Tiempo de pandemia | Historias frágiles (V)

Henry Delgado tiene 57 años de edad. Pese a los riesgos por el coronavirus, no ha parado de trabajar como personal de seguridad para un empresa en Chacao, al este de Caracas. Sus ingresos apenas superan los 20 dólares mensuales, con los que debe mantener a su hija y un nieto de tres años. Rafael Díaz, de 37 años, también trabaja de guardia. Las dificultades para trasladarse por la ciudad ante la falta de transporte público han sido su principal problema. Ambos han sido testigos directos de la soledad urbana que arropa a varios sectores de la capital durante la cuarentena. Estos son sus testimonios

Al salir la luz del alba, Henry Delgado se despierta para preparar su día. Desayuna y sale de su casa en el barrio Campo Rico de la parroquia Petare, al este de Caracas, para dirigirse a su trabajo. A veces opta por el Metro, por estos días solitario, otras veces es la empresa donde labora la que asegura el transporte. Da igual el medio, Delgado sabe que debe cumplir la jornada como guardia en un edificio en Chacao, incluso ahora que la pandemia del coronavirus amenaza la salud y la cotidianidad de millones de personas.

Con el decreto del pasado 16 de marzo de la cuarentena social, como la ha llamado el gobierno de Nicolás Maduro, cambió el modo de vida de los venezolanos, ya muy maltrecho por otra crisis que azota al país desde hace varios años: la emergencia humanitaria compleja. Pero Delgado dice sentirse tranquilo. No goza del mejor ingreso mensual, pero se las arregla para llevar la comida a su hogar, que comparte con su hija y nieto de 20 y 3 años de edad, respectivamente.


EL BANCO MUNDIAL SOSTIENE QUE LAS PERSONAS EXTREMADAMENTE POBRES SON AQUELLAS QUE VIVEN CON MENOS DE 1,90 DÓLARES AL DÍA


De los 57 años de edad que tiene Delgado, en 27 se ha dedicado al sector de la seguridad. En ese periodo ha logrado trabajar para 15 empresas. Actualmente labora para la compañía Inversiones Capriles. Su sueldo no supera el salario mínimo, que hoy en día permanece en 400.000 bolívares (un poco menos de cuatro dólares y medio mensual, según el tipo de cambio del Banco Central de Venezuela). Sin embargo, al igual que muchos otros trabajadores, mensualmente recibe un bono “compensatorio” por parte de su empresa que oscila entre los 10 y 20 dólares. Una cifra que en su momento le generó tranquilidad, pero que ahora resulta insuficiente para cubrir con todos sus gastos familiares.

“Ese es el problema en este país, que alcance el dinero. No todo el mundo tiene gran poder adquisitivo. Lo que podía comprar con 20 dólares hace un año, ahora es la mitad o un cuarto de la mitad. Todo se hace más difícil para el bolsillo”, relata Delgado, quien también supo alternar su oficio con trabajos transitorios como electricista, plomero o albañil para tratar de mejorar sus ingresos. Pero con la aparición de la pandemia, esas opciones quedaron atrás para él y buena parte de la población.

Cifras contundentes

Según datos de la Asociación de Trabajadores Emprendedores y Microempresarios (Atraem), el 74% de las familias en Venezuela han adoptado por estrategias de sobrevivencia para acceder a alimentos, reduciendo porciones y/o trabajando a cambio de alimentos, o rematando bienes para comprar comida. Con las restricciones por el coronavirus a dos semanas de cumplir su segundo mes, el cinturón del hambre empieza a apretar con más fuerza a los venezolanos.

En un intento por frenar los efectos del virus en la economía nacional, la administración de Maduro anunció un Plan de Pago de Nómina para las pequeñas y medianas empresas a través del sistema Patria por un lapso de hasta seis meses (hasta agosto). Aunque dicho plan se ha limitado al depósito de un salario mínimo y tres bonos especiales a cuatro millones de trabajadores. El último bono, llamado “Quédate en casa”, incluyó el pago a dos millones de empleados privados de 450.000 bolívares por persona, más de dos dólares y medio en la cotización oficial, que no alcanzan para comprar un cartón de huevos.

“El decreto incluye la ratificación de la inamovilidad laboral en el país, en defensa de los trabajadores”, informó el gobernante Maduro, quien indicó que la medida estará vigente hasta el 31 de diciembre de este año.

León Arismendi, abogado laboral y director del Instituto de Altos Estudios Sindicales, lamenta la postura adoptada desde el Palacio de Miraflores, pero no le sorprende, pues sostiene que bajo la administración de Maduro se han tomado consistemente decisiones que atentan contra la clase trabajadora.

“Decretan mantener cubierto puestos de trabajo, que ya está contemplada en la Ley del Trabajo, como si el problema fuese estabilidad en el empleo. La cuarentena fue una decisión acertada, pero también hay una situación de emergencia. El ingreso de los venezolanos con el salario mínimo, sumando el ticket de alimentación son menos 5 dólares mensuales. Con esa cifra nadie puede vivir”, alerta el jurista.


LOS EXIGUOS 21 DÓLARES QUE GANA EN PROMEDIO AL MES HENRY DELGADO ES LO ÚNICO CON LO QUE CUENTA SU FAMILIA


“¿Cuánto necesitaría una familia para sobrevivir durante este periodo? Pero no se han tomado acciones para abordar estos problemas. En la medida que nos acercamos a los sectores populares, uno se da cuenta que la gente está fuera de sus casas trabajando en la economía informal. Y los que siguen en la economía formal, muchos se están rebuscando”, añade.

El Banco Mundial define que las personas extremadamente pobres son aquellas que viven con menos de 1,90 dólares al día. Este escenario permea cada vez con más fuerza las condiciones de los venezolanos.

Para el experto, el camino a seguir incluye establecer un mecanismo de seguridad social para compensar a los trabajadores y sus compañías durante el periodo de cuarentena para mitigar la depresión de una economía apagada por completo, tal y como han hecho naciones como Reino Unido, El Salvador, España, entre otras. “En la pequeña o mediana empresa, si no está produciendo nada, más allá de lo que les pueda decir el sentido común o la solidaridad, tendrán problemas para mantener sus nóminas en el corto plazo”.

En el caso de Delgado, sus exiguos 21 dólares que gana en promedio al mes es lo único con lo que cuenta su familia. Desde el nacimiento de su nieta, la carga de ingresos de su casa recae sobre sus hombros. “Si yo me caigo, se caen ellos”, dice. Por eso no se permite preocuparse por contagiarse. Si bien reconoce el peligro de la enfermedad, en su larga experiencia como vigilante ha vivido episodios que le resultan más amenazantes. “Ni ahora ni antes dirigirse a un trabajo viviendo en un barrio es fácil. Siempre está latente el riesgo de ser robado por un delincuente”. La soledad de las calles no lo relaja. Al igual que en su puesto de trabajo, asegura estar siempre atento ante cualquier movimiento para no ser sorprendido en las noches cuando regresa a su casa.

Al otro lado de la ciudad, en Caricuao, vive Rafael Díaz, de 37 años, con su esposa y sus dos hijas de 12 y 14 años. Es otro guardia que ha sido testigo directo, desde su puesto en un edificio del sector Santa Eduvigis, de la soledad urbana que arropa a varios sectores del este capitalino. Sus horarios se han ajustado. Actualmente le toca cumplir turnos de 12 horas de 4×4 (cuatro días seguidos laborales por cuatro días libres). Todo con el fin de reducir al máximo las interacciones en la calle.

No le pesan los cambios. Más aun cuando la administradora de seguridad que lo contrató llamada Sanquer, cuyo vínculo se extiende a más de seis años, le garantiza una dotación de comida diaria y los implementos de seguridad sanitaria contra el COVID-19 (guantes, gel antibacterial y tapabocas); a diferencia de Delgado, para quien las medidas de protección sanitaria se han convertido en un exclusivo asunto personal, debido que no ha sido dotado con elementos higiénicos necesarios. “Todos esos productos me toca comprarlos por mi cuenta”, asegura.


EL SUELDO DE RAFAEL DÍAZ APENAS SUPERA LOS TRES SALARIOS MÍNIMOS, POCO MÁS DE SIETE DÓLARES AL MES


Díaz, por su parte, reconoce que al principio de la cuarentena sí sintió mucha incertidumbre, pero con el paso de los días se ha ido adaptando mejor a la nueva situación, con todo y un sueldo que apenas supera los tres salarios mínimos más los tickets de alimentación. “En general porque mucha gente ha acatado las medidas. Por eso no temo al contagio”, dice.

Su principal medio de transporte es el Metro de Caracas, en donde debe ingresar con su carnet laboral y un salvoconducto que le entrega su empresa, sin embargo no siempre son suficientes para sortear los estrictos controles de seguridad de la fuerza pública. Una situación que también ha vivido Delgado.

“Los funcionarios a veces ponen más restricciones de lo que deberían. Se ponen obtusos porque no siempre te consideran parte del sector laboral exceptuado de restricciones de la cuarentena”, relata Delgado. Para ambos trabajadores, el sistema subterráneo es la forma más económica de trasladarse por la ciudad ante la falta de efectivo para pagar a los pocos transportistas que aun cubren sus rutas, quienes, a su vez, se encuentran afectados por la escasez de gasolina desde hace más de un mes.

Para Delgado, en estos tiempos en los que ya no se puede caminar por las calles con total libertad, todo se limita a dos objetivos primordiales: trabajar para producir y comprar comida. “Lo de más ha quedado de lado. Porque no quisiera ser ese tipo de persona que por irresponsabilidad se contagie”, ratifica.

A pesar de las dificultades, Díaz se muestra optimista sobre el fin de la cuarentena. Las cifras de contagios por COVID-19 ofrecidas por el gobierno (325 casos positivos y 10 fallecidos al 26 de abril de 2020), le hacen creer que la fase de confinamiento obligatorio está pronto de terminar.

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