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sábado, 28 mayo, 2022

Mujeres resilientes: convierten el dolor y la rabia en ímpetu y empatía

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En el marco del Día Internacional de la Mujer, El Pitazo cuenta las historias de cuatro venezolanas que, luego de vivir experiencias traumáticas y ver la muerte de cerca, fueron capaces de seguir adelante y ayudar a otros a ser más fuertes, incluso, en las adversidades

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Por Génesis Carrero Soto y María Jesús Vallejo

En Venezuela había 15.269.089 mujeres para 2015, lo que representaba 49 % de la población y para el año 2020, el Instituto Nacional de Estadística (INE) estima que habrá 16.265.484; en proporción se mantendrá en 49 %, igual que en 2015. Las mujeres son casi la mitad de los venezolanos. Son las mujeres las que cargan con la responsabilidad de llevar las riendas en la mayoría de los hogares. Cuidan a sus niños, a los ancianos y a los enfermos. En un país que vive un proceso hiperinflacionario desde hace más de un año y el poder adquisitivo permite cubrir menos necesidades cada día, son, sobre todo, las madres y abuelas quienes procuran mantener un equilibrio en el presupuesto familiar.

Muchas cosas se dicen de las mujeres venezolanas: son las más bellas, las más trabajadoras, las más guerreras. Pero también han desarrollado la capacidad de ser resilientes y convertir una experiencia traumática en una oportunidad para crecer y ayudar a otros.

En estos momentos de conflictividad política y social, algunas mujeres han demostrado su capacidad para perdonar a los asesinos de sus hijos, de convertir la rabia y el dolor en fuerza e ímpetu, de pedir ayuda cuando sienten que no pueden con el peso que significa ver a un hijo enfermo, de quebrarse y seguir adelante, de mantenerse de pie aun cuando el dolor parece no abandonar el pecho.

A propósito del Mes de la Mujer y el Día Internacional de la Mujer, El Pitazo reúne las historias de cuatro venezolanas que crearon organizaciones que promueven la empatía, el perdón, la reconciliación, el apoyo y la paciencia luego de tener a la muerte, o enfermedades crónicas, en sus propias casas.

Por María Jesús Vallejo

El 22 de febrero de 2014 murió Geraldine Moreno. Pasó cuatro días hospitalizada luego de que un guardia nacional disparara a 10 centímetros de su rostro, durante una protesta en Valencia, estado Carabobo. Ella tenía 23 años, manifestaba contra el gobierno de Nicolás Maduro y se convirtió en la víctima número 11 del uso de las fuerzas del Estado.

Rosa Orozco, mamá de Geraldine, fue quien le enseñó a protestar, reclamar, exigir, alzar la voz; por eso, a pesar del dolor, nunca le reprochó el hecho de haber estado allí. Para ella, lo que pasó es lo que tenía que pasar. El plan era que Geraldine siguiera sus pasos y luchara por lograr un país democrático, pero ahora es Rosa la que lucha por ese motivo en nombre de su hija.

En septiembre de 2017 formalizó la organización Justicia, Encuentro y Perdón. “Siempre se manejó ese nombre porque lo más importante para una víctima es la justicia, pero debemos tener una reconciliación para poder sacar este país adelante. La palabra perdón siempre ha sido muy cuestionada por la gente, porque se preguntan ‘cómo voy a perdonar yo a alguien que me agredió, cómo voy a perdonar a alguien que violó mi vida’; pero es solo mediante el perdón como vamos a salir adelante”, insiste Rosa.


La palabra perdón siempre ha sido muy cuestionada por la gente (…), pero solo es perdonando que vamos a salir adelante

Rosa Orozco

Aunque su trabajo comenzó desde el día en que murió Geraldine. El 28 de marzo de 2014 fue a la Organización de Estados Americanos (OEA) con María Corina Machado, fundadora de Vente Venezuela, a denunciar el caso de su hija. Recorrió varios estados del país para hablar con familiares de víctimas que, como ella, buscaban justicia para sus seres queridos. También participó con Lilian Tintori, activista política y esposa de Leopoldo López, en Todos por la Libertad y en la campaña Rescate Venezuela.

Ella le exigía al Estado una condena para quienes asesinaron a Geraldine, pero en su corazón sabía que era necesario perdonar para poder seguir adelante. El día del juicio, en diciembre de 2016, se paró frente a los dos guardias nacionales y les dijo: “Yo los voy a perdonar, pero primero me voy a perdonar a mí, voy a pedir perdón por mi espíritu, porque quiero seguir adelante, porque quiero tener más fuerza, porque quiero sentirme libre. Después los voy a perdonar a ustedes, porque ya yo no quiero más resentimientos”. Rosa se sintió libre.

Adonde quiera que va, Rosa insiste: perdonar no significa olvidar la justicia. En la organización luchan por demostrar las violaciones a los derechos humanos en Venezuela, pero partiendo de la idea de que hay dos caminos para construir un país: el amor, la reconciliación y el perdón; el odio y la venganza. Rosa escogió el primero.

Por Génesis Carrero Soto

Cuando unos funcionarios policiales asesinaron a su hijo en medio de un presunto operativo policial, ella vivió la certeza de un presentimiento que solo una madre, una mujer, es capaz de tener y que se había anunciado con dos visitas anteriores del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) a su casa. Ver salir el cuerpo de Darwilson Sequera Sánchez por ese pequeño pasillo del callejón en el que se ubica su casa, en la calle 14 de El Valle, la desmoronó y permitió que de esos pedazos se formara la “mujer de hierro” que es hoy Aracelis Sánchez.

En sus hombros no solo carga su propia tragedia, sino la de otras 100 víctimas de ejecuciones extrajudiciales que han ocurrido en varios sectores de Caracas en el marco de las operaciones de Liberación del Pueblo (OLP) o de ajusticiamientos que son ocultados bajo el perfil de un “enfrentamiento”.

Aracelis decidió ayudar desde que vivió en carne propia la injusticia y la impunidad del sistema judicial venezolano que, hasta el momento, seis años después, sigue sin condenar a los asesinos de su hijo. Eso la llevó a mantener activa la captación de compañeras de lucha: otras madres que vivieron la misma desgracia y tienen tanta sed de justicia como ella.


Yo siempre busco a las mamás, porque ellas son las más fuertes, las únicas que tienen ese dolor tan grande que pueden convertirlo en lucha

Aracelis Sánchez

La Organización de Familiares de Víctimas de Violación de Derechos Humanos (Orfavideh) fue el espacio que Aracelis creó para canalizar su dolor en una causa y convertirse en una activista por los derechos humanos. Hace seis años que su hijo murió baleado en lo que los policías calificaron como un enfrentamiento, pero ella asegura que fue un asesinato a un inocente. En ese momento era “un ama de casa, una mujer normal”, pero aunque nunca se imaginó estar en donde está ahora, asegura que “fue el camino que Dios le indicó”.

Aracelis está segura de que ninguna mujer puede sentir un dolor más grande y aún no se explica cómo fue que ella logró sobreponerse para volver a esa morgue donde una vez esperó el cuerpo de su hijo, para ahora acompañar, desde la empatía y con conocimiento, la tragedia de tantas otras familias. “Yo siempre busco a las mamás, porque ellas son las más fuertes, las únicas que tienen ese dolor tan grande que pueden convertirlo en lucha”, cuenta.

Aracelis llegó a Cofavic en búsqueda de esa justicia que aún no alcanza. Pero allí encontró el apoyo para enfocar su lucha y compartir su dolor y su ímpetu con otras mujeres y crear su propia organización: Orfavideh. “Hoy intentamos que las mujeres pierdan el miedo y que denuncien… Se vuelven madres guerreras que van hacia adelante. El dolor fue el que me llevó a hacerme una mujer fuerte para poder ayudar a otras. Yo estoy desempeñando un rol bastante fuerte a pesar de mi dolor. Yo lo he convertido en fuerza para poder ayudarlas a ellas”.

Por María Jesús Vallejo

A sus 40 años, Ana María Donella sabe que su superpoder es ser más humana cada día. En 2015 se quitó la capa de supermujer, aceptó que no podía hacer todo sola y se atrevió a pedir ayuda. Así, comenzó a vivir desde el agradecimiento.

Una mañana, su hija Anaís, luego de días con una molestia, sintió que el dolor de barriga era más fuerte. Ana comenzó a palpar su abdomen y sintió una protuberancia. La llevó a emergencias, y después de unos minutos, Ana, su esposo y su hijo de seis años se enteraron de que Anaís, con tres años, tenía cáncer.

Ana recuerda haber sentido rabia, dolor, impotencia. No sabía qué hacer. Ni vender la casa y el carro serían suficientes para pagar todo el tratamiento; además, cada día que pasaba formaba parte de una cuenta regresiva. Un amigo de Ana le hizo entender que no podía ni tenía por qué hacer todo sola. Había llegado el momento de pedir ayuda.

Gracias al apoyo, la difusión y las donaciones de más o menos 3.000 personas que se suscribieron a la página de Facebook, Todos Juntos Por Anaís, la pequeña pudo cumplir con los tres meses de tratamiento sistémico y otros 12 de quimioterapia de refuerzo.


Cuando los seres humanos nos unimos con un propósito, somos capaces de hacer milagros

Ana María Donella

“Cuando los seres humanos nos unimos con un propósito, somos capaces de hacer milagros”, repite siempre que puede. Por ejemplo, alguien que supo del caso de Anaís le donó, desde México, una medicina que costaba cerca de 2.000 dólares.

Anaís vive sana gracias a una red humana de apoyo, y la forma como Ana lo agradece es utilizando la plataforma de Todos Juntos Por Anaís para ayudar a otras personas, sobre todo a niños, de todas partes del país.

Insiste en que no es una supermujer; sin embargo, es mamá, esposa, empresaria y líder. Cree que el mundo está lleno de mujeres fuertes que aportan inteligencia, belleza y vida, pero asegura que la sociedad funcionará a medida que hombres y mujeres aprendan a complementarse.

Afirma que todo cambió cuando fue capaz de sentir: “Somos seres humanos, no máquinas”. Ve en su hija cualidades que valora mucho: sensibilidad, empatía y ternura. Y tiene un propósito: “Mi hija vino a este mundo a ser feliz. Sea lo que sea que Anaís quiera ser, yo estaré ahí para ella”.

Por Génesis Carrero Soto

Hace 13 años que María Eugenia Monagas fue diagnosticada con esclerosis múltiple, la “enfermedad de las mil caras”. Desde entonces pasó a engrosar la lista de pacientes, en su mayoría mujeres, a las que afecta esta enfermedad neurológica y les genera discapacidad.

Pero ella no se siente en esta condición. Asegura que se levanta todas las mañanas y su primer pensamiento es “yo estoy bien”. A su juicio, “una mujer es capaz de lidiar con una enfermedad, tener familia y ayudar a otros”, y justo por eso decidió abocarse a la tarea de educar a otros pacientes sobre esta condición.

En diciembre de 2017, María Eugenia creó la Asociación Civil de Pacientes con Esclerosis Múltiple (@acpemv en Instagram y @acpevzla en Twitter), en la que ya incluye a 140 personas de todo el país que tienen esta enfermedad. Allí los ayuda a informarse sobre este padecimiento, a conocer mejor cómo vivir con él y a “compartir las penas”, como ella misma explica.


Creo que he podido lidiar con esta enfermedad mucho más que los hombres porque ellos se deprimen más. El hombre es más débil y por eso Dios nos puso a dar a luz, porque luego de esa experiencia cualquier cosa es nada

María Eugenia Monagas

Sobreponerse a la circunstancia de ver su movilidad y funciones motoras reducidas ha sido el gran logro de esta mujer, que cree que su fuerza para enfrentar lo que vive viene precisamente de su condición de género. “Creo que nosotras las mujeres somos más luchadoras y más guerreras, creo que he podido lidiar con esta enfermedad mucho más que los hombres porque ellos se deprimen más. El hombre es más débil y por eso Dios nos puso a dar a luz, porque luego de esa experiencia cualquier cosa es nada”, comenta María Eugenia.

Para ella, como para todos los pacientes crónicos de Venezuela, ha sido muy difícil tratar su patología. Desde 2015 no solo debe lidiar con los síntomas frecuentes, sino con la falta de tratamiento, pues a Venezuela llegaban solo 5 de los 15 métodos que existen para la esclerosis y desde ese año no llega ninguno.

“Mi vida cambió 360 grados de forma muy fuerte. No puedo caminar, dependo del bastón, de la andadera, y es un proceso porque retrocedo y vuelvo a avanzar por la falta de tratamiento”, cuenta María Eugenia. Sin embargo, no deja que su enfermedad amilane su condición de mujer y procura seguir siendo el pilar de su familia y la compañera de su esposo.

En Mérida cultiva esa virtud atribuida a las féminas de ser multitasking: apoya psicológicamente a sus compañeros en enfermedad, educa a sus hijos, ama a su esposo, cultiva su espiritualidad y la de otros pacientes con esclerosis a través del Reiky -una práctica espiritual japonesa que fomenta el alivio en las enfermedades del cuerpo- y además mantiene activa la lucha por mejor calidad de vida para los que padecen esta enfermedad que hoy la aqueja, pero que no la detiene.

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