El 13 de noviembre de 2020, una fuerte lluvia que cayó sobre el monumento natural Cerro Santa Ana, ubicado en la Península de Paraguaná, causó un deslave que destrozó calles, viviendas e incomunicó a varios sectores. Desde entonces el miedo de los pobladores no ha cesado, sobre todo cuando sienten el olor a tierra mojada

A tres meses del deslave del monumento natural Cerro Santa Ana, ubicado en la Península de Paraguaná, en el estado Falcón, el miedo de sus habitantes sigue intacto, pues temen que se repita con una nueva lluvia. Unos quieren abandonar la tierra que ha dado cobijo a generaciones familiares completas, pero la mayoría no tiene adonde ir.

“Nuestro mayor temor es que vuelva a llover y el cerro siga cediendo… nos puede tapar. Esto no lo vivimos ni en el año 99 cuando la tragedia de Vargas. Ya no dormimos, por miedo a que no volvamos a despertar”, cuenta Rudy Rodríguez, una mujer que vive con sus dos hijas en la población de Santa Ana, donde sobrevivieron al deslave que hubo el 13 de noviembre del año 2020.

Este suceso natural dañó calles, destrozó viviendas y dejó incomunicados a unos mil hogares, según las cifras aportadas por las autoridades gubernamentales.

El agua mezclada con barro recorrió las calles y se metió a las casas, familias enteras perdieron todo. Fue una especie de río que se formó y arrastró cocinas, neveras, conucos y hasta criaderos de conejos y gallinas. Habitantes de la zona aseguran que nunca habían experimentado una situación igual, al contrario el Cerro Santa Ana siempre les ha proporcionado un clima fresco, además de agua potable, en una zona donde no llega el agua por tubería con regularidad.

«Uy Dios mío, no puede ser, Padre Santo. Hijo, cuidado, graba, graba», le dijo Marielis Gómez a su hijo, mientras observaba desde una ventana como el río de barro se llevaba todo a su paso en segundos. En su patio tenía un espacio en el que había sembrado árboles frutales y criaba gallinas y conejos. Todo se lo llevó el agua. 

«Ese era el sustento de mi familia, quedamos sin trabajo. El poco dinero que tenía lo invertí en el año de pandemia porque quedé sin trabajo. De esa cría comíamos y estábamos viendo los frutos. En la casa no perdí casi nada, pero perdí mi siembra y mis animales que es lo que me generaba ingresos», lamentó Gómez.

La zona quedó incomunicada por dos días, debido a que no había energía eléctrica y por ello tampoco funcionaban las comunicaciones telefónicas. Un funcionario de Protección Civil que habita en la zona, logró salir de la comunidad y dio aviso a las autoridades.

A pesar de este llamado de auxilio, dos días después del deslave, solo familiares y amigos habían acudido a prestar ayuda a los habitantes de Santa Ana, quienes con agua de lluvia que habían almacenado en pipas, limpiaban sus casas para sacar el barro y poner a secar lo poco que pudieron salvar.


PARA EL MOMENTO DEL DESLAVE, PROTECCIÓN CIVIL REPORTÓ QUE 1.080 FAMILIAS QUEDARON DAMNIFICADAS. 942 CASAS INUNDADAS EN 12 CASERÍOS


Afuera de las casas estaban los colchones sobre mesas, las neveras y cocinas, así como escaparates y ropa que quedó llena de lodo. Los habitantes tenían dos días sin comer bien, solo pudieron preparar algunos alimentos en fogones comunitarios un alimento para darle comida a los más pequeños de la casa, porque durante el año 2020 no habían recibido la recarga de las bombonas de gas.

Los habitantes de Santa Ana recuerdan que tampoco tenían ropa seca para cambiarse y la mayoría estaba descalza, ya que el deslave formó una capa de barro dentro de las viviendas y enterró las cosas pequeñas, entre ellas, los zapatos. 

A la casa de la familia Arenas, llegaron primos y hermanos que habitan en Punto Fijo, principal ciudad de la Península de Paraguaná; llevaron comida preparada y agua potable. Aunque quisieron ayudar a limpiar los espacios, lo tuvieron que hacer con agua de lluvia que habían colectado en los tanques porque a Santa Ana no llega el agua con regularidad.

«Aquí flotaba todo. Los muebles, la losa, la nevera, todo flotaba. Quedamos sin zapatos porque se los llevó el agua, otros quedaron enterrados. Lo que más me duele es que nos quedamos sin nevera y la pared trasera de la casa se cayó», dijo Elio Arenas, habitante de la calle Sucre. 

En la casa solo quedaban las marcas del barro que alcanzó un metro de altura en algunos espacios. La nevera estaba sobre una mesa, abierta y vacía, después de haberla desenterrado. La familia contó con el cobijo de sus dolientes que habitan en otro municipio y que al conocer la noticia fueron a ayudar.

Cuatro días después

El gobierno regional llegó cuatro días después a valorar los daños, llevaron agua a través de camiones cisternas, una bombona de gas para cada casa, enseres y alimentos no perecederos para la mayoría de los habitantes; también entregaron insumos para el ambulatorio rural de la comunidad que no tenía ni bombillos para alumbrarse en las noches.

A la ayuda se sumaron Organizaciones No Gubernamentales (ONG), periodistas, locutores y empresas privadas, quienes llevaron alimentos, medicinas y ropa gracias a una campaña que anunció Sambil Paraguaná. 

Pero tres meses después, el pueblo de Santa Ana necesita más ayuda. Sus habitantes padecen muchas necesidades debido al olvido gubernamental que se evidenció mucho más con el accidente natural.


EL CERRO SANTA ANA TIENE UNA SUPERFICIE DE 1.900 HECTÁREAS Y UNA ALTURA DE 830 METROS SOBRE EL NIVEL DEL MAR


Durante el año 2020 y hasta el deslave no habían recibido gas doméstico, tampoco cuentan con agua por tubería, por lo que deben cargar agua desde la montaña para sus necesidades diarias.

La electricidad es inestable en la zona, sobre todo desde marzo de 2019, cuando ocurrió el apagón nacional en Venezuela.

Para el momento del deslave, Protección Civil reportó que 1.080 familias quedaron damnificadas, 942 casas inundadas en 12 caseríos de los cuales, dos quedaron incomunicados, sumado a las pérdidas de crías de animales y sembradíos. El reporte indicó que unos cinco kilómetros de vialidad cedieron y se creó una capa de barro de al menos un metro de altura en casas y lugares públicos.

Un monumento natural protegido 

El Cerro Santa Ana tiene una superficie de 1.900 hectáreas y una altura de 830 metros sobre el nivel del mar. Fue decretada monumento natural el 14 de junio de 1972 y se encuentra bajo la protección del Instituto Nacional de Parques (Inparques). Está ubicado entre los municipios Carirubana y Falcón de la Península de Paraguaná. Desde la ciudad de Punto Fijo, se puede ver su silueta a cualquier hora del día mientras se une con los azules del cielo, un hermoso paisaje característico de la zona.

Tiene tres cumbres (Santa Ana, Moruy y Buena Vista), desde la más alta se puede ver incluso la Isla de Aruba. Fue decretada monumento natural debido a su diversidad de flora y fauna que cambia según sus cinco pisos bióticos que dan zonas xerófilas y tropófilas, selva nublada, matorral Antillano y la vegetación enana. 

También hay fauna única y variada, como la guacharaca, la paraulata montañera, el azulejo verdeviche que solo se encuentra en este lugar. También hay mamíferos como el ratón mochilero, la casiragua, murciélagos de hocico largo, conejo de monte, cunaguaro y variedad de serpientes. 

La montaña está protegida por Inparques. Sus trabajadores acompañan a quienes deseen subir y les muestran las bondades del lugar para conectarse con la naturaleza. La mayoría de los funcionarios son habitantes de la zona, quienes han crecido alrededor de la belleza natural y que los hace conocedores de primera línea del lugar. Desde la cima se observa la Sierra de Falcón, Santa Ana de Coro, el monumento natural Médanos de Coro y hasta las islas Aruba y Curazao.

Científicos analizan el deslave

Una semana después del deslave, una comisión del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (Ivic) visitó Santa Ana para iniciar los análisis sobre lo que sucedió en el monumento natural y tratar de prever si podría registrarse un nuevo evento. Hasta la fecha de la publicación de este reportaje periodístico no se tienen los resultados del trabajo científico.

La investigación está encabezada por la ingeniero Luz Ester Sánchez, del Ivic, quien trabaja en conjunto con los representantes de Protección Civil, Inparques y grupos de rescate de la zona, quienes verifican el estado antes, durante y después del deslave para presentar un informe detallado.


EN LA CASA SOLO QUEDABAN LAS MARCAS DEL BARRO QUE ALCANZÓ UN METRO DE ALTURA EN ALGUNOS ESPACIOS. LA NEVERA ESTABA SOBRE UNA MESA, ABIERTA Y VACÍA, DESPUÉS DE HABERLA DESENTERRADO


Luz Ester Sánchez, declaró a El Pitazo que el Ivic tiene direcciones regionales en Mérida, Zulia y Falcón, porque son sitios claves para investigar. En el caso del monumento natural Cerro Santa Ana, hay cosas a favor de la investigación y entre ellas está que sus habitantes conocen el comportamiento de la montaña y también todos sus espacios.

La investigadora cree que cuando la gente siente que “el cerro ronca”, se puede deber a procesos de aguas freáticas, que se refiere a la acumulación del agua subterránea que se encuentra a una profundidad relativamente pequeña bajo el nivel del suelo. Explicó que en épocas de lluvia el agua freática también es un problema porque se cuela por los suelos y cuando se satura, se enchumba el suelo y la capa vegetal; y dependiendo de la inclinación comienza a ceder.

La investigación que se realiza en la parroquia Santa Ana se hace a través del Departamento de Estudios Ambientales y Geomántica del Ivic, área que se creó en Caracas en el año 2010, gracias a una alianza con Bielorrusia, por ser el país con mayor adelanto en análisis satelital. En esa ocasión se formó un laboratorio exclusivo para la protección de cuencas.

La investigadora aseguró que hay un equipo entrenado para la detección de cambios y así verificar como estaba antes, ahora y prever cómo puede estar después. El estudio se basa en aplicar geomántica e ingeniería en sistemas que tiene que ver con satélites, fotografías aéreas con drones y todo lo que esté en el espacio.

Para el caso del monumento natural Cerro Santa Ana, se requieren dos tipos de acercamiento, el primero con imagen satelital, para ello se tomaron las imágenes dos días antes del deslave (11 de noviembre) y de cuatro días después (17 de noviembre) para detectar los cambios.

Aunque se hacen comparaciones de campo a través de las imágenes satelitales, los grupos de rescate e Inparques también juegan un papel importante, ya que ellos conocen muy bien el monumento y han hecho recorridos a pie para fotografiar las zonas que han erosionado con el evento, esto permitirá tener resultados de primera mano.

La especialista aseguró que aunque el evento fue escandaloso no es catalogado como una tragedia. “No es al nivel de lo sucedido en Vargas, por ejemplo, también tiene la ventaja que es un monumento y es protegido, los niveles de tala son muchos menores que en una montaña que no tiene protección. Otra ventaja es que tiene un grupo conocedor y es muy fácil de identificar los cambios a simple vista”, dijo Sánchez.

La recomendación inmediata es que se hagan limpiezas de todas las cañadas, empezando por las prioridades que marcará el estudio que haga el satélite según el nivel de inclinación, el estado de los suelos y el tipo de vegetación.

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