Sectores de la capital donde muchos ciudadanos soñaban vivir por la comodidad y la ubicación que ofrecían a sus habitantes, ahora no cuentan con la ventaja de recibir regularmente agua, gas y electricidad. Los vecinos añoran el pasado y lanzan el grito de queja ante las autoridades, como el resto del país

En promedio, ocurren 20 apagones al mes en las urbanizaciones de la zona norte y noreste de Caracas desde que empezó la cuarentena. Entre 8, 12, 20 y hasta 60 horas sin electricidad pueden contarse en sectores del municipio Libertador, donde las explicaciones o las soluciones no llegan para estos vecinos que antes se sentían privilegiados por el funcionamiento de los servicios. La situación ha cambiado y ahora sufren las mismas carencias que el resto de la ciudad, incluso que el resto del país.

Maripérez, Las Acacias, Las Palmas, Los Caobos, Candelaria, Bello Monte, Santa Mónica y hasta la avenida Victoria, consideradas antes zonas favorecidas por la ubicación céntrica, la tranquilidad de sus calles, la cercanía a franjas comerciales y avenidas principales y su estabilidad en cuanto a servicios públicos, se convirtieron hoy para sus habitantes en “cascarones vacíos”.

“Siempre me lo dicen: no te puedes quejar, estás en pleno centro. Y hoy en día, no es que me arrepiento, pero sí lamento muchas cosas. Estoy en un piso siete y no hay ascensor y gracias a Dios no estoy discapacitada, pero la falta de agua, la luz y además la crisis del país, no te dejan. Hay que aguantar una cosa encima de otra: la luz, el agua, la crisis”. Este es el testimonio de la señora Cruz Moreno, residente del complejo habitacional Opppe18, en Las Acacias

Hace ocho años que Moreno se mudó a este apartamento, que le fue adjudicado por el Estado, y recuerda lo feliz que se sentía de vivir a escasas cuadras del Metro, en una casa completamente suya, a 20 pasos de Plaza Venezuela y con un sinfín de oportunidades para su familia en un sitio en el que no tendrían que cargar agua, pelear por el gas, robarse la luz o sufrir los peligros del barrio. 

Ahora, debe cuidar el agua hasta para bajar la poceta, porque no hay de dónde sacar más. Tiene dolores de cabeza constantes porque la falta de luz la obliga a forzar la vista para subir y bajar escaleras a oscuras. Además, debe aprovechar las horas de energía eléctrica en el edificio para que sus hijos pequeños revisen los grupos de clase virtual y avancen con las tareas asignadas en línea en sesiones a las que no pueden asistir en horario regular, porque llegan a pasar hasta 20 horas sin luz desde que se inició la pandemia por el nuevo coronavirus. 

La inestabilidad en los servicios públicos, que en el interior del país es ya costumbre, hoy también es el calvario de caraqueños considerados de la golpeada clase media. La crisis por falta de agua, luz, gas y hasta transporte recrudeció con la llegada de la cuarentena. El recuento lo lleva el Frente de Defensa del Norte de Caracas, cuyo dirigente, Carlos Julio Rojas, indica que solo en el mes de septiembre esa zona de la capital ha sufrido 20 apagones de gran escala. Como ejemplo pone las 90 horas continuas sin electricidad que pasaron urbanizaciones ubicadas en Bello Monte durante la primera semana de septiembre.


CÓMO SI SE TRATARÁ DE BARRIADAS, 30% DE LAS ZONAS URBANAS DEL MUNICIPIO LIBERTADOR ESTÁN SIN CONEXIÓN DE INTERNET O LÍNEAS FIJAS DE CANTV 


“Los apagones llegaron al municipio Libertador y los trabajadores de Corpoelec lo que hacen es poner curitas… Los apagones ya no son fortuitos, no son de momento: en Candelaria la luz se va tres y cuatro veces por semana con períodos extendidos de hasta 15 y 17 horas”, es el registro de Rojas. 

Los problemas no se limitan a las fallas eléctricas. Al igual que los sectores menos favorecidos, 30% de las zonas urbanas del municipio Libertador están sin conexión de internet o presentan fallas en las líneas fijas de Cantv, y para comprar gas deben acudir al mercado negro y pagar hasta 25 dólares. 

Algunas comunidades pagan hasta 500 dólares semanales por una cisterna que llene los tanques y otros hacen rifas y colectas para procurar la construcción de pozos de agua profunda a fin de resolver la sequía que los agobia. 

Tal como lo explica Rojas, quien es dirigente vecinal de Candelaria, la gravedad de la situación radica en que el problema dejó de ser ocasional, pues las fluctuaciones en el voltaje son constantes y afectan el resto de los servicios públicos. Además, las soluciones de las empresas estatales no llegan y las reparaciones efectuadas solo devuelven los servicios momentáneamente y comprometen los de otras urbanizaciones de la ciudad capital. 

“Se descompensa una línea eléctrica para reparar otra y a los cuatro días vuelve el problema”, comenta Rojas, quien además lleva cuenta de cómo locales comerciales enteros han perdido todos sus aparatos eléctricos por las fallas de energía o se han ido a la quiebra ante la imposibilidad de abrir por falta de agua o gas.

“En el interior al menos los apagones son programados en ocasiones, pero en Caracas pasas 15 y 16 horas a oscuras y nadie informa, nadie sabe nada. Todos vivimos con el temor de que la luz no vuelva más”, contó Andrea Acosta, vecina de Las Palmas. 

Una tragedia anunciada

Desde 2017 los vecinos de la parte alta de Baruta protestan por la falta de agua. Para ese momento la crisis no era tan notoria, pero hoy algunas comunidades llegan a pasar hasta 100 días sin suministro. Otras tantas se resignaron a la escasez total del servicio y solo se abastecen cuando pueden pagar cisternas o acudir a amigos de otras zonas de Caracas que les permiten llenar bidones y lavar.

Cristhian Graffe, activista de Baruta en Movimiento, explicó que la merma en las manifestaciones de calle como consecuencia de la pandemia ha generado que la solución momentánea para paliar la crisis sea la misma implementada con el tema de la luz: cortan el servicio o lo desmejoran en una zona para surtir en otra.


SOLO EN EL MES DE SEPTIEMBRE EL NORTE DE CARACAS HA SUFRIDO 20 APAGONES DE GRAN ESCALA


Es así como muchas familias residentes de las cotas altas de Baruta, en urbanizaciones como Colegio Americano, El Naranjal, Las Danielas, Los Samanes, Terrazas de Santa Inés, Monterrey, parte de Las Esmeraldas y Terrazas del Club Hípico han tomado la decisión de mudarse —y dejar la comodidad de casas grandes o apartamentos con vistas envidiables de la ciudad— para optar por zonas consideradas modestas, pero donde el agua sí llega. 

El propio Graffe y su familia tienen cinco meses alojados en La Urbina porque la falta de servicio de agua “se volvió invivible”. Entonces, esa misma necesidad de superación que lleva a los ciudadanos a mejorar su estatus, a tener casas propias y cómodas en lugares buenos es la que hoy los saca de sus hogares y los regresa a donde al menos el agua, la luz, el gas y el internet son un poco más consecuentes. 

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