El aumento del suicidio en Venezuela: otra consecuencia de la crisis

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«Por no tener nada”, se leía sobre el polvo que cubría una de las repisas de la cocina de José de los Santos Segovia. A un lado de la alacena estaba el cuerpo sin vida del hombre de 71 años de edad, quien habitaba en las residencias Las Aves, ubicadas en el sector San Miguel, del municipio Urdaneta de los Valles del Tuy, del estado Miranda.

Según lo informado por el vigilante de las residencias al Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc), José de los Santos Segovia se notaba decaído por el tiempo que tenía sin ver a sus familiares y porque su despensa estaba vacía, lo cual confirmaron las autoridades al inspeccionar los gabinetes de la cocina.

El retraso en la entrega de la caja de alimentos que comercializan los Consejos Locales de Alimentación y Producción (Clap) era otra situación que atormentaba a Santos Segovia, quien ya había cancelado estos productos, pero la caja no había llegado a su casa, de acuerdo con lo declarado por el sereno a las autoridades.

Al otro lado del país, en el estado Monagas, al menos 15 personas han fallecido este año por suicidio. Se trata de una cifra tomada del registro de la morgue del Hospital Universitario Dr. Manuel Núñez Tovar en Maturín. Los dos casos más recientes correspondían a mujeres embarazadas.

Fuentes policiales, cuyos nombres pidieron resguardar, indicaron que entre noviembre de 2017 y enero de 2018 se contabilizaban siete suicidios por hambre en Monagas. Las víctimas residían en Maturín y en los municipios Punceres y Bolívar. Los cuerpos de seguridad explicaron que los familiares dijeron que las víctimas habían manifestado la intención de acabar con su vida porque no aguantaban pasar más días sin comer.
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Para no ser una carga

Pero no es solo el hambre lo que ha llevado a algunos venezolanos a poner fin a sus vidas. La escasez de medicamentos y la difícil situación económica, así como la depresión asociada a sentimientos de soledad, frustración y tristeza, son algunos de los factores que los especialistas ven con mayor recurrencia en quienes toman esta drástica decisión.

Pedro Fernández, por ejemplo, era un hombre de 78 años a quien le habían diagnosticado cáncer de próstata. Antes de quitarse la vida dejó una nota a sus familiares diciendo que no quería ser una carga ante la crisis y la falta de medicinas. Habitaba en la urbanización José Antonio Páez de Catia La Mar, lugar donde cometió el suicidio.

También por padecer cáncer, Nelson Francisco Mosquera, de 67 años de edad, decidió poner fin a su vida el pasado 23 de septiembre. Mosquera habitaba en el sector Tamare del municipio Simón Bolívar, en la Costa Oriental del Lago.

En los Llanos centrales del país, Luz Elena Palacios, peluquera de 41 años de edad, también decidió quitarse la vida en el interior de su vivienda. El hecho ocurrió en Valle de la Pascua, sector La Vigía, calle 21 de Enero, en la casa marcada con el número 20. Según sus familiares, la mujer tenía meses sufriendo depresiones y no conseguía los medicamentos que le habían sido indicados por una afección de salud que la aquejaba desde hace tiempo.

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Otra estadística silenciada

En Venezuela, los suicidios comenzaron a formar parte del anuario estadístico nacional en el año 1956. Así lo señala el Instituto Nacional de Estadística (INE), en cuyo portal web actualmente solo es posible tener cifras oficiales sobre esta causa de muerte hasta el año 2012.

El INE también señala en el mismo texto, dedicado a esta causa de muerte, que el objetivo de publicar anualmente sus cifras consistía en “caracterizar los aspectos sociodemográficos de la población con conductas suicidas, con el propósito de conocer y analizar el comportamiento de esta población, su composición, su estructura, así como también las causas y factores fundamentales que llevaron a las personas a este acto, para brindar los datos necesarios que permitan llevar a cabo estudios, así como la planeación y evaluación de los programas preventivos y de tratamiento”.

Sin embargo, la periodicidad de la publicación de dicha estadística y los programas preventivos y de tratamiento brillan por su ausencia. Apenas a comienzos de octubre de este año, el Ministerio de la Salud publicó el Anuario de Mortalidad del 2014, con casi cuatro años de retraso. En dicho informe, el número total de muertes por «lesiones autoinfligidas intencionalmente» en todo el país durante ese año fue de 569, cifra menor a la registrada en 2013, que fue de 616, e incluso constituye la más baja de los 19 años precedentes.

Por otra parte, la estadística no oficial más reciente que se ha publicado sobre este tema en Venezuela fue elaborada por el Observatorio Venezolano de la Violencia (OVV) el año pasado. La tendencia registrada por el OVV fue el aumento de esta causa de muerte en la población venezolana. Solo en el estado Mérida, la tasa de suicidios en 2017 se ubicó en 19 por cada 100.000 habitantes, es decir, alrededor de 190 en total solo en esa entidad. Según cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS), solo 20 países en el mundo superan esa tasa.

Los expertos entrevistados para este reportaje coinciden en que el suicidio ha aumentado en Venezuela y que la crisis nacional sería la principal causa, ya que la misma afecta directamente los factores biopsicosociales que inciden en la decisión de quitarse la vida. La crisis económica, la escasez de medicamentos, el deterioro del sistema de salud pública y la emigración serían algunos de los principales factores asociados al incremento de esta nefasta estadística.

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Serotonina, trastorno bipolar y masculinidad: factores biológicos asociados al suicidio

Desde la psiquiatría y la neurociencia se han estudiado los factores biológicos asociados a la propensión al suicidio, aunque en Venezuela no se han hecho directamente estudios sobre estas causas biológicas. El psiquiatra Trino Baptista sostiene que, hasta la fecha, el hallazgo más certero en este campo indica que altos déficits de la hormona serotonina están asociados directamente con la predisposición al suicidio en las personas.

En Europa y los Estados Unidos es donde se ha hecho la mayor cantidad de estudios sobre esta relación biológica entre el déficit de serotonina, que es la hormona relacionada directamente con el estado de ánimo de las personas y la propensión al suicidio.

Baptista, que es además profesor de Fisiología y del postgrado en Psiquiatría de la Universidad de Los Andes (ULA) en Mérida, señala que otro factor biológico tiene que ver con la edad. “No hay un solo tipo de suicidio, dependen de la edad. Los suicidios en niños y jóvenes suelen ser violentos e impulsivos, mientras que en mayores de 50 años son menos violentos, menos impulsivos y más planificados”. Al respecto, la OMS señala que el suicidio es la segunda causa de defunción entre las personas de 15 a 29 años de edad en el mundo.

Otros estudios han intentado conocer la relación genética y familiar con la propensión al suicidio. En el caso del trastorno bipolar, que es una de las enfermedades mentales asociadas al suicidio, investigaciones hechas dentro y fuera de Venezuela arrojan que este tipo de trastorno pudiera transmitirse genéticamente. “Por eso vemos casos de familias donde el bisabuelo se suicidó, la abuela también, el padre, el hijo y así hasta cuatro generaciones con casos de suicidio”, apunta Baptista.

En cuanto al género, la psiquiatra Norma Barreno, jefa de la Unidad de Psiquiatría de Enlace del Hospital Dr. Domingo Luciani de Caracas, señala que, a nivel mundial, los suicidios de hombres siempre han casi duplicado los de mujeres, lo que se explica por factores biológicos y sociales.

“Los factores están asociados con la biología masculina. El hombre es más de actuar que la mujer, es decir, es más actuador. Luego, ya desde el punto de vista social, la responsabilidad de la carga económica siempre ha estado más vinculada al hombre. El hombre como proveedor. Finalmente, otro de los factores es que el hombre tarda muchísimo más en hablar de sus problemas y en ir a consulta con un especialista, no solo en cuanto a su salud mental sino a su salud en general; entonces cuando acuden ya la enfermedad está muy avanzada”, explica Barreno.

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“Estoy depre”. La enfermedad detrás de la abreviatura

La depresión es una enfermedad mental y es una de las principales causas de suicidio. Así lo demuestran estudios científicos y las estadísticas clínicas que llevan psiquiatras privados y unidades de psiquiatría de los hospitales públicos del país. “Una de cada tres personas en el mundo tendrá una depresión al menos una vez en la vida”, señala Ignacio Sandia, jefe del Servicio de Psiquiatría del Instituto Autónomo Hospital Universitario de Los Andes (Iahula) de Mérida, así como de la Unidad de Pacientes Agudos de este mismo centro de salud.

Junto con la depresión, los trastornos de ansiedad y bipolaridad conforman las tres enfermedades mentales más asociadas al suicidio en el mundo y en Venezuela. Las dos primeras tienen una intrínseca relación con el contexto y los factores sociales, mientras que la bipolaridad se ha vinculado más a factores biológicos y genéticos.

Al ser una enfermedad mental, la depresión, que ha aumentado considerablemente en Venezuela en los últimos años, debe ser tratada con medicamentos y con terapia. Lamentablemente, ambos requerimientos médicos escasean en el país, lo que estaría relacionado con el aumento de los suicidios, según sostienen los tres psiquiatras entrevistados para este reportaje.

Los medicamentos antidepresivos de última generación funcionan como inhibidores selectivos de la captación de serotonina. Venezuela llegó a tener, hasta hace apenas cinco años, hasta tres antidepresivos de esta gama disponibles de forma gratuita para toda la población que lo requiriese a través del Programa de Medicinas de Alto Costo que tenía el Instituto Venezolano de los Seguros Sociales (Ivss). “Actualmente, solo se puede conseguir de forma gratuita el antidepresivo sertralina a través del 0800-SALUDYA y, ocasionalmente, la amitriptilina, que es un antidepresivo de vieja generación, tricíclico, que se distribuye a veces en algunos CDI y es de origen cubano”, afirma Barreno.

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La escasez de medicamentos

Desde el año 2016, el hoy expresidente de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría, Wadalberto Rodríguez, advertía sobre la escasez de fármacos para tratar enfermedades y trastornos mentales. En marzo de este año, Rodríguez indicó que, de las 70 moléculas que existían en el país para tratar la salud mental, actualmente solo quedan cuatro.

Norma Barreno confirma esta escasez a diario en el Hospital Dr. Domingo Luciani. “Hasta hace unos cinco años se tenía medicación de primera línea en la farmacia del Seguro Social. Tenían al menos cinco moléculas antipsicóticas, dos y tres antidepresivos de última generación, como sertralina y escitalopram. Y en cuanto a los antipsicóticos de primera línea, llegamos a tener cinco: risperidona, quetiapina, olanzapina, aritiprasol y ziprasidona”, recuerda la especialista.

Dependiendo de la enfermedad o el trastorno mental, los medicamentos se dividen en tres grandes grupos: antidepresivos, psicotrópicos y antipsicóticos. Actualmente solo se consigue el antidepresivo sertralina a través del Estado y no de forma constante. En cuanto a psicotrópicos, Barreno asegura que no hay ningún tipo de benzodiacepinas en el país. “En algún momento el 0800-SALUDYA tenía bromazepam y ocasionalmente se consigue en la farmacia del hospital diazepam. Pero son ocasionales, no frecuentes”, afirma Barreno.

Finalmente, de los antipsicóticos solo queda en el país una presentación de quetiapina de 300 mg, que es la que están recetando a los pacientes con trastorno bipolar y psicosis. La risperidona, que es otro antipsicótico de primera línea, solo se consigue en farmacias privadas y su costo supera los 300 bolívares soberanos.

Barreno asegura que la escasez de medicamentos psiquiátricos ha generado psicosis en algunos pacientes. “Cada vez tenemos más pacientes descompensados por falta de tratamiento. Los médicos tenemos ahora que observar el deterioro del paciente por falta de tratamiento, sin poder hacer nada, muchas veces viendo el suicidio como peor desenlace”, lamenta la galena.

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Factores psicológicos y sociales

Desde el punto de vista psicológico, la actitud de las personas frente al mismo contexto varía dependiendo de su personalidad y otros factores vinculados al procesamiento individual del ambiente. Pero muchas veces los individuos no son capaces de darse cuenta de que lo que consideran un estado de ánimo temporal pudiera tratarse de una enfermedad mental con necesidades preventivas de atención para evitar su posible desencadenamiento en suicidio.

Abel Saraiba, psicólogo e investigador de los Centros Comunitarios de Aprendizaje (Cecodap), indica que la trivialización social del suicidio incide en la falta de prevención sobre este asunto de vital importancia.

“La mayoría de las personas se impacta frente al suicidio, pero cuando escuchamos que alguna persona de nuestro entorno dice que quiere acabar con su vida, en muchos casos eso es trivializado o juzgado en base a la propia experiencia. Por ejemplo, hay quienes en vez de apoyar le dicen “eso que estás pasando no es realmente un problema. ¿De qué te estás quejando?”, explica Saraiba.

El especialista también señala la poca atención que las personas le prestan a su salud mental en comparación con su salud física como uno de los factores que atentan contra la prevención del suicidio. “Las personas cuando tienen una herida física acuden a tratar de recibir primeros auxilios, pero si la herida persiste, van a buscar ayuda médica. El dolor físico, a diferencia del dolor emocional o mental, sí es visible, y por eso no se buscan primeros auxilios ni ayuda médica profesional cuando de nuestra salud mental se trata”, señala Saraiba.

Al respecto el psicólogo, que también atiende a grupos familiares en su consulta, destaca la importancia en estos momentos de enseñar a las personas técnicas de autoprotección. A su juicio, “en momentos de crisis, la salud mental no es un lujo sino una prioridad. No tener buena salud mental implica tener serias dificultades para poder afrontar otros retos de la vida”.

Saraiba también apunta una característica nacional que incide en la minimización de los problemas emocionales. “En Venezuela, que parece ser un pueblo cálido o afectuoso, nos cuesta mucho hablar de lo que nos duele, porque pareciera que siempre tenemos que estar felices, pero no es así, y menos en estos momentos de crisis. Por ello es clave poner en palabras las emociones. Estar pendientes de cambios de comportamiento y actitudes tanto en nosotros mismos como en quienes nos rodean”, recomienda el especialista.

En cuanto a los factores sociales asociados a la crisis nacional, esta se presenta como una realidad que afecta la individualidad de las personas, aumentando la sensación de frustración y destrucción de la esperanza.

Al respecto Freddy Crespo, criminólogo e investigador de la violencia social, asegura que “son factores sociales los que están llevando en este momento a que las personas, en lo individual, desarrollen un cuadro de desesperanza generalizado en el cual no hay una proyección de su “yo” a futuro”.

El especialista, que también es profesor en la ULA en Mérida y coordinó en esa entidad el Observatorio Venezolano de la Violencia hasta abril pasado, explica que la crisis actual está destruyendo la proyección de vida de los jóvenes y de la población en general.

Sin embargo, cada individuo internaliza esto de manera diferente, dependiendo de sus mecanismos internos. “¿Qué es lo que determina que uno se suicide y otro no? Pues todo lo que tiene que ver con el ambiente, cómo ese ambiente influye en él, las relaciones sociales con los demás, la disposición a la comunicación con otros que tenga, si es retraído o extrovertido, etc.”, detalla Crespo.

La crisis económica, por ejemplo, fue la causa que llevó a Eduardo José Escuraina Suárez, de 44 años de edad, a quitarse la vida el 1° de enero de este año, después de la celebración de Año Nuevo. Escuraina era comerciante y tenía varias deudas pendientes por sus negocios y no tenía dinero para pagarlas. Sus parientes llevaban tiempo notándolo muy preocupado.

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La emigración: otro factor social que debe tenerse en cuenta

Las cifras más modestas indican que al menos 2,3 millones de venezolanos han abandonado el país en los últimos años. El fenómeno inédito de la emigración en Venezuela ha sido otro factor que ha aumentado los casos de depresión y ansiedad, algunos de los cuales terminan en suicidio. Al respeto Saraiba explica que el principal problema, en este sentido, es la idealización de la migración, es decir, las personas que ven en la salida del país la solución a sus problemas, entonces terminan huyendo y no emigrando.

“Hay que tener presente que cada quien emigra con sus problemas. Cuando las personas salen huyendo e idealizan la migración como solución, pueden llegar a encontrarse en otros países con experiencias de dolor, de fracaso, de dificultad que lleven a una gran desilusión, una gran desesperanza y, por supuesto, un temor terrible a qué pasa si tengo que volver al país. Se produce un momento de mucha angustia al lidiar con la imagen del fracaso”, explica el psicólogo.

A su juicio, lo mejor que puede hacerse es planificar la migración en términos realistas, sin idealizar, evaluando todos los riesgos y teniendo siempre presente que regresar también puede ser una alternativa y que no necesariamente la experiencia tiene que ser vivida como un fracaso.

Pero el que se queda en el país también sufre consecuencias emocionales y mentales por quienes se marcharon. A la consulta del psiquiatra Ignacio Sandia, en Mérida, llegan cada vez más pacientes con sentimientos de culpa porque tienen deseos de irse, pero fueron los que se quedaron al cuidado de sus padres y ahora no pueden abandonarlos. “Son personas que asumieron el peso de la responsabilidad de velar por quienes no pueden emigrar, abuelos o padres, y desarrollan sentimientos de culpa por quererse marchar también, aunque ya otros, igualmente responsables de esas personas mayores, lo hayan hecho”, explica el galeno.

De igual forma, las personas que han quedado desprovistas de su red familiar o de apoyo, o que se han quedado solas en el país por el mismo fenómeno de la emigración, experimentan sentimientos de soledad y abandono que pueden llevarlas al suicidio si no son tratadas a tiempo. “Cuando la familia está integrada puede ser un gran factor protector. La sensación de vacío y soledad pueden ser factores que conlleven al suicidio”, sostiene Saraiba.

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Falta de prevención, escasez de especialistas y pobreza

Una de las principales causas del aumento del suicidio es la falta de programas de prevención. “En psiquiatría no hay enfermos, lo que hay son pobres”, asegura de forma tajante Ignacio Sandia. A su juicio, la crisis nacional ha aumentado la sensación de indignidad, humillación, frustración y pérdida del orgullo propio de las personas. La crisis económica que ha golpeado los bolsillos de la población, sobre todo de los sectores más vulnerables, ha incrementado la desesperanza y disminuido la autoestima del venezolano.

Los datos de la OMS también sostienen la relación entre situación económica y altas tasas de suicidio. Si bien es cierto que en algunos países desarrollados las tasas son muy elevadas, “el 75 % de los suicidios se produce en países de ingresos bajos y medianos”.

Aunado a lo anterior, el precario estado actual de los centros de salud mental y el aumento de las renuncias del personal médico psicológico y psiquiátrico se suman como otros factores en detrimento de las posibilidades de prevención ante el suicidio.

Norma Barreno indicó que en el Hospital Dr. Domingo Luciani ha habido una disminución del 80 % de los especialistas que atendían en el área de Psiquiatría de Enlace. “Esta unidad llegó a tener entre 15 y 16 especialistas, de los cuales 11 eran médicos psiquiatras y cuatro o cinco, psicólogos clínicos, sin contar los dos o tres pasantes de Psiquiatría y Psicología que siempre teníamos. Hoy solo estamos dos psiquiatras y una sola psicóloga, que también está por jubilarse. Esta disminución de personal, aunada al incremento de los pacientes, ha hecho que la consulta actualmente esté desbordada”, informa la psiquiatra.

En el Instituto Autónomo Hospital Universitario de Los Andes la situación no es distinta. Ignacio Sandia, que por falta de personal tuvo que asumir dos jefaturas en lugar de una sola, indicó que el Servicio de Psiquiatría del Iahula solo cuenta actualmente con ocho de los 14 psiquiatras que tenía y apenas tres de los cinco psicólogos que había. Estas cifras resultan más alarmantes cuando se sabe que el Servicio de Psiquiatría del principal centro de salud merideño concentra la mayor cantidad de consultas, aproximadamente unas 22.000 al año.

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