Apagones hacen más dolorosos los velorios en Maturín

Las linternas de los celulares se han convertido en una herramienta indispensable en las capillas velatorias, porque las velas o los velones son insuficientes para mantener los espacios iluminados. La falta de aire acondicionado también acelera el proceso de descomposición de los cuerpos

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La familia Caldera veló a su difunto en medio de un corte de luz y tuvo que iluminar los espacios con los celulares | Foto: Héctor Caldera

Maturín.- El proceso velatorio se ha convertido en un momento más doloroso con cada apagón. En Maturín, estado Monagas, la inestabilidad del Sistema Eléctrico Nacional (SEN) tomó por sorpresa a los dueños de funerarias y ahora es más complicado adquirir una planta para mantener iluminadas las capillas; cada equipo puede costar desde 3.000 dólares.

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En esta ciudad, el servicio funerario se ofrece sin hacer una rebaja debido a los cortes de luz. “Se cobra igual porque se trabaja igual”, argumenta la empleada de una funeraria, quien prefirió no revelar su nombre para evitar que la empresa sea objeto de una sanción por parte de las autoridades gubernamentales.

Los costos de una sala velatoria van desde los 2.800.000 bolívares, un monto impagable para quien devenga sueldo mínimo en Venezuela. Por ejemplo, un ataúd cuesta 850.000 bolívares, la sala 500.000 bolívares, la preparación normal del cuerpo 150.000 bolívares, el carro fúnebre 120.000 y el servicio de cafetín 150.000. El monto por otros servicios pasa de los 100.000 bolívares.

A la persona se le explica la situación: si se va la luz no hay aire acondicionado, por lo que el cadáver se descompone más rápido. Si la suspensión del servicio es de noche, entonces la funeraria cierra a más tardar las ocho de la noche por seguridad. Se usan velas o velones para iluminar la capilla.

En Maturín los cortes de luz también retrasan la incineración de cadáveres en el cementerio nuevo | Foto: Héctor Caldera

En estos casos, las linternas de los teléfonos celulares se han convertido en una herramienta más útil. Así fue para la familia Caldera, quien recientemente dijo adiós a uno de sus miembros. América Felicidad Velásquez de Caldera murió por una afección cardíaca que ni siquiera pudo ser atendida en el Hospital Universitario Dr. Manuel Núñez Tovar.

Necesitaba un cateterismo, pero en el hospital tienen siete años sin hacerlos, asegura la secretaria general del Sindicato de los Trabajadores de la Salud, Yen Santil. Santil asegura que no hay equipos para atender a los pacientes que lo ameriten y, además, tampoco hay insumos; de hecho, no hay consultas hasta julio.

“A mi mamá le dio un infarto y ni siquiera pudieron atenderla bien en el hospital. El médico nos explicó lo que tenía y lo que debíamos hacer. Él nos dijo que debíamos sacarla del hospital porque allí contraería una bacteria y eso agravaría más su condición. La operación que debíamos hacerle cuesta 25.000 dólares y teníamos que llevarla a Caracas”, narra Héctor Caldera, su hijo.

Sus parientes hicieron una campaña en internet para recaudar los fondos, pero no les dio tiempo de reunirlos. América era profesora de Artes, egresada del Pedagógico de Caracas. Era muy conocida en Maturín; dio clases en el Alejandro de Humboldt, Ildefonso Núñez Márez y el Francisco Isnardi. “Ella decía que al difundir el arte entre los jóvenes se formaban ingenieros”, recuerda su hijo.

El día en que su madre sufrió el ataque al corazón fue el 7 de marzo, fecha de uno de los mega apagones nacionales. “Le dieron dos meses de vida y aguantó uno. Aguantó uno porque la condición del país no lo permitió. Sacamos 800 dólares de donde no los teníamos para comprar una planta eléctrica porque ella no podía aguantar calor”, cuenta.

El sepelio fue traumático. El cadáver comenzaba a descomponerse por las condiciones climáticas. La familia iluminaba el ataúd con los celulares cada vez que alguien llegaba y quería verla. “Durante su padecimiento y su sepelio siempre estuvo presente el tema de la luz”, menciona.

Pero en esto hay algo más. La familia debe enfrentar las colas para cremar el cuerpo y por eso también pasaron los Caldera. El cuerpo de la mujer debía ser cremado el jueves 2 de mayo, pero no fue sino dos días después que pudieron hacerlo.

“El cuerpo de mi mamá era el tercero en cola, pero como no ha habido luz en el cementerio de Maturín, se retrasó. Los cuerpos se van acumulando porque son cuatro horas por cada cadáver”, explica Héctor. En Maturín, la incineración de un difunto tiene un costo de 250.000 bolívares, según se constata en la cotización que le entregaron a la familia Caldera en la funeraria.

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