Tienen entre 20 y 30 años de edad. La llamada Tragedia de Vargas, ocurrida entre el 15 y 16 de diciembre de 1.999, transformó su vida y entorno, cuando ellos eran apenas unos niños o estaban en el vientre de sus madres. Ver a su familia y a su comunidad levantarse tras ese desastre, los hizo tomar conciencia desde temprano de valores como la solidaridad y el compromiso con el trabajo. Hoy El Pitazo comparte las historia de tres de estos jóvenes

Sus recuerdos de la llamada Tragedia de Vargas, las lluvias excepcionales que cayeron sobre el centro de Venezuela en diciembre de 1999, vienen por retazos. En algunos casos, son solo imágenes que se han construido desde la oralidad familiar. Eran niños que no superaban los diez años de edad o apenas se estaban formando en el vientre de su madre. Sin embargo, los sucesos que marcaron a todos los residentes del litoral central hace 21 años, también dejaron secuelas en ellos. Descubrieron la solidaridad y el apoyo de maneras insospechadas. Aunque no se lo habían planteado antes, hoy coinciden al relacionar su vocación de servicio y perseverancia personal en los obstáculos que enfrentaron junto su grupo familiar y las decisiones de los adultos, que les permitieron mantener la inocencia infantil en medio de la crisis. 

José Miguel Rodríguez, Antonella Luca y Clever Flores tienen entre 20 y 30 años de edad. Comparten su gusto por el trabajo comunitario y por carreras relacionadas con el servicio. Los tres son sobrevivientes de la Tragedia de Vargas, justo al comienzo de sus vidas. Hoy El Pitazo comparte los testimonios de estos jóvenes, que tomaron conciencia de la solidaridad y el compromiso, de manera natural, casi sin darse cuenta. 

José Miguel Rodríguez: compartir las bendiciones 

José Miguel Rodríguez y sus hermanos, Nelson y Jesús, tenían una sola preocupación en diciembre de 1999: cómo los encontraría el Niño Jesús para dejarles los regalos que habían pedido. Los tres, junto a sus padres y abuelos, habían quedado damnificados el 15 y 16 de diciembre y fueron recibidos en Caracas, en casa de unos tíos abuelos.

“Recuerdo claro que mi hermano Nelson, que tendría como nueve años,  había pedido una pelota de beisbol firmada por Andrés Galarraga. Eso era imposible porque en ese momento Galarraga era la súper estrella en Estados Unidos y ni siquiera estaba aquí. Antes que llegara la tragedia, ya mis papás le habían dicho lo difícil de obtener ese regalo, pero él insistió en que eso era lo que quería. Luego nos quedamos sin casa, sin nada y lo de la pelota con la firma de Galarraga dejó de ser importante. Pero nos preocupaba, cómo haría Santa o el Niño Jesús para darnos algún presente. Mi mamá, que siempre ha estado involucrada en el movimiento de la iglesia, fue a una reunión y contó cómo nos sentíamos y lo de la pelota con la firma de Galarraga. A estas alturas no sé cómo pasó, pero alguien que estaba allí conocía a Galarraga y mi hermano recibió, como un milagro, lo que era imposible, una pelota con la firma de Andrés Galarraga. El Niño Jesús nos encontró, gracias a la solidaridad de muchos”.

Para Rodríguez, que hoy tiene 26 años y es abogado egresado de la Ucab, este episodio le hizo entender como el respaldo y un gesto de empatía puede hacer la diferencia. “Quizás es un lugar común, pero enfrentar todo eso y saberse sobreviviente, te hace valorar la vida y entender que lo material se recupera. En mi ADN y en el de cada guaireño, quedó grabada la certeza que no debemos rendirnos”.


Enfrentar todo eso siendo un niño y saberse sobreviviente, te  hace valorar la vida y entender que lo material se recupera. En mi ADN y en el de cada guaireño, quedó grabada la certeza que no debemos rendirnos


José Miguel Rodríguez, sobreviviente de la Tragedia de Vargas 

Rodríguez sabe que haberse recuperado es parte del legado de tenacidad de sus padres. “Mis papás eran una pareja de jóvenes profesionales, no llegaban a diez años de casados y se quedaron sin vehículos ni carros. Ellos intentaron que no lo notáramos. Se concentraron en transmitirnos que lo importante era estar vivos, unidos en familia.” Otro bastión importante de fortaleza, son sus abuelos maternos, residentes de Naiguatá. “La tragedia yo la pasé en Naiguatá, porque me dio un ataque de malcriadez y me quise quedar con ellos. Mis padres pensaron que yo había muerto junto a mis abuelos. Pero finalmente nos reunimos en Caracas, a los días. Mis abuelos me protegieron y con ellos salí en un barco de la Armada”.

Rodríguez siente que a 21 años de la Tragedia de Vargas, el Gobierno y hasta sus propios habitantes, están en deuda con la entidad. “Todo en la vida te deja aprendizajes. A mí la Tragedia me ayudó a agradecer y a compartir bendiciones”.  Y aunque no se lo había planteado como un efecto, Rodríguez preside desde hace tres años la ONG Más Ciudadanos, un movimiento que busca crear cambios y protagonismo en la ciudadanía, dando apoyo educativo y social. 

Antonella Luca: Aferrada a la vida

Como estudiante de medicina de la Escuela Razetti de la Universidad Central de Venezuela (UCV), Antonella Luca sabe lo que implica el embarazo para el cuerpo de una mujer y que cualquier situación estresante puede llegar a interferir en su feliz término. 

Es por ello que siempre celebra su vida y la templanza de su madre y de su padre, una joven pareja que enfrentó la Tragedia de Vargas cuando ella, su primera hija, aún no había nacido y era un nonato de casi seis meses de gestación.


La deuda que se mantiene con Vargas, es la misma deuda que el Estado venezolano tiene con mi generación. Nunca hicieron lo que era debido. Una reconstrucción que pudo ser una oportunidad para ser mejores, se dejó perder

Antonella Luca, sobreviviente de la tragedia de Vargas

“Yo nací en abril del año 2000 y mis padres vivían en un apartamento en Caracas, en La Candelaria, que les prestó un amigo de mi papá, que con el tiempo se convirtió en mi padrino, pues la casa de mis nonos (abuelos) y tíos en Los Corales y el apartamento de ellos, en Macuto, fueron severamente afectados. Es decir, nací en un hogar damnificado, donde nada era nuestro. Mis padres fueron valientes y enfrentaron el haber quedado sin nada con mucha entereza y esfuerzo”, relata la joven estudiante. Destaca que la forma en que sus padres y sus abuelos afrontaron las consecuencias de la tragedia, hace sentirse más orgullosa de ellos, en especial de su abuelo Franco, “por el valor que da al trabajo”.

“Cuando me pongo en sus zapatos, yo no sé cómo hubiese reaccionado, en medio del caos que ellos me relatan, en ese nivel de desesperación. De no saber dónde están tus hermanos, tus hijos, tu familia. De tener que cruzar ríos y piedras, cuidando tu vida y tu embarazo. Mucha gente no fue tan afortunada como mi familia y como yo, que podemos contarlo y que volvimos, que pudimos recuperar y tener nuevamente una casa aquí, porque Vargas es nuestro hogar. Mi familia quedó en cero y no se dio por vencida. Ellos son una inspiración diaria”, detalla. 

“Pienso que mi capacidad de servicio y mi interés por sanar tienen que ver con el hogar del que vengo y de lo que sé que ellos enfrentaron durante la Tragedia de Vargas, porque  ellos y yo valoramos la ayuda que recibimos, porque se hicieron fuertes juntos. Graduarme de médico y poder darle sanidad a otro, garantizar que se sienta bien, da sentido a mi vida. A la vida que pudiese no tener, porque pude no haber nacido”, reflexiona Luca, acotando que cada guaireño conserva una historia y un aprendizaje de la Tragedia de 1999.

“La deuda que se mantiene con Vargas es la misma deuda que el Estado venezolano mantiene con mi generación. Nunca hicieron lo que era debido. Una reconstrucción que pudo ser una oportunidad para ser mejores, se dejó perder”.

Clever Flores: El optimismo como escudo 

Los amigos de Clever Flores aseguran que es un optimista empedernido. De esos que ante la dificultad y la duda de otros, dice que hay que avanzar. Que siempre tiene un sí por respuesta y es un líder nato en el sector Las Tucacas en Caraballeda. 

Flores, de 30 años, egresado universitario y trabajador en el área de aduanas, relaciona este optimismo con lo que vivió cuando tenía nueve años, en la Tragedia de Vargas. 

“Mi primer recuerdo de esos días, era la rabia que tenía porque la lluvia nos había dañado la fiesta de Navidad en la escuela. Yo estudiaba en el Fe y Alegría y nuestra celebración para despedir el año escolar fue el 14 de diciembre. Eso me frustró muchísimo. Cuando llegué a casa, mis vecinos y familia hablaban que el río San Julián estaba crecido y se notaba la angustia. En mi inocencia infantil pensé que los adultos exageraban”.


Los días 16 y 17 de diciembre no teníamos comida, ni agua potable, ni electricidad. Lo único que nos daba sustento era la unidad familiar y el apoyo entre los vecinos.  Yo por esos días, aprendí a compartir y a ser optimista, porque mientras haya vida, hay oportunidades


Clever Flores, sobreviviente de la Tragedia de Vargas

El río finalmente se desbordó y un alud de barro, rocas y troncos, tomó Las Tucacas como cauce. Los vecinos y la familia de Flores decidieron correr hacia las montañas de Caraballeda y alejarse lo más posible del cauce. “Yo estaba con el tema de la Primera Comunión y me preguntaba, por qué nos pasaba esto, dónde estaría Dios. Era difícil para un niño entender.  Los días 16 y 17 de diciembre no teníamos comida, ni agua potable, ni electricidad. Lo único que nos daba sustento era la unidad familiar y el apoyo entre los vecinos. Yo por esos días, aprendí a compartir y a ser optimista, porque mientras haya vida, hay oportunidades. Ser optimista me ha servido como escudo”.

Flores recuerda que en Caraballeda hubo muchos desaparecidos. “Cuando bajamos de la montaña al refugio, donde nos dividían para salir en helicóptero o en fragata, veía a la gente llorando, porque sus familiares no estaban en la lista de rescatados. Yo tenía que agradecer que mi familia estaba completa. Lo otro que recuerdo es que cuando alguien tenía hambre, cualquier mano se extendía para compartir una leche o una compota. Eso me marcó para bien”.

El joven varguense hoy forma parte de un movimiento juvenil que apoya con actividades deportivas y sociales a los niños en las zonas más vulnerables de Caraballeda y su hogar, el mismo que la Tragedia afectó hace 21 años, es el epicentro para preparar alguna comida u organizar algún encuentro deportivo, donde los pequeños de la zona, serán los atendidos. 

“Es un modo de agradecer. Un modo, no solo de agradecer la vida, sino el hecho de que regresamos, pues por la Tragedia debimos irnos por meses al estado Anzoátegui, por el trabajo de mi papá. Luego volvimos para reencontrarnos con nuestro hogar”. 

Flores lamenta que 21 años después el río San Julián siga siendo un riesgo para los vecinos de Las Tucacas, porque a las obras de minimización de riesgo no se le hace mantenimiento. “Es doloroso, como oriundo de Caraballeda, crecer con las ruinas de Los Corales o con el esqueleto de lo que fueron el Sheraton o el Meliá. Eso es parte de la historia de Vargas, que jamás conoceré”. 

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