Este año, al menos cuatro sacerdotes se han marchado del estado Monagas y otros 10 de la capital del país. El vicario de Caracas, monseñor Adán Ramírez, asegura que es una situación dolorosa porque es la despedida de un ser querido. En la Iglesia todos son familia

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Mientras doblaba su sotana, el padre Ismael hablaba sobre la fe, esa que lo ha mantenido de pie en los momentos de angustia. Sí, de angustia, porque en la Iglesia Católica también hay días en los que las preocupaciones invaden la mente de los sacerdotes.

“Hija, si a mí no me da la base para hacer un mercado como lo hacía antes, imagínate cómo hago para mantener a esta parroquia”, dice Ismael antes de confesar que casi emigra del país, como lo han hecho este año cuatro curas en Maturín, estado Monagas, y otros diez en Caracas.

El padre Ismael González sirve en una iglesia en la parroquia Los Godos de Maturín. La crisis económica por la que atraviesa Venezuela lo ha golpeado porque, como la mayoría de los sacerdotes, no tiene un salario sino que vive de la caridad y la mayoría de sus fieles carecen de recursos económicos.

Así que el poco dinero que entra se va en comprar comida y aquellas cosas que faltan en la parroquia, como el vino por ejemplo, cuyo costo va desde los 30.000 bolívares en adelante.


Hija, si a mí no me da la base para hacer un mercado como lo hacía antes, imagínate cómo hago para mantener a esta parroquia

Ismael González, padre de la parroquia Los Godos de Maturín

González mantiene a su madre; no poder llevar esos y otros gastos, lo cual lo hizo pensar en abandonar el sacerdocio o en pedir un permiso al obispo de Maturín para salir del país como misionero.

Descartó colgar los hábitos cuando se dio cuenta que comenzar de cero en otro país a sus 45 años no era su mejor opción. Entonces, le restaba solicitar permiso, pero ya otros se le habían adelantado y estaba seguro de que monseñor Enrique Pérez Lavado se lo negaría. “No puedo dejar solo a monseñor”, reflexionó.

Uno de sus compañeros salió a España por motivos de estudios y los otros lo hicieron hacia Chile, Argentina y Brasil por motivos de salud, empujados por la crisis económica y sanitaria que les impide costearse un tratamiento.

La migración de sacerdotes es un tema tabú dentro de la Iglesia Católica, aunque monseñor Adán Ramírez, vicario de Caracas, prefiere calificarlo como sensible y doloroso, porque se trata de la partida de un ser querido, ya que la iglesia es una familia.


No vamos a tapar el sol con un dedo, esta es una realidad que también afecta a la Iglesia porque los sacerdotes también son seres humanos y padecen igual que cualquier venezolano

Monseñor Adán Ramírez, vicario de Caracas

Pero Ramírez también considera que en la Iglesia Católica no aplica ese término, porque no se trata de un fenómeno que está dejando a las ovejas sin pastores.

Lo cierto es que los motivos de quienes se han marchado coinciden con los de algunos de los más de tres millones de ciudadanos que componen la diáspora venezolana, según cifras de las Naciones Unidas. “No vamos a tapar el sol con un dedo; esta es una realidad que también afecta a la Iglesia, porque los sacerdotes también son seres humanos y padecen igual que cualquier venezolano”, afirma antes de mencionar que alguno de los diez curas que salieron de Caracas también lo hicieron para atender una enfermedad, entre ellos Jesús Goicoechea, de la Inmaculada Concepción.

Para 2018 se estimaba que al menos 100 sacerdotes estaban en Colombia, según reveló una fuente interna a El Pitazo. Algunos de ellos se habían ido con permiso y otros sin permiso, abandonando su vocación. Pero monseñor Ramírez desconoce esta cifra y por ende no sabe si son tantos.

La huída

En marzo de 2018, durante la homilía de Jueves Santo en la Catedral de Caracas, el cardenal Jorge Urosa Savino asomó esta realidad. Reconoció que Venezuela vive un tiempo difícil y que las tentaciones estaban rondando a quienes consagran su vida a Dios.

Esa vez afirmó que los padres huyen de la crisis aprovechando el llamado que hacen iglesias en Europa y Estados Unidos para servir ante la escasez sacerdotal. Pero también hizo alusión a la necesidad de servir a Dios acompañando a los que sufren cada día los embates de la hiperinflación.

“Tenemos que permanecer aquí, no podemos caer en esa tentación; tenemos que acompañar al pueblo, que está sufriendo mucho. Nosotros no podemos hacernos los locos e irnos aprovechando que tenemos formación, estudios superiores, que tenemos el gran don del sacerdocio para irnos a otras partes. Tenemos que quedarnos aquí sufriendo con ellos”, reflexionó en esa oportunidad.

También en eso piensa el padre Ismael González. En el sufrimiento de su feligresía, esa que con sacrificio logra reunir hasta 100.000 bolívares semanales que sirven para comprar no solo su comida o medicinas sino también bombillos, velones, algunos objetos para el culto, así como pagar por la limpieza o el mantenimiento de un aire acondicionado.

Cuando el padre Jesús, identidad protegida a petición, viajó a Puerto Rico en 2016, la situación venezolana comenzaba a empeorar. En ese entonces, asumir el salario de seis empleados y cubrir sus gastos se hacía cuesta arriba. Entró a la isla para renovar la residencia que obtuvo en 2014 gracias a su labor como misionero desde 2001, cuando el fallecido Hugo Chávez comenzaba en el poder.

Ahora, ese permiso que le dio la Iglesia Católica está por vencerse. Debe regresar en enero de 2020 y teme hacerlo en unas condiciones nada favorables para el sacerdocio en un país donde la economía está dolarizada y sus habitantes ganan en moneda local.

“Mi intención nunca ha sido regresar al país. Ahora me toca hablar con el obispo y explicarle muy bien mi decisión, dialogar con él. Aquí no es que esté muy bien, porque tengo carencias, pero me alcanza para pagar el apartamento donde vive mi mamá, comer y costear nuestros gastos médicos”, explica.

El sacerdote se mantiene como misionero en Puerto Rico y al ser consultado sobre la posibilidad de regresar bajo esa figura, sostuvo que en esa isla caribeña hay una marcada carencia de curas, por lo que al irse dejaría un vacío. “En cualquier lugar se puede hacer misión, pero aquí hacen falta padres”, insiste.

En Venezuela también faltan curas. En 2018 la relación era de un sacerdote por cada 12.000 caraqueños, afirmó el cardenal Urosa durante su homilía en la Catedral de Caracas a propósito del Jueves Santo. Por ello hacía hincapié en no abandonar la fe.

Monseñor Adán Ramírez menciona cifras más actuales. Refiere un déficit de 275 párrocos solo en la capital de la República. Hoy ofician 125 padres cuando deberían ser 400 para atender a 6.000.000 de habitantes.

Arremetida y exilio

El gobierno de Nicolás Maduro, cuestionado por más de 50 países, ha arreciado sus ataques a la Iglesia Católica desde que en enero de 2019 esta también cuestiona la legalidad del sucesor de Chávez.

El evento más reciente ocurrió en San Cristóbal, estado Táchira: efectivos de la Guardia Nacional irrumpieron en una misa en la iglesia Nuestra Señora de Fátima el pasado 1° de mayo. La ceremonia estaba terminando cuando un grupo de uniformados entró, arremetió contra el presbítero y luego otras comisiones en moto llegaron y lanzaron bombas lacrimógenas.

Aproximadamente 40 motorizados de la Guardia Nacional llegaron a Barrio Sucre e ingresaron a la iglesia | Lorena Bornacelly

Pero antes de esto, ya un sacerdote en La Candelaria, Caracas, había sido objeto de amenazas. El padre Miguel Acevedo, quien además era vicario judicial, recibió intimidaciones por parte de colectivos armados por resguardar en el templo a un grupo de manifestantes que escapaban de una represión. El resultado: Acevedo se vio forzado a emigrar y ahora se encuentra en Estados Unidos.

De ese caso la Iglesia Católica no ha hablado. Cuando se toca el tema de la migración política se toma como referencia al caso del padre José Palmar, quien durante muchos años sirvió en la iglesia Nuestra Señora de Guadalupe, en Sierra Maestra, municipio San Francisco, estado Zulia, y actualmente está exiliado en Miami.

Fue afecto al gobierno de Chávez, pero dejó de ser amigo del régimen cuando comenzó a denunciar las desigualdades en el país. Primero se refugió en México y salió a Estados Unidos de manera ilegal cuando la persona que lo ayudaba en el país azteca fue asesinada.

En la lista de sacerdotes que emigraron por razones políticas se encuentra Alexander Hernández, capellán del cementerio del Este. Hernández ofició en el sepelio de las víctimas de la conocida masacre de El Junquito, donde fallecieron Óscar Pérez y siete integrantes de su grupo.

Esa vez, El Pitazo publicó que haber revelado en detalle cómo fueron los entierros de Pérez, Abraham Agostini y José Díaz Pimentel, asesinados en un chalet de El Junquito, le valió el exilio al cura. Lo que sobrevino a una publicación de varios mensajes de Whatsapp fue una persecución de funcionarios del Estado.

Pedro Freites Romero, de la Diócesis de Maturín, es el cuarto padre exiliado. En 2015 salió, luego de ser asediado por funcionarios de la Policía política de Maduro. En abril concedió una entrevista al diario El Tiempo de Colombia y explicó por qué había emigrado. Asegura que fue por denunciar las constantes violaciones a los derechos humanos y constitucionales, una posición que lo convirtió en una figura incómoda para el Gobierno.

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