Grupos de comerciantes chinos contactan a adolescentes que viven en pueblos pobres del estado Bolívar para ofrecerles comida y dinero a cambio de que le sirvan de acompañantes en fiestas privadas donde solo participan asiáticos

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Jovencitas de 15 años en adelante, con atributos físicos específicos y con un requisito determinante: poseer una gran necesidad económica. Este es el perfil que buscan empresarios chinos que viven entre Venezuela y Brasil, quienes manejan una red de trata de personas en la frontera, de la cual tuvo conocimiento directo El Pitazo.

Los negocios ilegales en Santa Elena de Uairén son para sus habitantes algo común: la gasolina la venden a precio internacional en cualquier calle. Ya es normal ver a grupos de hombres haciendo una señal con el pulgar hacia abajo, lo que indica que allí funciona una venta ilegal de combustible.

El oro y el diamante se comercializan en cada esquina. Los hombres pasan gritando “¡compro oro, oro, oro, diamantes!”, a la par de cualquier vendedor de comida o café.

También están las mujeres que cobran en reales brasileños, dólares y, por supuesto, oro a cambio de sexo. Han venido de todo el país, se les puede ver en la plaza Bolívar y sus alrededores, así como en diferentes sitios nocturnos. Su prioridad con respecto a la clientela son los hombres recién salidos de las minas.


Metí en un bolso la ropa más bonita que tenía y, sin decirle a nadie, me fui. Mi amigo ‘el chino’ me trajo a Santa Elena

Eli

En los últimos seis años, el crecimiento del comercio venezolano y brasileño lo lideran empresarios chinos ubicados en la capital del municipio Gran Sabana. Un poco más de de 80 importadoras de alimentos que traen comida de Brasil a Venezuela pertenecen a empresarios asiáticos. El resto de los 200 negocios tienen como propietarios a venezolanos, brasileños y peruanos.

Los chinos se han ido compenetrando con la cultura fronteriza y es común ver a familias asiáticas en los centros comerciales de Boa Vista, la ciudad brasileña más cercana a Venezuela.

También, de acuerdo con fuentes consultadas por El Pitazo, en Santa Elena señalan que los empresarios asiáticos formaron una red de prostitución en la que a las adolescentes y mujeres sólo se les permite acostarse con hombres chinos.

El equipo de El Pitazo estuvo en las reuniones que hacían en una de las viviendas frecuentadas por uno de los grupos de chinos que suelen mantener relaciones sexuales con adolescentes y jóvenes en Santa Elena de Uairén.

El relato es de primera mano: ellos no lo ven como un abuso, se sienten paternales al brindar ayuda a las mujeres víctimas. Cuando se reúnen —sólo hombres— cocinan, beben licor e inician sus conversaciones sobre negocios (suelen ser grandes y medianos comerciantes), pero dicen que entre todos se tienden la mano para seguir solidificándose como comunidad extranjera.

“Mi amigo ‘el chino’ me trajo a Santa Elena”

Eli, de 17 años, contó a El Pitazo toda su experiencia dentro de esta red. “Yo nací y me crié en Upata (un pueblo minero al sur del estado Bolívar). Cuando me gradué de bachiller, decidí irme a vivir con mi novio, porque ya no soportaba los maltratos de mi mamá, pero me salió una mejor oportunidad. El chino que es dueño de un comercio que está cerca de mi casa me hizo una propuesta y acepté”, contó la adolescente.

El ciudadano asiático se lo planteó como un negocio: “Me dijo que necesitaba una muchacha que lo acompañara a todos lados; que le cocinara, le lavara y lo ayudara en el negocio. Sé a lo que iba, pero nunca imaginé que me encontraría a otras muchachas como yo”, continuó Eli.

“Metí en un bolso la ropa más bonita que tenía y, sin decirle a nadie, me fui. Mi amigo ‘el chino’ me trajo a Santa Elena, tuvo que pagar en dos alcabalas a los guardias (nacionales), porque soy menor de edad y no tenía permiso de viaje. Nos instalamos y en los primeros días pasó todo como él dijo: le cociné, lo atendí, fui a todas sus reuniones, de compras, comí bien, que tenía tiempo que no lo hacía; me compré ropa”, relató.


El chino le explicó a Eli que existía un “grupo grande” de mujeres que trabajaban sexualmente para ellos, a cambio le ofrecían dinero, comida y ropa.


Transcurrido un mes de su estadía en esta localidad fronteriza, ‘el chino’ le pidió que lo acompañara a una fiesta en Boa Vista. Era en una casa. Cuenta que cuando entró se percató de que los chinos que asistieron estaban todos acompañados por muchachitas similares a ella.

Fue en medio de la celebración que ‘el chino’ le explicó a Eli que existía un grupo grande de mujeres que trabajaban sexualmente para ellos, que no podían haberse prostituido nunca en Santa Elena y que sólo debían acostarse con ellos y a cambio le ofrecían dinero, comida y ropa.

“Cuando me dijo que me tenía que quedar a vivir aquí me aterré mucho. Me acordé de esos documentales que vi muchas veces en televisión, donde a las mujeres las encierran años, las drogan y jamás las dejan salir. Le dije que yo estaba enamorada de él, que no quería estar con otro y que por favor me llevara de regreso a Santa Elena. No quería que más nadie me tocara”, continuó el relato.

Amaneció y ‘el chino’ regresó con ella al poblado venezolano. Esa misma tarde cuando hombre salió a visitar a su esposa e hijos que viven en otra localidad bolivarense, la adolescente escapó.


Una mujer que se prostituye para llevar comida a sus cinco hijos no es una puta, es un ser humano cuya realidad la ha llevado a creer que no posee ninguna cualidad valiosa que le permita ejercer una actividad económica distinta

Jackeline Fernández, coordinadora de Investigación de la Comisión para los Derechos Humanos y la Ciudadanía

Durante dos horas, Eli deambuló por las calles de Santa Elena y pensó en quedarse vendiendo café y cigarros. Tenía pánico de regresar a casa de su mamá y reencontrarse con el hambre, la miseria y la violencia.

Buscó ayuda en las mujeres que se prostituyen en la plaza, que no la quisieron aceptar como compañera: “Ellas me dijeron que los cupos estaban completos, pero yo creo que no me aceptaron porque yo era más bonita que todas y les iba a tumbar el negocio; sin embargo, me ayudaron. Fui a parar a la casa de una pareja de abuelitos que necesitaban una muchacha de limpieza”.

Así la adolescente reunió su pasaje y se regresó a Upata. Dos meses después, ahora con 18 años, volvió a Santa Elena de Uairén para ser solo la pareja oficial de ‘el chino’. Su historia aún no tiene un final feliz.

Una mercancía más

Una pareja que supo de uno de los casos como el de Eli decidió contar su testimonio a El Pitazo. A finales de 2018, alquilaron un anexo de su vivienda a un grupo de chinos, todos hombres, que alegaron lo usarían esporádicamente cuando vinieran a Santa Elena por negocios, pues sus casas estaban en Boa Vista.

“A los pocos días de cancelar el mes de depósito, comenzaron a traer muchachas. Todas criollas y muy jóvenes, ninguna era de esta zona. Venían de El Tigre, Upata y San Félix. Hice amistad con casi todas porque compartíamos el mismo patio, todas repetían la misma historia. Una tras otra pasaban días con ellos, le cocinaban, tenían relaciones, hacían estas fiestas a la que sólo iban chinos con jóvenes venezolanas y les pedían que también se acostaran con los amigos. Se lo contaban entre ellas y me lo contaban a mí”, detalló la dueña de la propiedad, quien por ser empleada de la Alcaldía de Gran Sabana pidió que su nombre fuera obviado.

Su esposo, dueño de una panadería, culminó el relato diciendo: “Nuestra casa comenzó a ser señalada como ‘la casa de los chinos’; todo el mundo sabía que entraban con una y con otra”, dijo. Al principio, la pareja pensaba que eran las novias, “pero no, no hay que ver este tipo de situaciones como algo normal porque, en realidad, eran todas niñas que por necesidad hacían lo que hacían. Los mandé a desocupar”, culminó el hombre. 

Para los empresarios asiáticos hablar en público de las muchachas que prestan servicios sexuales no es un tema a ocultar. Conversan sobre este tópico en su idioma natal, pero luego siguen en castellano. Ni siquiera callan el diálogo con la presencia de una mujer, como si revelar sus secretos sexuales fuera una carnada para que otras se vuelvan mercancías de sus negocios.

“Yo salgo de viaje en pocos días, voy a llevar la mercancía y aprovecho de traerme a una de las muchachas”, dice uno de los asiáticos a quien los presenten llamaban “Juan”.

Cuando se mezclan en conversación con grupos de venezolanos, también salen los temas de ‘las muchachas’. Los chinos son celosos con ellas y les prohíben que sirvan bebidas o comidas, solo hacen excepciones con “venezolanos amigos”. A ellos sí permiten que las jóvenes brinden una atención especial.

Las instancias de protección a los niños y adolescentes, la Guardia Nacional o la Policía del estado Bolívar destacada en Santa Elena de Uairén no han recibido denuncias por trata de personas en la zona, con fines de prostitución, comentaron las autoridades a El Pitazo.


Los chinos son celosos con ellas y les prohíben que sirvan bebidas o comidas, solo hacen excepciones con “venezolanos amigos”


Sexo por supervivencia

“Una mujer que se prostituye para llevar comida a sus cinco hijos no es una puta, es un ser humano cuya realidad la ha llevado a creer que no posee ninguna cualidad valiosa que le permita ejercer una actividad económica distinta”, expresa de forma tajante Jackeline Fernández, coordinadora de Investigación de la Comisión para los Derechos Humanos y la Ciudadanía (Codehciu).

Refiriéndose a los casos de trata de personas en la frontera de Venezuela con Brasil, Fernández detalló que tienen casos de niñas indígenas que han sido llevadas a Trinidad y Tobago con el consentimiento de sus padres, pero no han regresado.

Con respecto al incremento de los casos de prostitución, tanto en la frontera como en otras zonas del estado Bolívar, la vocera de esta organización que está al frente de los observatorios de Violencia Armada con enfoque de género y Ejecuciones Extrajudiciales, indicó que “la explotación sexual de niñas, adolescentes y mujeres se ha vuelto más fácil para los depredadores habituales, debido a la situación económica, el ejercicio del poder en las minas, las niñas dejadas atrás bajo el cuidado de familiares o vecinos y la violencia armada”.


Cuando me dijo que me tenía que quedar a vivir aquí me aterré mucho. Me acordé de esos documentales que vi muchas veces en televisión. Le dije que estaba enamorada de él, que me llevara de regreso a Santa Elena. No quería que más nadie me tocara

Eli

Dijo además que la cultura del pranato se ha trasladado a otros espacios y precisa que las jóvenes asumen que la “única posibilidad de subsistencia es bajo el amparo de grupos de poder”. La especialista contó que hay sexo por supervivencia, pero que no ha sido posible levantar los datos debido al control que tienen los mencionados grupos en esos espacios. “La violencia sexual contribuye a normalizar la prostitución forzada”, sentenció Fernández.

Ante una sociedad donde la bandera de los valores ha sido opacada por la necesidad de sobrevivir, representantes de esta comisión confían en el desarrollo de un completo plan de reinserción a las aulas de estas víctimas, en conjunto con estrategias que hagan que las mujeres vulnerables vuelvan a empoderarse y puedan continuar la vida que la crisis le privó.

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