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sábado, 28 mayo, 2022

Walewska Pérez expresa desesperación ante la impunidad por muerte de Rafael Acosta Arévalo

Se cumplió un año del asesinato del militar retirado Rafael Acosta Arévalo, hecho ocurrido mientras estuvo, a juicio de su esposa, secuestrado por funcionarios del Dgcim

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Ha pasado un año desde la muerte del capitán Rafael Acosta Arévalo y aun así su esposa, Walewska Pérez, expresa sentirse más desolada, ansiosa y desesperada ante la impunidad en el caso. El militar falleció mientras estaba bajo custodia de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim) con signos de tortura.

Walewska Pérez ha denunciado públicamente los detalles de caso, como la denuncia del secuestro y asesinato; la retención del cuerpo de Acosta durante 12 días, la inhumación controlada, el proceso judicial en el que condenaron a dos funcionarios del Dgcim por homicidio preterintencional; y ha exigido justicia por los presos políticos.

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“He envejecido mucho. He perdido peso y sé que no tengo brillo en los ojos. No puedo sonreír, no me sale. Casi no duermo. Me levanto de la cama a medianoche y camino sin hacer ruido, para no despertar a mis hijos ni causarles más traumas”, dijo Pérez en una entrevista exclusiva de La Gran Aldea.

A continuación, un fragmento de la entrevista:

“Vienen a mi mente las escenas más pavorosas -dijo Pérez-. Mis abogados me lo dijeron, porque yo les pedí que lo hicieran. Y luego leí el informe de la autopsia que salió en la prensa. (A Acosta Arévalo) lo llevaron a una casa de torturas que tiene la dictadura en Miranda, lo desnudaron y lo colgaron de un árbol; le disparaban cerca de los oídos para reventarle los tímpanos; le pusieron una carpeta con tirro alrededor de los ojos; lo golpearon con tablas en todo el cuerpo; lo metían en un cuarto helado y le echaban agua helada; le daban latigazos; le ponían bolsas en la cabeza; le metían la cabeza en tobos; le hicieron cortaduras en las plantas de los pies; le metieron electricidad en los testículos… Participaban muchos, me dijeron, porque el método de ellos es no dejar descansar a la víctima. Cuando quedaba inconsciente, lo reanimaban. Le tomaban fotos. Alguien tiene las fotos de mi esposo siendo martirizado. Trato de no pensar en eso, pero no puedo”.

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Rafael Acosta Arévalo pidió la baja en 2006, “porque no estaba de acuerdo con lo que estaba sucediendo”. Estaba residenciado en Colombia con su esposa e hijos; y decidió viajar a Venezuela, según dice su viuda, “para renovar los pasaportes y hacer otras diligencias. Había cumplido 50 años el 17 de junio y el 21 de ese mes fue detenido, sin orden judicial, en Guatire, estado Miranda.

-Él no tenía miedo -dice Walewska-. Decía que todos nacemos para morir. De hecho, mientras estuvo activo, le explotó una granada en la pierna y tuvo un accidente de buceo en la Base Naval de Turiamo, de donde lo sacaron inconsciente en helicóptero. Estaba acostumbrado al peligro. Y, de seguro, jamás pensó que un compañero podría traicionarlo. A él lo vendió un “amigo”, que lo envió a una muerte terrible por congraciarse con el régimen y obtener quién sabe qué…

Al preguntarle si ella estaba al tanto de las actividades conspirativas en las que Acosta Arévalo podría haber estado involucrado, ella asegura que jamás oyó nada que le hiciera pensar en eso. “De todas formas”, -dice Walewska-, “después de su asesinato, yo me aislé porque no quería perjudicar a nadie”.

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