Rodeado por montañas y al borde de una quebrada, está ubicado Pueblo Nuevo, un sector de la parroquia Macarao habitado por 500 familias. Algunos aseguran que estos 20 años de chavismo acabaron con muchas tradiciones, sin embargo, la mayoría insiste en mantener vivo al pueblo y preservar la unión y la solidaridad de los vecinos

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Lucía Chacón tiene 68 años y está convencida de que ningún líder político le hará cambiar sus ideales. “¿Quiénes son ellos para cambiar mis ideales? Nadie. Si yo estoy segura de lo que soy, de lo que sueño y de lo que quiero hacer, ningún gobierno me hará cambiar de opinión”, asevera y se queja de que algunos se limiten a culpar al chavismo o a la oposición de los males que aquejan a los venezolanos.

Ella asume su cuota de responsabilidad como parte de la sociedad, por eso creó un núcleo educativo en el que niños y niñas de la parroquia Macarao con problemas de aprendizaje son orientados y nivelados. Lucía ya no puede salir de su casa por un problema físico que afecta su columna, pero su hija sigue a cargo, aunque ninguna de las dos es docente de formación. “Ella lo continúa porque sabe que ese siempre fue mi sueño”. Ya no recuerda cuánto tiempo tiene trabajando por su comunidad, pero sí sabe que siempre le ha interesado la educación como herramienta de transformación.

El pueblo de Macarao forma parte de la parroquia —una de las 22 que integran el municipio Libertador— que lleva ese nombre. Está ubicado a unos 30 kilómetros de la estación de metro Las Adjuntas. El sector en el que vive Lucía, y por el que trabaja desde hace al menos tres décadas, se llama Pueblo Nuevo y es habitado por unas 500 familias, de acuerdo con el registro de los Comités Locales de abastecimiento y Producción (Clap), pero según Lucía, todas parecen formar una sola, muy grande y ensamblada familia para las celebraciones y las tradiciones religiosas. Sobre todo, frente a los problemas, la gente de Macarao se muestra unida y solidaria.


El pueblo de Macarao suma más de 250 años de historia. Lo conforman cerca de 30 barrios y lo habitan 500 familias.


Pueblo Nuevo está lleno de gente trabajadora que, como Lucía, se rehúsa a dejarles los espacios de la parroquia al miedo y a la desidia, a pesar de la emergencia humanitaria compleja, la hiperinflación y el aumento de la pobreza que atraviesa Venezuela. Como Martín Peña, un líder comunitario que ayuda como puede. Por donde pasa, lo saludan, le recuerdan algún proyecto pendiente o le piden colaboración para conseguir medicinas o alimentos.

Martín, a diferencia de Lucía, sí cree que los 20 años de chavismo le arrebataron al pueblo mucho de lo que era. Por ejemplo, la fiesta de Nuestra Señora de Fátima era una celebración que reunía a todo el pueblo cada 13 de mayo. Las calles de Macarao se llenaban de niños corriendo, adultos apostando por algún toro durante un coleo y de música portuguesa.

José Gabriel Conceição llegó de Portugal hace 42 años, cuando tenía solo 17, y esa tradición es lo que más extraña. Cuenta que la dejaron de organizar hace al menos 10 años porque se convirtió en un motivo para que delincuentes de barriadas aledañas arremetieran contra las propiedades de los habitantes del pueblo. “El chavismo acabó con la tradición”, asevera. Aun así, sigue pensando que ese es el mejor lugar de Caracas y no escogería otro como hogar.

La entrada del pueblo la conforman barrios de la parroquia cuyo caos contrasta con la tranquilidad del pueblo

Macarao es un pueblo forjado por las familias que siguen viviendo allí. Flor Cabrera nació hace 81 años, cuando todo el lugar no era más que montañas y caminerías de tierra. Ahora, las colinas se llenaron de casas y el verde vegetal fue sustituido por un multicolor que late y respira.

Flor asegura que en el pueblo todos son familia. Allí, conoció a su esposo, con el que está casada desde hace 58 años, construyó su casa y fue maestra de cocina durante 25 años, hasta que la Casa de la Juventud, lugar de enseñanza, fue tomado por el Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv).

Su hermano José Ignacio vive en la misma calle que ella y, a sus 79 años, sigue preocupándose y ocupándose de la comunidad. Hace 50 años, se encargó de la creación de un equipo de bolas criollas que luego reunió a tantos participantes que se convirtió en uno de 17 jugadores, aunque abandonó el deporte hace cerca de 20 años. Ahora José Ignacio no puede dedicar tanto tiempo a estar en la calle con sus vecinos, pero sigue motivando y apoyando a todo el que lo necesita.

Martín Peña es un líder comunitario que tiene 20 años trabajando por el pueblo de Macarao y asegura que ninguna crisis lo hará abandonar a sus vecinos

“A mí me gusta todo en este pueblo. Imagínate, nací aquí. Lo malo es que en los últimos años la gente ha perdido el interés, la gente ha cambiado mucho”, dice. Cree que parte de la población pierde interés porque deja de verse beneficiada, aunque asegura que muchos siguen trabajando pese a las dificultades. Débora Carpio, su esposa, fue concejal durante 22 años, hasta 1993, cuando comenzó la gestión de Aristóbulo Istúriz en la alcaldía de Libertador. Los dos permanecen en casa y descansan, pero eso no les impide promover la preservación de la historia local y las tradiciones, y guardan con celo los documentos que forman parte de la historia de Macarao.

No todos son tan entusiastas. Ligia Barcas tiene 72 años, es la presidenta del Club de Abuelos y es conocida como la enfermera del pueblo. “Todo está perdido. La alcaldía —gestionada por Érika Farías— no atiende las necesidades, se han perdido los valores. Ya no hay nada bueno aquí”, afirma. Un vecino la refuta: “¿Cómo que no hay nada bueno? Tú misma trabajas por todos y nunca le dices que no a nadie”. Ligia siempre está dispuesta a poner una inyección, a curar una herida o simplemente a acompañar a algún enfermo, y no cobra nada.

Ligia rectifica y le da la razón a su acompañante. Confiesa que le cuesta enumerar las cosas buenas en medio de tanta precariedad, sin embargo, admite que, como ella, muchos vecinos de Macarao insisten en darle vida al pueblo porque se niegan a ver cómo la falta de interés de quienes lo habitan puede acabar con años de historia.


A mí me gusta todo en este pueblo. Imagínate, nací aquí. Lo malo es que en los últimos años la gente ha perdido el interés, la gente ha cambiado mucho

José Ignacio Cabrera, 76 años

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