miguel Arreaza se convirtió en un dirigente social y defensor sempiterno.

Desde ese momento ha sido la voz de esos propietarios que perdieron todo en la que fue una urbanización modelo del litoral central y que posteriormente, durante el eterno proceso de reconstrucción, no recibió el apoyo oportuno de las autoridades.

En este camino de lucha, integró la asociación vecinal, el consejo comunal y ha liderizado grupos de apoyo para los vecinos. Se ha plantado frente a ministros, presidentes de Corpovargas y gobernadores. Arreaza habla de Los Corales con la propiedad del conocimiento que le otorga ser integrante de una de las familias fundadoras del urbanismo desde hace unos 40 años y permanecer activo en su acontecer urbano.

“Los Corales sigue siendo un homenaje a la incompetencia, que ha sido peor que la tragedia. Aquí lo que se ha levantado, lo que se ha mejorado, se debe al empecinamiento de los propios vecinos. En veinte años de absurda indiferencia lo único que hizo el Gobierno, además de bacheo y aceras, fue implosionar dos edificios para dejar allí todos los escombros”, dice convencido.


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Tras dos décadas de aquellas lluvias, recuerda el olor del lodo, el golpe de las piedras y los gritos que resistió junto a su familia, desde la azotea de su casa, cuando la furia del río San Julián se desató en Los Corales. Esa es hoy la casa que ocupa y que fue recuperada con gran esfuerzo y férrea voluntad.

“El Estado ha sido muy injusto con las víctimas de la Tragedia de Vargas que vivían en Los Corales. Hicieron ver que los afectados eran familias acaudaladas, cuando la verdad es que se trataba de una clase media pujante y trabajadora que necesitaba del respaldo de las autoridades. Aquí no hubo recursos para apoyar a los propietarios a recuperar su casa, pero si se le dio dinero para mejoras o para comprar a quienes invadieron”.

Pero a pesar de esa indiferencia, la lucha del hombre que apuesta incesante al futuro, sabe que Los Corales seguirá siendo una estrella en su bandera personal. “El hogar no es donde uno nace, sino donde uno lucha. Entonces mi hogar siempre será Los Corales”.


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