Toque de Diana | De Miss Clap a la Venezuela que está detrás del mostrador de fondo

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Caracas.- Recientemente Altagracia de Orituco, estado Guárico, en el municipio José Tadeo Monagas, parió una Miss Clap. Una niña bella, sin duda, a la que no le hacía falta convertirse en propaganda viviente de instrumento de control y manipulación política pero quizás esa venezolana, una muchacha muy joven, no tiene idea de qué es lo que su figura 90/60/90 representa en verdad.

Usted y yo si lo sabemos

Si se fijan, en muchos de los supermercados del país desde hace tiempo se ha puesto en práctica una nueva modalidad de compra; además de los pasillos habituales, en algunos casos numerados, en los cuales se organizan los alimentos, productos de limpieza y aseo personal, empaquetados, enlatados, envasados, además del área de charcutería, licores y legumbres pues ahora también hay al fondo un mostrador adicional o un área que es abierta al público pero bajo estricto control y vigilancia, una esquinita donde, por lo general, está lo mejor, lo más caro o lo más pequeño o muy demandado como los chocolates, la mantequilla, el atún que uno conoce de toda la vida, el aceite de oliva, las chucherías nacionales más tradicionales, la gelatina en sobres y muchos más.

En otros casos, todos esos productos se encuentran en  una estantería a parte,tras puertas de vidrio, bajo llave y uno tiene que hacer un periplo en el supermercado para lograr que le abran la puertica para poder llevarse lo que quiere.

Así es como ahora algunos venezolanos nos llevamos a casa mucho de lo que más nos gusta, no solo debemos invertir dinero, sino también tiempo y paciencia porque uno se siente como si le estuviera pidiendo al Banco Central de Venezuela que le despache 100 gramos de oro en polvo, una tetica de petróleo o 3 piedritas de coltán.

Te mira con detalle el dueño del negocio, te observa acucioso el vigilante, la señora que te despacha también y los que te rodean te ven expectantes para saber cuánto te vas a llevar para sacar conclusiones porque si solo te llevas un atún, está bien, pero si te llevas más de 6 pues seguro tienes bastante dinero y si montas en el carro más de una docena ya a juro eres enchufado y si te llevas de a 4 cajas pues seguro vas pa´ Miraflores.

La Venezuela que está tras el mostrador de fondo es cara. Cuesta plata. Esa Venezuela traducida en productos que antes eran de consumo cotidiano sin que consumirlos implicase un desajuste del presupuesto mensual.
Esa Venezuela nos habla de cuánto cuesta producir cada uno de esos productos. De cuán caro sale a la larga el subsidio, lo regalado, las «ayudaítas» institucionalizadas y eternas a punta de controles de precio. 

Y lo peor es que ahora después de haber hecho aquel sacrifico y cuando sales del abasto o supermercado con las bolsas reciclables el parquero auto juramentado de la acera frente al negocio que te dice «se lo cuido el carro», también está esperando que, si no le das efectivo (esos papelitos que se evaporan con el primer calorón del día) le des «alguito» de esa Venezuela que está detrás del mostrador porque si le das un tomate se ponen bravos, ellos quieren algo rico, una chuchería de esas que venden detrás del mostrador.

Entonces, lo que comenzó como una misión social, una nómina paralela, una bonificación, un resuelve, un Clap, un beta del gobierno para comprar lealtades, ahora se ha convertido prácticamente en una obligación de todos porque a todo el mundo ahora hay que darle algo mientras uno sigue ahí, con su dinero producto de su trabajo sacrificado y honrado, esperando que te atiendan en el mostrador de allá de la esquina de atrás esperando que te despachen la mantequilla carísima que casi cuesta como una piedra de coltán.

A los que más producen los pusieron a fungir de padres benefactores. Tanto, que el esquema del subsidio se convirtió en una política de capital humano para mantener al personal que se escapa a bachaquear, a matar tigres y lo que salga con tal de subsistir.

La Venezuela que está detrás del mostrador de fondo es la más costosa pero es la Venezuela real y todos tenemos derecho a ella pero no por igual. Que se la lleve a su mesa el que, en buena lid, honestamente y habiendo contribuido con las construcción del país, pueda pagar por ella.

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