El CumbeTour tiene dos años y medio como puente entre la gente que jamás ha pisado un barrio y quienes viven en esta parroquia caraqueña. El recorrido por sus calles le permite a los visitantes reencontrarse, reconocerse y reubicarse en un espacio donde reina la empatía entre la música y el arte urbano

El Teresa Carreño. La zona segura

Como si se tratara de un safari, 21 personas ataviadas con sombreros, zapatos deportivos, bermudas de explorador y cámaras subieron a las 2:00 pm a un autobús para emprender una aventura distinta. Todos decidieron dedicar su sábado a conocer una zona inexplorada para ellos y con fama de contar en su perímetro a varios de los barrios más peligrosos de Caracas: se fueron a San Agustín.

A conocer San Agustín: la cuna de la salsa, el punto del cocuy, el cumbe de Caracas. “Un asentamiento de hombres libres”, esa es la frase con la que sedujeron a quienes subieron al transporte, rumbo a Parque Central.

En el bus todos lucían expectantes, se escuchaban murmullos en español, en inglés, en portugués. El vehículo estaba lleno de turistas extranjeros ansiosos de conocer, de ver, de descubrir. El “CumbeTour”, como denominan la experiencia, tiene dos años y medio logrando ese curioso acercamiento entre quienes ven el barrio como su zona común y los que se sienten en medio del realismo mágico cuando recorren sus calles.

“Estamos locamente enamorados de nuestro barrio”, les gritó a los turistas Reinaldo Mijares, quien ideó y dirige el tour. Se trata de un cultor popular de la zona empeñado en quitarle el sello de “peligrosa” a su parroquia. Pasa de puesto en puesto y entrega un cupón con el sello del CumbeTour y un billete de 2 bolívares del cono monetario anterior grapado en los bordes.

“No los boten pues de eso depende su alimentación e hidratación”, les dice Reinaldo a los pasajeros. El carro arranca y en pleno Colegio de Ingenieros, frente a las casitas de la Misión Vivienda que diseñó Fruto Vivas, pide la cola un grupo de tamboreros.

Al ritmo de la parranda, con charrasca y maracas incluidas, los cantores de San Agustín describen su zona como “la más hermosa, la más exquisita, la más divina”. Y, mientras cantan e intentan que “los gringos” entonen los coros en español, llegan a la segunda parada.

Cultores populares, músicos, cantantes y cocineros componen el grupo que hace posible el recorrido en la parroquia caraqueña | Foto Andrés Rodríguez

El Metrocable, un paseo sobre los ranchos

El bus se detiene en Parque Central y todos bajan a paso apurado. La música no para de sonar mientras el tumulto entra, detrás de los tamboreros, a la estación del Metro de Caracas desde donde es posible acceder al Metrocable.

La obra inaugurada en 2010 y emblema del último periodo de Gobierno del presidente Hugo Chávez, es el escenario donde empieza el deslumbramiento de los turistas. Embelesados por la música que suena a todo lo que dan los brazos y los pulmones del grupo, los visitantes suben las escaleras coreando y aplaudiendo sin notar que quienes los rodean, gente que usa el sistema de metro, los mira con la extrañeza de quien ve fracturada su rutina.

En cambio, los participantes del CumbeTour, saludan a todos los transeúntes y los miran con ese gesto amable que muchos dejaron de ver hace tiempo, cuando las diferencias políticas hicieron mella entre los que parecen del este y los que son del oeste de Caracas.

Maravillados por las alturas y las casitas de bloques que se divisaban, todos admiraron la parroquia desde los vidrios de los funiculares y siguieron cantando gaitas y boleros hasta llegar a la tercera parada.

Se trata de un tour coordinado por la propia comunidad organizada de San Agustín | Foto Andrés Rodríguez

El Centro Cultural La Ceiba y los niños de San Agustín

Al bajar de los funiculares, los 21 visitantes se toparon con una estación de llegada que muchos podrían tildar de abandonada. Pero el mal olor, las puertas forzadas y la basura amontonada perdieron importancia cuando una pintura gigante en la pared los hizo abstraerse y salir del asombro solo al escuchar los tambores que venían de un cuarto.

El Centro Cultural La Ceiba muestra desde sus cuatro costados una gigantografía del mapa de San Agustín. Dentro del salón esperaban los niños de la escuela de música Pedro Guachapa García, quienes al ritmo del tambor bailaron con las más rubias del grupo.

A la algarabía inicial le siguió el silencio y, en ese momento, entró en escena don Emilio Mujica, quien contó con tanta pasión su amor por San Agustín que, hasta quienes no hablaban en español, se quedaron escuchando con los ojos llenos de ternura.

La charla de Emilio –que contaba, cual si se tratara de la leyenda de Florentino y el diablo, como los ciudadanos vencieron a la violencia hablándole a la cara sin ningún intermediario– motivó a los participantes a caminar y tener su primer contacto directo con los barrios de la zona sur.

Por callecitas estrechas y llenas de colores pasearon los turistas. Ellos miraban a los vecinos con curiosidad, mientras la gente, los habitantes del barrio, les devolvían las miradas con distancia, incomodidad y hasta burla. Pero no eran todos los casos: otros hacían contacto visual, hablaban con la gente, les daban la mano, se reconocían en el otro.

Así avanzaron a la parada donde la rumba se prendió.

Durante todo el paseo, que dura unas seis horas, los turistas son acompañados por un grupo musical | Foto Andrés Rodríguez

Los Alegres All Star, donde nace el swing

Entre los barrios Marín y La Fila, esos mismos que dieron vida al legendario grupo Madera, los caminantes se amontonaron para ingresar en un pequeño salón dividido en dos espacios. Los Alegres All Star, el bar en tributo a las grandes estrellas de la salsa, recibió a los turistas con un trago de cocuy.

“Nosotros somos defensores del cocuy nuestro, del que se hace en casa con jengibre, miel y papelón”, gritó Reinaldo para callar cualquier pensamiento que hiciera a los oyentes recordar las recientes muertes por el consumo de licor adulterado.

Todos tenían aún el trago en la mano, cuando el ritmo del “Yenyere” los contagió y convirtió el bar un salón de baile en el que niños, viejitos, rubias y negritos se movían al compás de la música. La pachanga despertó el hambre y todos cambiaron su primer cupón por un par de buñuelos con papelón que extranjeros disfrutaron como un manjar.

Pero ese fue solo el postre. La siguiente parada trajo el plato fuerte.

El CumbeTour tiene dos años y medio realizándose en la ciudad y quienes participan en él pueden recorrer a pie la zona | Foto Andrés Rodríguez

Las empanadas de Marisela, una prueba de sabor

Otra caminata por callejones que descubrían de vez en cuando una vista infinita del valle de Caracas, así como estrechos pasos con casitas desde las que se dejaban ver las caritas de niños curiosos, abrió paso al comedero de Marisela, un puesto de empanadas con sabor a mar tan gustosas que algunas caraqueñas entre los turistas decían que se sentían en la playa.

Aunque el CumbeTour ha cambiado desde su primer recorrido en julio de 2016, el puesto Marisela es una parada obligada cada fin de semana cuando Reinaldo y su gente se traen a “los turistas”, como llama la gente del barrio a la multitud que llega de visita.

Con la barriga llena todos avanzaron a la siguiente parada.

Tascas, bares, teatros y centros culturales componen la propuesta de esta iniciativa turística | Foto Andrés Rodríguez

El Mirador de Hornos de Cal, la postal de San Agustín

Para contrastar con el basurero que apenas acababan de dejar atrás, los 21 turistas se toparon de frente con el Mirador de Hornos de Cal, una baranda gigante que deja ver los ranchitos y casas de ladrillo sin frisar de San Agustín del Sur, de la Charneca y los edificios de Parque Central. Todo enmarcado en un atardecer que era finamente cortado por las líneas del metrocable.

“Lo que se ve desde aquí era solo un rancho que un señor hizo hace mucho y se lo tumbaron. Lo construyó de nuevo y otra vez pa’l piso, hasta que luego de tres veces, no se levantó uno sino 100 más y se quedó el barrio”, les contó Emilio a los visitantes, que a estas alturas ya dejaban que algunos caraqueños que hablaban inglés les sirvieran de traductores.

Otro paso rápido por el Metrocable llevó a los turistas a la séptima parada, donde no solo escucharon música, sino que la hicieron.

Foto Andrés Rodríguez

La calle de los niños, una fiesta de caminantes

La luz de la tarde acompañó a los caminantes por el elevado que une Parque Central con San Agustín del Sur y luego por la calle principal de esta zona. Allí hicieron una nueva parada en el espacio denominado “La Calle es de los niños”, desde donde se promueve la cultura de paz y la apropiación de las calles que hace sentir tan orgullosos a los parroquianos.

Los vecinos le contaron a los extraños como fue que esta comunidad de 47.747 habitantes, de acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Estadística, inició su movimiento contra la violencia en 1993. En aquel momento 8.000 personas caminaron por la paz e iniciaron el activismo ciudadano que hizo que la zona bajar puesto 3 al 18 entre las más violentas de Caracas.

Hoy, 24 escuelas de la parroquia son parte del programa educativo de “La Calle es de los Niños” y se enseña percusión, sonido y música. Es un semillero de los artistas de la nueva era en San Agustín.

Los turistas fueron parte de ese aprendizaje y pudieron grabar una canción en el estudio que mantiene la comunidad y que representa su aporte tangible al cambio de la comunidad. Así con la alegría del canto, siguieron adelante todos los visitantes.

El Teatro Alameda, el orgullo de la parroquia

Fue un vistazo rápido porque había un concurso de canto en el sitio, pero quienes hacían el CumbeTour pudieron entrar y apreciar el Teatro Alameda en su mejor momento: cuando lo ocupan con cultura.

El sitio es referencia del rescate de espacios en la parroquia y el orgullo de cultores como Reinaldo, que aprovechan cualquier momento para recordar que el “teatro Alameda es el emblema de la cultura y el sentir de San Agustín”.

Con el pecho inflado llegó el momento cumbre de la rumba en el tour y la penúltima parada.

La Tasquita, donde se desnudan los gestos

Cualquiera de las mujeres que se encontraban en el Cumbetour habría rechazado, de forma tajante, bailar con algún viejito tomado y hediondo a licor, pero en este recorrido todas se despojaron de prejuicios y afloraron esa empatía que permite el disfrute sin poses.

Cuando entraron a La Tasquita de San Agustín del Sur el olor a orine y a caña los golpeó. Pero casi ninguno lo notó, embelesados por el juego de bolas que dos grupos de mujeres uniformadas como beisbolistas mantenían en el sitio. Sonaba el grupo Madera y las mujeres comenzaron a bailar con cervezas en la mano.

Al jolgorio se sumaron los señores que ya tenían rato en la tasca y compartieron bailes, aplausos y emoción con las rubias caraqueñas y extranjeras que llegaron con el CumbeTour. Los residentes de la parroquia admiraban la belleza de todas y les ofrecían sus manos para danzar.

La alegría los embriagó a todos y así avanzaron al final del encuentro.

Foto Andrés Rodríguez

El Fogón de Emilio, la fiesta no se apagó

Fue el propio Emilio, quien forma parte del tour, el que prestó su casa para cerrar la fiesta en San Agustín. Luces y decoración de antaño acompañaron la música del grupo que interpretó desde boleros hasta swing y propició una “hora loca” de la que los 21 turistas fueron parte.

Los 1,7 kilómetros de San Agustín se volvieron música para estos visitantes. Los vendedores de la calle, los vecinos sentados en las esquinas, los muchachos achantados en las puertas, los borrachos en los botiquines, los perros callejeros, los niños jugando básquet y hasta las cornetas de los carros compusieron la melodía sobre la que bailaron estos turistas que volvieron a subir el bus luego de más de seis horas, convencidos de que ese ritmo que envuelve a San Agustín, puede apoderarse de todo el país y transformarlo en ese ambiente lleno de la buena vibra de cualquier buena rumba.

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