Hiperinflación impide adquirir los productos que ahora están en los anaqueles

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Caracas.– El informe “Monitoreo del Estado Nutricional y la Seguridad Alimentaria Familiar Niños Menores de 5 años. Enero – Marzo 2019”, elaborado por la ONG Cáritas Venezuela, determinó que la desnutrición aguda y severa aumentó 100% en 14 estados del país, a pesar de la reaparición de rubros alimenticios en los anaqueles de supermercados y abastos.

La mayoría de las familias venezolanas tiene limitaciones para acceder a una alimentación que responda a los estándares de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en medio de una hiperinflación estimada en 10.000.000% por el Fondo Monetario Internacional (FMI) al cierre de 2018, aunque los datos ofrecidos por el Banco Central de Venezuela (BCV), el 28 de mayo, precisan que la inflación en 2018 fue de 130.060%.

A partir del segundo trimestre de 2019, los comercios y mercados comenzaron a llenarse de productos que forman parte de la canasta básica: harinas de maíz y trigo, pasta, arroz, aceite, margarina, salsas, cereales y granos. Pero la caída del poder adquisitivo le impide a la ciudadanía acceder a todos. Según el monitoreo del mes de mayo del Centro de Documentación y Análisis Social (Cendas), la canasta básica alimentaria supera los 2.000 dólares.

Aunque el salario mínimo dejó de ser una referencia para medir la capacidad de compra y las remesas se volvieron una solución para varias familias venezolanas, muchas personas todavía dependen únicamente de ingresos en bolívares. Oti Labriola vive en la avenida Andrés Bello y es auxiliar de preescolar; cuenta con los 40.000 bolívares correspondientes al pago de su salario mensual, pero para ayudarse, en las tardes cuida a niños y por eso genera un ingreso extra de 40.000 semanalmente. Aseguró que todo se le va en comida que compra a diario para ella y sus dos hijos.


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Lo que más se repite en su casa es arepa con queso y arroz con huevos, porque carnes rojas solo pueden comerlas dos o tres veces al mes. Lo que más extraña y que no come desde hace años son el queso amarillo y el jamón. También la mayonesa, que, aunque la ha visto en varios anaqueles, ni siquiera se detiene a ver el precio porque sabe que es un lujo que no puede darse.

Luis Bonilla es mecánico y tampoco cuenta con ingresos en dólares, pero cuenta con algo más que un salario mínimo. Calcula que sus ingresos semanales sean de más o menos 150.000 bolívares y, aun así, no cree que sea suficiente para alimentar como quisiera a su esposa y sus dos hijos. Por eso, cada fin de semana se va al mercado de Petare, cerca de su casa, o al otro lado de la ciudad en Catia, para poder comprar alimentos a precios más bajos. La mitad de lo que gana con el trabajo de cinco días se va en carne, pollo y huevos que le alcanzan para una semana. Luis no quiere que sus hijos se acostumbren a la precariedad, por eso cada vez que puede les compra algún dulce o golosina.

No solo los dulces implican un sacrificio y un gasto extra, también platos básicos como espagueti con carne molida. Gilberto De Nóbrega vive en Macaracuay, es chofer particular y aunque recibe un bono mensual de 10 dólares, no puede pagar cada semana por un kilo de pasta y medio de carne. Esta semana, cocinar su plato favorito le costaría a Gilberto, por lo menos, 35.000 bolívares: 11.500 por medio kilo de carne, 10.000 por uno de pasta, 9.000 por los tomates y 4.500 por un par de cebollas. Aseguró que mensualmente debe gastar cerca de 500.000 bolívares solo para poder comer.

Gusmery Robertis, habitante de la parroquia Sucre, forma parte de la población que sobrevive gracias a las remesas, aunque eso no significa que pueda comer como quiere. Ni siquiera siente que se alimente correctamente. Hace tiempo, tanto que no recuerda, que no puede comprar frutas, por ejemplo. Proteína animal solo consume una o dos veces por semana. La última semana de junio calculó un gasto de 200.000 bolívares para alimentos. Contó que de no ser por su hijo que vive en el exterior, no comería tres veces al día.

La población venezolana que depende únicamente de un salario mínimo vive con 7,7 dólares al mes y el Banco Mundial indica que se considera pobreza extrema a las personas que viven con 1,5 dólares al día.

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