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jueves, 1 octubre, 2020

Antonia Turbay: “Estar en libertad es volver a la vida”

Después de 14 meses presa, solo por ser la vecina de Iván Simonovis, la abogada relata cómo conoció el odio y la injusticia de cerca. La fe la mantuvo en pie y poco a poco va sanando y retomando su tranquilidad afianzada en la esperanza de estar pronto junto a su hija

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Caracas.- Un año, dos meses y tres días de no estar en libertad se cumplieron el 31 de agosto de 2020, cuando salió de prisión Antonia Turbay. Abogada en temas de familia, Antonia es una mujer de fe que se aferró a Dios para mantenerse en pie y transitar el purgatorio, que dice, le tocó vivir. Un purgatorio que comenzó cuando el excomisario Iván Simonovis se escapó de su arresto domiciliario.

“La vida en la celda no es fácil. Encerrada, compartes espacio con personas que ven la vida muy diferente”, recuerda la señora Antonia, quien además relata que tuvo muchos conflictos y fue excluida por ser opositora. Por eso decidió hacer un “ayuno de silencio” y dedicarse a rezar y a hacer la limpieza que le correspondía.

Además de la fe y el apoyo de sus amigos, Antonia se aferraba a sus nietos y a su única hija que se fue de Venezuela hace tres años, luego de ser secuestrada durante uno de sus embarazos. Una foto colgada de su litera y cartas de los niños fueron la forma de tenerlos presentes y construir esos “recuerdos para el día de mañana” que le arrebató el encierro.

La primera noche fuera de la cárcel Antonia no pudo dormir y decidió quedarse con unos vecinos. “Son momentos en los que uno necesita cariño”, confesó. “Estar libre otra vez fue volver a la vida. Los 14 meses se perdieron, pero tuve aprendizajes. Me sirvieron para ir llenando mi maleta para ir al cielo, como digo yo, haciendo lo que pueda hacer por el prójimo. También entendí que uno es lo que cultiva y que en el país necesitamos entendernos más, necesitamos más compasión”, expresó en entrevista concedida a El Pitazo.

 “El corazón de Antonia se curará con paciencia, con ayuda y con el tiempo”, afirma Antonia, quien no deja de agradecerle a Dios el cariño de quienes la apoyaron durante todo este tiempo.

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—EP: Desde el día que salió en libertad se convirtió en el rostro de la injusticia, quizás sin quererlo. ¿Se imaginó llegar a tantas personas con su testimonio?

—Me pude dar cuenta, pero al principio no analicé que podía tener este alcance. Cuando salí, el ver a mi hija (por videollamada), después de un año, fue muy emotivo. Hasta esa hora, 8:40 pm, nos habían dicho que no sabían si salíamos ese día o al siguiente. Esa era una de las formas tortuosas. 

El único que me dio aliento fue (Roberto) Marrero que me decía ‘haga las maletas que nos vamos’. 

Ya cuando bajé, lo hice toda contrariada porque no me dieron mi cédula y tenía el temor de que me volvieran a detener por indocumentada. Todas esas cosas pasan por la mente de un privado de libertad, porque se han escuchado mil cosas. 

Cuando hablaba con mi hija, ambas llorábamos y vi a los medios de comunicación, pero no reparé en ellos.

Yo, en ese momento, respondí a las preguntas con el alma. Respondí que, si me hubiesen detenido por hacer algo, lo hubiese vivido con dignidad, pero yo no tenía ningún tipo de amistad con Iván Simonovis. 

Lo único que hice fue llamar a su abogado, una vez que el Sebin despejó la calle para que reparara la reja de la cocina que estaba abierta, porque en la urbanización no queríamos otra invasión. 

Y se lo expliqué a la juez. No sabía que la casa tenía una medida judicial y nunca le dije al abogado que ingresara a la casa.

El abogado también estuvo 14 meses en prisión y nunca cruzamos palabras. Su acción, en aquel momento, me arrastró a mí.

—Siendo abogada, ¿cómo llevó el hecho de tener una boleta de excarcelación desde hacía un año y seguir presa?

—Yo soy abogada en lo familiar y cuando uno solicita una medida de protección, el tribunal la dicta. Pero, aquí un tribunal penal dictó una orden y los órganos de justicia, que deberían estar subordinados, no la acataban. Nunca entendí por qué no me liberaron.

De todos los presos en el Sebin, cinco teníamos boletas de excarcelación, entre ellos, el señor Erick Echegaray, que falleció los primeros días del mes de agosto. Él estaba preso por legitimación de capitales, una pena que conlleva siete años de prisión. Él tenía 12 años preso y cinco con una boleta de excarcelación.

A su hija le entregaron prácticamente el cadáver de su papá y eso también me afectó. El señor no podía ni caminar ya.

—Recuerda el caso del señor Echegaray y al igual que él, usted tenía boleta de excarcelación. ¿Se llegó a ver reflejada en él, en su caso?

—Yo sentí mucho dolor. Cuando a mí me metieron presa yo tenía dos sentimientos: el de ser una persona honesta con un carácter férreo, como me inculcaron, y la injusticia de verme presa por algo que no cometí… Pensaba en mi única hija y que quizás el día de mañana le podían decir que tenía una madre presa. Eso no debe ser fácil, el tener una madre presa.

Me dije, ¿será que yo pasaré cinco años también aquí teniendo boleta? y dije, cancelado y seguí rezando. Cuando me enteré que había fallecido, me dije que le entregaron a su hija su padre cadáver.

Antes de saberlo, pregunté aquí qué cuando lo traían y me dijeron que lo habían dejado en libertad, pero la verdad es que lo llevaron al Universitario, dio positivo para coronavirus y lo trasladaron a Maracay (Aragua), donde murió.

Eso no es justo.

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—¿Qué fue lo más difícil que le tocó vivir?

—Cuando la policía priva de libertad a un inocente, tienes dos penas: la de ser inocente y la pena de estar encerrado. Encima te uniforman de recluso y te convierten en un delincuente común.

Para mí, el agravio más grande fue cuando me pusieron el uniforme y me llevaron esposada a presentarme ante el juez. Llevarme así a un lugar donde yo trabajaba era muy denigrante. Cuando vi a mis abogados estallé en llanto. Me daba vergüenza que me vieran con un uniforme de delincuente.

Y encima, cuando hay visitas, tienes que ponerte lo que yo llamé el uniforme de gala. Esos días eran terribles. Para ir al tribunal tenías que ponerte una braga naranja y el de las visitas un mono amarillo. Eso es muy denigrante para una persona que es inocente.

—Usted le pidió perdón a su hija al salir. ¿Siendo inocente, sintió en algún momento culpa?

—No, nunca me sentí culpable (pausa mientras se secaba las lágrimas). Lo normal es que usted esté presa si cometió un delito. Yo no cometí ninguno. A mi hija le inculqué valores y fui muy dura con ella en su educación. Yo no he cometido delito, no soy culpable. Yo quiero que ella siga orgullosa de la mamá que tuvo.

—También llegó a decir que tuvo mucho dolor. En estos días, ¿cómo va ese dolor?

—Ese dolor existe, porque vea que en cada momento que usted me pregunta algo sobre mi libertad y mi inocencia, yo me emociono (lloro). Todavía tengo las emociones a flor de piel.

En relación con el odio, creo que es natural. Se burlaron mucho de mí, pese a que el trato de la mayoría de los custodios fue respetuoso. Estuve restringida de muchas cosas. Para ir al gimnasio o hablar por teléfono había que rogar. Los hombres tienen más prerrogativas que las mujeres.

Yo todos los días rezaba por mi libertad y la de los demás. Cuando rezaba en las mañanas, le decía a Dios que perdonara a estas personas por injustas y por meter a la gente presa injustamente. Pero esa petición no me salía del corazón. Era como un mantra aprendido. No sentía esas palabras, pero me esforzaba en pedirle a Dios que los perdonara.

—Y pasados estos días, ¿ya siente un poco más esas palabras?

—Igual. Voy a buscar ayuda psicológica para poder curar el dolor y cuando cure el dolor a lo mejor llega el perdón. O quizás sea al revés, que tenga que perdonar primero para sanar el dolor. Sigo en mi camino de Dios y pidiéndole aquí en mi casa, que aún no está totalmente arreglada, porque fueron 14 meses que estuvo cerrada.

En este silencio y, poco a poco, voy recobrando mi tranquilidad.

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—Siendo usted una mujer de fe, ¿llegó a dudar?

—Sí. Yo aprendí que todo es una prueba y aprendí que nunca debía preguntar por qué, sino para qué, pero en esos momentos, en mis flaquezas, le preguntaba a Dios por qué. Después, trataba de gratificarme y me decía que para lograr algo bueno en la vida hay que hacer sacrificios primero. Claro, este fue un sacrificio muy grande, pero me llenaba el alma que Dios tenía algo muy grande para mí.

—Usted llegó a comentar que entró sana al Sebin y salió con problemas. ¿Cómo está su salud?

—Pues sí, los problemas de hipertensión vinieron imagino producto del dolor, de la rabia, de la angustia, de la impotencia, sobre todo. De las palabras que me decían cuando me señalaban que habían hecho una lista de liberaciones y que yo estaba de primera y no salía. Cada vez que había excarcelaciones y yo no salía, mi tensión se disparaba y tenían que llamar a los paramédicos para que me la controlaran.

La inamovilidad al estar recluido hace que aumentes de peso y eso afecta otras cosas. Tengo un problema en las rodillas, la presbicia aumentó, también la hipermetropía, porque forzaba la vista, porque las lámparas eran de neón y solo había un bombillo, pero al menos. El corazón está bien y eso me da tranquilidad para curarme.

—Lo primero que pensó al salir del Sebin…

— Al bajar de la patrulla lo primero que pensé fue: gracias Dios mío que se acabó el infierno, porque para mí fue un infierno policial y de reclusión.

—¿La Antonia que entró al Sebin es distinta a la que salió?

—Sí cambió, porque si antes presumía las cosas, ahora tengo la certeza. Antes no tenía miedo a la policía, hoy en día sí. Hoy sé que la única forma de ser una presa política es estar en libertad.

Hoy tengo el conocimiento de la bajeza del ser humano. Conocí el odio.

Ahora, en mi carácter no creo que haya cambiado. Sigo siendo agradecida con Dios y con mis amigos.

—¿Hubo alguna fecha más difícil que otras durante estos 14 meses?

—El 24 de diciembre fue muy triste. No sentí nada ese día. Solo lloré toda la noche, porque no entendía por qué estaba allí.

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