Toque de Diana | El nuevo billete de 50.000 bolívares es una suerte de ánima sola

Son doce ceros, uno tras otro, los que nos caen encima como una inútil locha aunque, si lo pensamos mejor, una locha hoy valdría más que estos nuevos cincuenta mil bolívares debido a su valor histórico y representativo entre coleccionistas

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Foto: BCV

Las ánimas son almas que se hallan en El Purgatorio. Según la religión católica El Purgatorio es un lugar al cual van las almas de los que han muerto sin la pureza suficiente para entrar al Paraíso Celestial, pero que tampoco merecen la eternidad del castigo infernal.  En El Purgatorio, esos entes, esos espíritus plañideros, esos espectros intentan purificar sus pecados a través del fuego, y como no están en el infierno conservan la esperanza de salir del purgatorio para lograr la redención y la ascensión celestial

En Venezuela , el ánima sola es una entidad que inspira mucho respeto. Se le considera sumamente milagrosa pero también severa y sádica si no se le cumplen las promesas.

En Cantaclaro Rómulo Gallegos habla de ella a través del Catire, de Florentino, a quien cuando le preguntan si cree en los espantos dice con esa viveza del llanero: “Yo no sé leer pero a mi me escriben”.

El nuevo billete de cincuenta mil bolívares es una suerte de ánima sola, un alma desamparada de lo que fueron 5 billones de bolívares en una Venezuela relativamente normal. Lo único que habría que acotar es que, este nuevo billete, el de más alta denominación de los tres que se estrenaron ayer, no hace ni el favor ni el milagro como si dicen que lo hace la respetada ánima sola, conforme a lo que dicta la sabiduría popular. Un tema delicado incluso, del que se habla bajito en algunas casas, sobre todo en el interior del país, con el temor de no faltarle el respeto a esa entidad sufriente.

Sufrientes también somos nosotros que a veces nos sentimos, no digo en el purgatorio sino en compañía de los dueños del piso en llamas de más abajo.

Cinco billones de bolívares era una cifra gigantesca en la Venezuela de hace más de 20 años en la que ni siquiera existió jamás un billete que la representara porque sencillamente se trataba de una cantidad de dinero descomunal “godzilezco” y con ínfulas de King Kong capaz de garantizarle el futuro a una familia completa, a sus nietos y quien sabe si a sus bisnietos, dependiendo, por su puesto, de su capacidad administrativa, la visión de negocios de reinversiones y de cualquier decisión orientada a preservar el patrimonio.

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Antes de que el chavismo irrumpiera en la historia de Venezuela, un apartamento modesto en San Antonio de los Altos podía costar 280 mil bolívares de los de antes. Duplique la cifra y le dará el precio de lo que costaba un apartamento de las mismas características en Macaracuay, clase media, cómodo, funcional. Haga la proyección y llegará a la conclusión de que con solo un millón de bolívares entonces uno se podía comprar apartamento, amoblarlo o remodelarlo a todo trapo, hacer el open house y tirar la casa por la ventana porque, total, hasta comprando una mansión sobraba.

Cinco billones de bolívares implicaba ser multimillonario en Venezuela y, quién sabe si millonario o en vías de serlo fuera de nuestro país.
Hoy esos cinco billones de bolívares post Chávez y Maduro alcanzan para un cartón de huevos, 375 gramos de caraotas negras y una chuchería para la niña que llora y llora por un chocolate Edición Especial.
Son doce ceros, uno tras otro, los que nos caen encima como una inútil locha aunque, si lo pensamos mejor, una locha hoy valdría más que estos nuevos cincuenta mil bolívares debido a su valor histórico y representativo entre coleccionistas.

El bolívar ya no compra nada, ni si quiera las más pusilánimes conciencias.  El bolívar falleció. Y a ese ya ni una velita se le puede poner porque es que al que hoy se le reza es a otro, ya no un ánima, sino todo un santo que si hace milagros: Washington.

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