Los habitantes de esta isla al norte del Lago de Maracaibo luchan para sobrevivir en medio de la deficiencia en los servicios fundamentales. A las fallas en la electricidad, en el sistema de salud y educación se suman las dificultades para conseguir agua potable y alimentos 

Por: Adriana González

En el extremo más norte del Lago de Maracaibo está Isla de Toas, uno de los poblados insulares que comprende el municipio Almirante Padilla, al Occidente de Venezuela. Este territorio padece las consecuencias del olvido gubernamental, porque hay escasez de alimentos, falta el agua potable y no hay condiciones para el acceso a la salud ni a la educación. No hay donde comprar medicinas y el tiempo sin electricidad puede extenderse hasta por cuatro días.

Ubicada a 51 kilómetros de Maracaibo, la capital del estado Zulia, tiene una extensión de 3 kilómetros cuadrados, en la que destacan cerros degradados por la explotación de la piedra caliza, uno de los primeros minerales que fue aprovechado para la actividad económica en la región zuliana.  

Es zona de pescadores y, pese a todo el escenario adverso y la desolación, lo único que parece mantenerse intacto, casi como un rasgo inherente al gentilicio, es la calidez de los pobladores y su arraigo a la isla que les vio nacer. 

En el sector Las Cabeceras está la casa de la familia Espina. Su fachada de color amarillo claro, tiene cuatro huecos cuadrados que funcionan como ventanas, por donde la brisa entra con fuerza y alivia el calor en medio de los apagones.

María Gabriela Espina, de 50 años de edad, es hija de Betty de Espina. Esta mujer cuenta que en la isla el servicio eléctrico es prácticamente inexistente. “La semana pasada estuvimos cuatro días sin luz, venía dos horas como máximo y se volvía a ir”, resume, y agrega que el cable sublacustre que energiza la isla ya no responde a la demanda de los hogares.

Cuando falla este servicio básico, las telecomunicaciones también se ven afectadas. Así resulta cuesta arriba comunicarse con familiares fuera de la isla, informarse sobre los acontecimientos en el país o acceder a servicios de internet. Esto lo resiente María Gabriela, que tiene ocho hijos, dos de ellos viviendo fuera de la isla.

En los primeros meses de 2019, el exgobernador de Zulia, Omar Prieto, informó sobre una inversión de 30 millones de euros destinada a la sustitución de 15 kilómetros del cable sublacustre del cual se surte de energía Isla de Toas. 


La semana pasada estuvimos cuatro días sin luz, venía dos horas como máximo y se volvía a ir

María Gabriela Espina, habitante de Isla de Toas

Un año antes, en 2018, el entonces ministro de Energía Eléctrica, Luis Motta Domínguez, denunció supuestos actos de sabotaje con fines políticos, cometidos para desestabilizar la prestación del servicio eléctrico en la región. Un discurso mantenido en el tiempo por sus sucesores en el cargo.

En octubre de 2021, el vicepresidente sectorial de Obras Públicas y Servicios, Néstor Reverol, informó sobre el avance de nuevos trabajos de reparación del cable sublacustre, tras alegar que había sido vandalizado por “manos inescrupulosas”.

Una isla sin agua

Tener agua para lo cotidiano como asearse o cocinar es un problema para los habitantes de Isla de Toas. Cuenta Betty Espina, la madre de María Gabriela, que cuando pueden compran 20 litros de agua por 1 bolívar o 200 litros por 8 bolívares.

De acuerdo con lo que relata la familia Espina, el bombeo de agua en Isla de Toas proviene de una tubería sublacustre, surtida desde El Moján, en el vecino municipio Mara. Sin embargo, la red de suministro solo cubre la mitad de la isla, a unos tres kilómetros de la casa de la familia Espina. 

Para paliar esta situación, encima de un cerro que llaman El Calvario se construyó un tanque de un millón de litros para surtir a la otra mitad de la isla. Este mecanismo funcionó solo por un par de años. Desde entonces, el agua es distribuida por un único camión cisterna que, según afirman, solo surte a determinados hogares.

Un día sin pescar es un día sin comer

Isla de Toas es un pueblo de pescadores que encuentran en las aguas del Lago de Maracaibo una oportunidad de subsistencia. Pescan curvina, bagres y pescado blanco y los venden en los mercados del municipio Mara.

Deslin Almarza, un pescador del caserío Tara-Tara, cuenta que está en este oficio desde los 13 años. Ahora, a sus 50 años, dice que los tiempos han cambiado. “No nos llega el combustible a la isla. Tenemos que ir hasta El Moján, pero nos atacan mucho”, dice Deslin para hacer referencia a que si hay funcionarios de la Fuerza Armada Nacional puede significar que los retengan hasta que les den carburante o parte de la pesca del día. 

La gasolina deben comprarla a precios del mercado negro. Un litro puede costar un dólar y medio. Parten de la isla con una docena de garrafas vacías, en las que pueden almacenar de 65 a 70 litros. Esto puede rendir para dos o tres días de trabajo. Cuando no hay gasolina, deben pescar con anzuelo en las aguas más cercanas. Se trata de otro tipo de pesca, uno más lento y también menos efectivo, en el que se pone a prueba la paciencia, “a ver qué se consigue”.


No nos llega el combustible a la isla. Tenemos que ir hasta El Moján, pero nos atacan mucho

Delin Almarza, pescador

“La gasolina nos da muy duro. Aquí es trabajar día a día. Si descansamos un día, nos morimos de hambre”, advierte el hombre. En buenas temporadas, como la que viven en los primeros meses del año, pueden volver a casa hasta con 200 kilos de pescado. Eso se traduce en poder hacer las tres comidas del día. En las malas, llegan a casa con apenas unos 20 kilos.

“Cuando hay escasez nos ponemos flacuchentos”, sentencia Deslin. En promedio, cada tres meses hay una baja en la pesca, y luego remonta. 

Un kilo de curvina puede costar 10 dólares, en promedio. Es el que mejor se vende. Luego de una jornada, la esperanza está puesta en una exitosa venta, pues de ello depende no solo la alimentación de las familias, sino la compra de combustible para continuar la diaria labor de buscar el sustento.

Sin comida no hay educación

En Isla de Toas hay tres prescolares, cuatro escuelas básicas y dos liceos. En la escuela Maestro Heberto Espina están inscritos 266 alumnos; 100 en educación inicial y otros 166 en educación básica y, según la directora del centro educativo, Mariluz Parra, un 40 % de la matrícula no asiste con regularidad a la escuela.

“Esta es una comunidad vulnerable, porque aquí todos los niños son hijos de pescadores y tienen bastantes necesidades. Cuando no hay buena pesca, no comen y no los envían a clase”, lamenta. A esto se le suma que cuando no hay agua, no se pueden lavar uniformes y los niños no pueden asearse.

El ausentismo en las aulas se agravó en los dos años que ha dejado de funcionar con regularidad el comedor escolar adscrito al Programa de Alimentación Escolar (PAE), sobre todo cuando el centro educativo pasó a estar bajo la administración del saliente gobierno regional. 


Esta es una comunidad vulnerable, porque aquí todos los niños son hijos de pescadores y tienen bastantes necesidades

Mariluz Parra, directora de la escuela Maestro Heberto Espina

Mariluz suplica por la reactivación del PAE. “Es lamentable y decadente la situación que estamos viviendo. Yo quisiera que el actual gobernador retomara la dotación de alimentos y así los niños puedan venir a clases todos los días”.

En la escuela tampoco hay electricidad, porque se robaron el cableado, pero Mariluz, al igual que las 14 educadoras de CEI Maestro Heberto Espina, se esfuerzan para impedir que sus estudiantes tengan más razones para no ir a clases.

En la escuela no hay borradores para pizarra ni marcadores acrílicos, ni siquiera clavos para colgar nuevas pizarras. Algunas maestras anotan sus lecciones apoyando el pizarrón en su escritorio. “Yo quisiera poder resolver más situaciones, pero mi sueldo tampoco me lo permite”, explica Mariluz.

Esta educadora tiene un sueldo como directora de 55 bolívares cada quincena, unos 11 dólares al mes, mientras que el resto de las maestras devenga un salario de 22 bolívares cada 15 días, lo que equivale a unos 4 dólares y medio mensuales. 

Carbón para cocinar

Betty Espina es repostera. Con sus tortas y dulces típicos ha mantenido su hogar por al menos 60 años. Pero ahora debe cocinar con carbón.

“He tenido que asar las tortas con carbón. Le meto un platón a la cocina y pongo los carbones”, manifiesta. Dice que la leña ya no es una opción, porque estaba afectando su salud.

Cuando Betty no cocina con carbón es porque pudo pagar el llenado de una bombona de gas en El Moján, a unos cinco kilómetros de distancia de Isla de Toas. 


El abandono ha sido una característica permanente, lo cual es una lástima porque toda esa zona, desde el punto de vista turístico, tiene un potencial enorme

Ángel Lombardi, historiador

El llenado de una bombona de 10 kilos cuesta 20 bolívares, unos 4 dólares. Esto puede durar cerca de 20 días. La bombona de 18 kilos puede adquirirse en 28 bolívares, a través de jornadas que eventualmente hace la alcaldía, pero cuando esto no ocurre, el presupuesto varía, e incluso la moneda de pago, lo que implica desembolsar unos 12 dólares.

María Gabriela, hija de Betty, también se rebusca. Hace a diario unos 100 tequeños. Los hace por la mañana y por la tarde camina dos kilómetros hasta una calle concurrida para asegurar sus clientes.

“Si no vendo los tequeños, no comemos”, dice la mujer. Por lo general, hay días buenos, y con las ganancias puede asegurar la comida del día. Pero cuando no es así, María Gabriela regresa a casa y los tequeños se convierten en comida para su familia.

Un hospital sin nada

Las personas que acuden al Hospital de Isla de Toas, el único en la isla, no encuentran ningún tipo de suministros ni medicamentos para tratar sus afecciones. El personal de salud, ante la carencia, solo puede limitarse a evaluar casos y emitir recetas médicas.

No hay algodones, guantes, ni inyectadoras. Por las fallas eléctricas, el hospital pasa más tiempo sin luz que con servicio para poder funcionar. Similar situación se presenta en el Centro de Diagnóstico Integral (CDI) de Isla de Toas, donde las personas deben llevar los insumos para poder ser atendidos.

Ante la falta de acceso a servicios de salud de calidad, los pobladores advierten que si alguna persona debe ser atendida de emergencia, lo más recomendable es viajar a otro municipio de la región, como Maracaibo.

Para malestares menores, pueden adquirirse en algún abasto medicamentos como analgésicos, antipiréticos o antialérgicos, entre otros.

Y es que en Isla de Toas no hay ni una farmacia. Los dueños del último establecimiento de este tipo partieron del municipio hace unos 15 años, cuenta la familia Espina. Tampoco hay supermercados, ferreterías o centros comerciales.

Lo que era una isla de progreso

Durante mucho tiempo, la principal fuente de ingresos de Isla de Toas provino de la explotación de yacimientos minerales. La piedra caliza, fundamental para la obtención de cemento, ha sido clave para la industrialización de la región zuliana, sobre todo para Maracaibo. La actividad turística, en tiempos pasados con mayor auge, ha perdido fuerza, debido al abandono gubernamental que ha pasado factura a la isla.

El historiador Ángel Lombardi, exrector de la Universidad del Zulia y rector emérito de la Universidad Católica Cecilio Acosta, reconoce que la mayor importancia económica de Isla de Toas es la mina a cielo abierto de explotación de la piedra caliza, que alimentó la fábrica de cemento más importante de la región, ubicada en el municipio San Francisco, lo que ayudó al desarrollo de grandes construcciones desde 1950 y hasta las décadas de 70 y 80.

Y aunque ha dado tanto, esta ha sido una población con muy poca atención oficial en todas las épocas, destaca Lombardi. “El abandono ha sido una característica permanente. Lo sigue siendo y ha sido agravada en los últimos años, lo cual es una lástima porque toda esa zona, desde el punto de vista turístico, tiene un potencial enorme”, asegura el historiador.

Para desarrollar su potencial, Lombardi asevera que habría que atender problemas fundamentales como el acceso al agua potable, servicios de salud y combustible, así como servicios básicos de calidad, y promover una actividad económica rentable y que pueda generar empleos, lo que, a su juicio, encaja perfectamente en un modelo de proyecto turístico importante. “Pero como en muchas otras regiones nuestras, en Isla de Toas ha prevalecido el abandono y la indiferencia”, lamenta.

Este es un sentimiento compartido por toenses como Eroa Flores, madre de pescadores de la zona. “Nos han olvidado tanto que yo a veces pienso que ya ni estamos en el mapa. No nos toman en cuenta para nada”, reclama con la vista puesta en una de las lanchas que flota en las brillantes aguas del Lago de Maracaibo, sin perder la esperanza de que, algún día, la isla vuelva a ser como una vez la conoció.

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