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jueves, 15 abril, 2021

Familia vive en el baño de un estadio de softbol en Margarita

Sin servicios públicos y a merced de la delincuencia, Yelitza Velásquez, su pareja, sus dos hijos y su nieto pasan los días con la esperanza de tener una vivienda digna. Antes vendía empanadas, pero ahora está desempleada por la pandemia

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Margarita.- Desde hace dos años, Yelitza Velásquez vive junto a su pareja, sus dos hijos menores de edad y uno de sus nietos en el baño de un estadio de softbol, ubicado en el sector Pedro Luis Briceño, municipio García del estado Nueva Esparta, en el Oriente de Venezuela.

Velásquez es margariteña, madre de seis hijos y abuela de dos niños. Desde que llegó la pandemia a Margarita, su temor no solo es ser parte de las estadísticas de los fallecidos por causa del COVID-19, sino también morir de hambre, ya que desde que se inició la cuarentena, en marzo del 2020, quedó desempleada.

Desde entonces no sale a vender empanadas ni mucho menos a laborar en el aseo de casas y apartamentos en los que estaba contratada, dijo a El Pitazo durante una visita que realizó este medio a lo que es su casa.

Lo más triste, relata Yelitza, es su condición de vida. Desde hace dos años quedó sin casa, pues le tocó huir de la delincuencia, que alcanzó a su hijo mayor y le quitó la vida en una de las barriadas del noreste de Margarita. Una tragedia que marcó su vida y la de sus hijos más pequeños, de 11 y 12 años.

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Sin rumbo, caminó en busca de un refugio, acompañada de su pareja y sus pequeños, por las calles de la comunidad Pedro Luis Briceño, una zona calificada como peligrosa por el índice delictivo que registra. Llegó al estadio de softbol, donde observó abierta la puerta de un baño que colinda con la cantina. El lugar se convirtió en su hogar desde ese momento.

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Hoy aún permanece allí: sin agua, sin gas doméstico, sin ningún servicio público que les permita tener calidad de vida. Entre los gritos de los niños y jóvenes que cada mañana se dan cita en el terreno para practicar deportes, transcurre su día a día con lo poco que logran recolectar. Tienen una cocina que no funciona, un televisor dañado, un tanque roto y dos camas que ubicaron en la cantina, luego de abrir un hueco en la pared que divide ambos espacios.

Mientras espera con la mirada perdida, cargada de angustia por no saber qué comerán sus hijos, ruega a Dios para que su pareja llegue con unas sardinas para cocinarlas en el fogón que prepararon detrás de las gradas. Necesita de alguna comida para evitar que el estado de desnutrición de su hijo de 11 años de edad -quien también padece de una condición especial- avance con el pasar de los días.

Yelitza aún guarda la esperanza de lograr reubicación en una vivienda digna, con todos los servicios públicos en funcionamiento, y de contar con un empleo que le permita hacer un mercado para toda su familia.

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