Cobi, Jesús y Larry son tres hombres que representan la transformación de El Consejo, un pueblo aragüeño que pasó de ser conocido como un “nido de malandros” a una zona turística, cuna de la empresa Santa Teresa que dejó marcada a la comunidad con el ejemplo de que el bienestar es posible con apoyo, confianza y disciplina

En el municipio Revenga, en Aragua, hay una coincidencia clara entre sus habitantes: las cosas cambiaron. El Consejo dejó de ser “un nido de malandros”, como era conocido entre residentes, para convertirse en el hogar de la empresa Santa Teresa, que para los lugareños es más que eso, es el motor de la metamorfosis del pueblo.

El Consejo es otro por dentro y también por fuera desde que la empresa Santa Teresa descubrió en el rugby y su disciplina la medicina para sanar la herida de la delincuencia en el pueblo. Los arreglos a su fachada fueron más sencillos y vinieron junto con el respaldo de líderes comunitarios y el apoyo de vecinos, que se unieron a esos que antes andaban en malos pasos y juntos trabajaron y siguen trabajando por dignificar al pueblo y mostrar su cara más bonita.

La comunidad de Juan Moreno, a un costado de la hacienda Santa Teresa, es la prueba visible de los hechos con 400 de sus casitas renovadas y convertidas en “Casas Blancas”, su anfiteatro al aire libre, su iglesia bonita y sus calles limpias donde los niños juegan bajo el sol e identifican cada hogar con los nombres de las familias pintadas en sus fachadas. 

Cobi, Jesús y Larry son solo tres de los ejemplos de esta transformación que se cocina a fuego lento en el municipio Revenga, en un rincón de Aragua, pero que impacta en todo el país que es capaz de ver como desde un deporte de contacto como el rugby -a través del Proyecto Alcatraz- se forjan los valores del trabajo, la disciplina y las ganas de superación, esas que no se apagan con cualquier tempestad. Estas son sus historias.

José Cobi se convirtió en amor

Joslen José Cobi estuvo privado de libertad cuatro años y medio. Lo acusaron de extorsión y le tocó vivir cosas que lo degradaron como ser humano y que lo hicieron temer por su vida. Allí, justo en el borde del bien y el mal, Coby eligió transformarse en amor y anclarse en la oportunidad de ser mejor.

Entre 2014 y 2018 Cobi pasó hambre, hizo huelga, vio morir amigos, se sintió en peligro y enfrentó momentos que nunca imaginó que viviría cuando decidió “dar malos pasos”. Pero esos recuerdos que antes lo llenaban de rencor, en este momento solo lo impulsan a tener una mejor vida e intentar ser un buen ejemplo para su hermano y sus hijos. 

“Cobi Love”, como ahora lo conocen, juega rugby, trabaja de sol a sol y aprovecha cada oportunidad que le dieron en el Proyecto Alcatraz. Él es parte de ese proceso que envuelve a todo El Consejo con el respaldo de la empresa privada Ron Santa Teresa, pero cada paso firme hacia sus metas es un logro personal que le confirma que recorre el camino correcto. 

El rugby y Santa Teresa llegaron a su vida cuando tenía un año y medio preso. Entrenó y cuando finalmente salió a la hacienda para su primer juego y pudo correr los 100 metros del campo de rugby supo que allí era donde quería estar. 

Apenas salió de la prisión, empezó un proceso de preparación que incluyó clases de superación personal, formación y capacitación. Paso de ser un exconvicto a uno de los embajadores de Santa Teresa y ahora prepara tragos mientras le cuenta a la gente entre lágrimas como sus ganas de ser mejor lo llevaron hasta donde está ahora. 


Me siento orgulloso de pertenecer, a esta gran familia, a Santa Teresa, a Alcatraz, ya que me dieron la mano en vez de darme la espalda, que pensé que estando privado de libertad no iba a tener oportunidades

Joslen José Cobi

Cobi es el primero en llegar a la planta de producción todos los días y parece disfrutar cualquier labor, desde ordenar botellas, hasta hacer sellos a mano. En él están sembrados el sentido de pertenencia y el agradecimiento que no lo dejan retroceder.

—Creo que la empresa es mía porque la saco adelante. Creo que este pueblo es mío y por eso trabajo duro porque siempre salga adelante— dice con orgullo. 

Larry Brito sumó apoyo y multiplicó sus oportunidades

Nunca había pisado una cárcel, ni siquiera durante los años en los que uno de sus hermanos estuvo detenido en Tocorón, lugar a donde le llevaron los malos pasos, que retomó al salir libre y que lo encontraron con la muerte.

Larry siempre se negó a visitar a su hermano en prisión mientras estaba con vida. Creía que en esos lugares solo había cosas peligrosas. Pero jamás imaginó que la manera de alejarse de la vida que llevaban casi todos a su alrededor estuviera justamente en entrar a esos lugares que guardan a personas que fallaron a la ley y a sus familias, como su hermano Esteven. Larry Brito es un entrenador del Proyecto Alcatraz y enseña a privados de libertad en todo el país a jugar rugby con el respaldo de Santa Teresa y bajo la premisa de que, aunque es un deporte de fuerza, sirve para “sumar valor y multiplicar las oportunidades”, como lo entendió esa primera vez que pisó una cárcel.

En 2016 entró a Tocorón. Entre todos esos muchachos Larry podía ver la cara de su hermano y revivir cada momento de angustia de su madre y cada mala acción de Esteven. Fue un choque, pero como todos los colapsos, generó sacudidas que le permitieron a Larry ver dentro de esa prisión a gente que se reencontraba con la libertad y la abrazaba con la misma fuerza con la que sujetaban el balón de rugby a un costado. 

Desde niño Larry Brito entendió el antagonismo entre el deporte y la delincuencia y eso es lo que ahora intenta enseñarle a esos muchachos con los que se encuentra en prácticas y partidos amistosos de rugby, que terminan siendo la única posibilidad de coquetear con la libertad para muchachos que tienen entre dos y cinco años privados de libertad sin siquiera tener certeza de cuánto deben pagar por los delitos que cometieron.

“Los muchachos de Tocorón me hicieron sentir que el pasado es pasado y que tenemos que enfocarnos en el presente y en salir adelante”, dice Larry que sigue rodeado de oscuridad y que perdió otro hermano en manos del hampa, pero que se resiste a ser uno más y entrena sin parar, aprende mixología y predica donde se para que siempre se puede ser mejor. 


Vengo de una familia muy humilde que ha tenido que luchar contra esos obstáculos, luchar en un mundo donde ha habido drogas, armas de fuego en el camino, pero de una manera u otra he buscado apartarme de ello

Larry Brito, entrenador del Proyecto Alcatraz

Larry sale cada día de su casa en el sector Tigre Flores, uno de los más peligrosos de los valles de Aragua, convencido de la trascendencia del rugby y de que mientras corre en el campo de juego no solo entrena, sino que enseña a los alcatraces que la vida puede ser más que delincuencia y miedo. “Nosotros somos esa lucecita de esperanza y de oportunidades para ellos”, dice un apurado Larry que termina la entrevista y corre al campo a reencontrarse con más de 50 muchachos de la cárcel de San Félix, que visitaron la Hacienda Santa Teresa una mañana de febrero y que por unas horas fueron libres para soñar con la libertad que Larry procura que no vuelvan a soltar.

Jesús Arrieta se hizo un ejemplo

Con una sonrisa espléndida, muy erguido y con las manos al frente da la bienvenida a casi todo el que pisa la Hacienda Santa Teresa. Jesús Arrieta ahora está orgulloso de lo que es y de lo que ha logrado, los 20 años de drogas, alcohol y delincuencia que vivió son hoy solo un recordatorio de a dónde no quiere ir nunca más. 

La mirada baja y ese gesto de acariciar sus manos con desespero solo aparece de nuevo cuando habla de su pasado. Uno que no quiere revivir y del que se olvida tan pronto como se ve a sí mismo sentado en la silla de la sala de su casa, esa que compró con esfuerzo y trabajo honrado para su esposa y sus hijos. 

—Es rudo porque yo de 38 años ahora, llegué a Alcatraz a los 21 años, duré ocho años de proceso. Los primeros ochos años no cambié, eso no fue así nada más. Yo puedo decir que dure 20 años entre droga y alcohol, 20 años— recuerda Jesús.

Él divide su vida en antes y después de Alcatraz. Jesús y su banda delictiva en El Consejo fueron la inspiración para arrancar la cruzada de la empresa Santa Teresa por transformar la realidad que rodeaba las 3.000 hectáreas de la hacienda sede de la compañía por allá en el año 2003.

Lo que sí lo hace sonreír es pensar en lo que viene, por eso cuenta todo y conjuga sus frases con verbos en futuro: “Cuando sea periodista”, porque terminó el liceo y estudia en la universidad. “Seré un ejemplo para mis hijos”, porque tiene tres y se siente grande de poder enseñarles cosas buenas. “Me ganaré poco a poco la confianza de todos en mi familia” porque, aunque aún unos pocos dudan de él, Jesús tiene la certeza de que su cambio los convencerá.

Proyecto Alcatraz se formó mientras cambiaba a quienes se dañaban en las filas de las principales bandas delictivas de El Consejo, de las que Jesús formaba parte. Él y sus compañeros fueron aislados, les ofrecieron ayuda psicológica y les enseñaron los beneficios de la responsabilidad, la transparencia, el mérito y la confianza.


Ahora soy una persona íntegra, responsable, o sea todo lo malo que yo viví a mí nadie me va a echar cuento: mira, que no es por aquí, porque ya uno sabe cuál es el camino y cuáles son las consecuencias que dejan las cosas del pasado y uno está aferrado a hacer el bien

Jesús Arrieta

Esa confianza es con la que hoy recorre cada centímetro de la hacienda, su barrio o Casas Blancas. Jesús tiene la fe puesta en que “las cosas van para mejor”, como dice mientras mira al horizonte y los chaguaramos inmensos que cruzan la hacienda que hoy es su casa. 

Su fe está puesta en los logros del proyecto Alcatraz: “hemos recuperado 10 bandas delictivas, trabajamos en 18 cárceles. Tenemos 2000 niños para prevenir delincuencia en el municipio José Rafael Revenga”.

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