Cada uno en su espacio, Ángel León y Jean Carlos Reyes quieren ayudar a frenar la expansión del coronavirus en Venezuela. Sin importar horas de sueño y el tiempo frente a una computadora investigando, ambos diseñaron dispositivos con el que esperan descontaminar a una persona sin productos químicos, como lo ha recomendado la Organización Mundial de la Salud (OMS) 

El venezolano se caracteriza por su buen humor y por salir adelante ante cualquier adversidad. También por su inteligencia e ingenio… Y si alguien lo duda, puede leer la historia del barinés Juan Carlos Becerra, el primer científico latino en desarrollar fotosíntesis artificial con nanotecnología cuántica, o en este caso las experiencias de Jean Carlos Reyes y Ángel León, dos ingenieros que trabajan por separado en Maturín, estado Monagas, para crear cabinas de desinfección contra el coronavirus, que funcionan con ozono y luz ultravioleta.

Hasta el 18 de junio, Venezuela tenía un registro de 3.386 casos y 28 fallecidos por COVID-19. En mayo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) proyectó que el pico más alto en los países pobres, como el nuestro, demoraría hasta seis meses en llegar. Jean Carlos y Ángel quieren ayudar a prevenirlo y, por ello, crearon los dispositivos que, aseguran, no atentan contra la salud de los usuarios y ayudan a combatir la pandemia.

Los dos son ingenieros electrónicos. Jean Carlos es graduado en la Universidad Rafael Belloso Chacín (Urbe) y Ángel en La Universidad del Zulia (Luz), ambas en Maracaibo. Ángel es trabajador petrolero con 20 años de experiencia en la industria; mientras que Jean Carlos tiene una empresa, Pacific Logging Venezuela, con la que ha desarrollado software que registran parámetros de producción y perforación en la industria petrolera. Aunque no se conocen, los une el emprendimiento y las ganas de aportar algo más a Venezuela.

Ángel logró materializar su idea. Junto a seis personas diseñó la cabina de desinfección, tipo cortina, que funciona desde hace un mes en el Hospital Universitario Dr. Manuel Núñez Tovar, en Maturín, donde unos 500 ciudadanos entran y salen al día. Ángel es oriundo de Valera, estado Trujillo, llegó a Monagas para trabajar y en este estado, formó su familia.


La manipulación de la máquina no es necesaria, porque los sensores indican cuándo está lista para la desinfección

Ángel León, ingeniero

Así funciona su dispositivo: el visitante pasa a través de las cortinas, se detiene, espera un rocío de agua ozonificada y que salga luz ultravioleta desde una lámpara. Finalizado el proceso, la máquina emite un sonido que indica al usuario que salga. No es necesario que se cubra el rostro, porque la luz ultravioleta no le hará daño si evita mirar a los sensores que la emiten, asegura su desarrollador.

La persona sólo dura cinco segundos en la cabina. “Recibe una concentración de agua ozonificada al cero coma cero tres por ciento que desintegra al virus, mientras que la luz ultravioleta ataca la proteína del virus y lo hace infértil, como su exposición es menor a los diez segundos, no es nociva. La manipulación de la máquina no es necesaria, porque los sensores indican cuándo está lista para la desinfección”, explica este joven ingeniero, quien asegura que la descontaminación alcanza 99%.

Casi listo

Para junio, Jean Carlos esperaba construir su primera cabina; ya todo está en maquetas y en una ambientación digital. Su plan es lograr que todo el personal que ingresa a una instalación petrolera lo haga completamente descontaminado. El proyecto de su equipo incluye un contenedor de gel antibacterial para que la persona se sirva sin la intervención de otra. En todo esto hay algo que, especialmente, lo anima: su hijo lo ve como un superhéroe que lucha para matar al virus. 

En Venezuela, hay otras experiencias con el uso de las cabinas de desinfección: en los mercados de Quinta Crespo y Chacao, en el Distrito Capital; en Santa Cruz de Aragua, municipio José Ángel Lamas del estado Aragua; en Coro, estado Falcón, y en Bejuma, estado Carabobo. En Chacao, la alcaldía no dijo qué productos usa, solo señaló que desinfectarían a 700 personas en un día, mientras que en el de Quinta Crespo, los usuarios reportan que solo rocían agua.

En Santa Cruz de Aragua, hay 10 de ellas distribuidas entre el casco central y los centros asistenciales. Funcionan con alcohol y lo que explica Tony García, autoridad única municipal de Salud, en una nota de prensa, difundida a los medios de comunicación, es que se rocía una sustancia antiséptica al cuerpo para eliminar la posible existencia del virus. En el caso de Coro, fueron instaladas en los mercados municipales, solo que a la fecha no están operativas porque el gobierno local no pudo mantenerlas.


JEAN CARLOS Y SU GRUPO ESTÁ CLARO DE QUE EL CAMINO PARA COLOCAR EL PRODUCTO NO ES FÁCIL, PERO SIGUEN ADELANTE


En esa ciudad, las máquinas esparcían hipoclorito de sodio –nocivo para la salud según la OMS– a la persona. El dispositivo instalado en Bejuma echaba la misma sustancia y fue instalado el 3 de junio en la entrada posterior de la Alcaldía del municipio Bejuma, que evalúa colocar una más en la entrada del hospital.

La cabina de Ángel

La idea de Ángel León nació al ver el crecimiento exponencial del virus, al sentir la necesidad de ayudar en algo para frenar el contagio y al querer aplicar sus conocimientos de electrónica en una máquina que fuera capaz de desinfectar a una persona, tomando en cuenta las experiencias en otros países y la información que para abril y principios de mayo de 2020 se tenía sobre el coronavirus. 

“La cabina nació con un control de temperatura, porque al principio se dijo que el virus moría con elevadas temperaturas. Comenzamos a trabajar en ella durante la segunda semana de la cuarentena en el país y poco a poco fuimos evolucionando hasta llegar a lo que tenemos hoy en día, una cabina con aspersores o rociadores que utilizan agua ozonificada que ataca hongos, virus y bacterias, y que además tiene luz ultravioleta que no mata al virus sino que lo hace infértil, pues esconde su proteína y evita su reproducción”, explica.

Les tomó un mes y medio desarrollar la idea; en ese tiempo, amanecían hasta las 5:00 de la mañana, incluso cuando hubo trabajo de soldadura, armado y pintura. La electrónica y la investigación se tomaron gran parte de esas noches en un espacio que Ángel habilitó en su casa. “La idea era sacarlo lo antes lo posible por la situación que teníamos y para prevenir la propagación del virus. En ese proceso, incluso, pensamos en que el aparato podría funcionar con una concentración de alcohol al setenta por ciento, pero al investigar nos dimos cuenta que era nocivo para la salud”, cuenta.

Además, pensar en una cabina que dispersara alcohol suponía una inversión cuantiosa de entre 150 y 200 litros para dos días de uso en una zona de alto tráfico, así que migraron al ozono porque, en teoría, es más fácil conseguir agua; al usar ozono solo requieren cambiar los cilindros cada seis meses. En el hospital utilizan 100 litros de agua para una jornada completa desde las 6:00 de la  mañana hasta las 7:00 de la noche.

“Lo más difícil de desarrollar fue la parte electrónica y la programación del controlador, porque ese es el cerebro de la cabina, es como el procesador de la computadora, donde están todas las variables de la máquina. Con ingenio y estudio logramos nuestro prototipo”, señala Ángel, quien calcula que su prototipo salió en 2.000 dólares, pagado por autogestión. Ahora que su proyecto se materializó, Ángel quiera verlo en el mercado municipal, donde el tráfico de personas es mucho mayor, o en un Centro de Diagnóstico Integral (CDI).


No hemos dejado que las situaciones adversas se nos metan en la mente. Si no se vende alguna, sino se dona una, nos quedó la experiencia. Será parte de la resiliencia que ya forma parte del país

Jean Carlos Reyes, ingeniero

Los planos de Jean Carlos

Jean Carlos es maracucho, se le nota el acento. Tiene 21 años en el Oriente venezolano, vino a Monagas por trabajo y se quedó. Su empresa tiene 15 años y en este tiempo ha logrado que sus productos no solo estén en Petróleos de Venezuela (Pdvsa), sino también en Schlumberger y Halliburton, tanto en suelo nacional como internacional: México, Colombia y Ecuador.

Vio una oportunidad laboral y crecimiento económico al observar lo que ocurría con la expansión del coronavirus y la necesidad de generar un producto que ofreciera una rápida desinfección del trabajador petrolero. Pero también vio la manera de donar equipos en la medida de que se vendieran; quiere dar uno por cada dos vendidos e instalarlo en una parada de transporte público, una plaza, el hospital, el aeropuerto, el terminal de pasajeros o el mercado municipal.

Al principio sí contempló la idea de usarla con químicos, pero desistió al enterarse de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió sobre los riesgoso que resulta para el organismo humano su implementación. Sin embargo, el engorroso proceso de desinfección implementado para entrar a un supermercado al sur de Maturín lo hizo retomar su proyecto y replantearlo junto a tres personas de su equipo laboral. 

“La investigación y el trabajo en los planos nos tomó tres semanas, de lunes a viernes. Diseñamos una cabina con dos lámparas de luz ultravioleta y un generador de gas de ozono. El ozono ataca la membrana del virus y la luz lo desintegra”, expone. La cabina se armará con productos nacionales e importados, de acuerdo a lo que se consiga en el mercado, pues en el caso del ozono existen equipos normados de acuerdo al tamaño del espacio que se desee descontaminar, igual ocurre con la luz ultravioleta, solo que en su exposición se debe ser más rigurosos para evitar daños en la visión y en la piel.

Jean Carlos y su grupo están claros de que el camino para colocar el producto no es fácil, pero siguen adelante; no los distraen ni la crisis que enfrentaron: para 2018 en su empresa estaban 160 empleados y a la fecha solo quedan 18, incluidos él y su socio; la crisis económica de Venezuela los trastocó. En ese proceso de creación de tecnología se caído infinitas veces, pero “no hemos dejado que las situaciones adversas se nos metan en la mente. Si no se vende alguna, sino se dona una, nos quedó la experiencia. Será parte de la resiliencia que ya forma parte del país”.

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