Venefobia

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Los abanderados del prestigio venezolano no pueden decir que los delincuentes están llegando ahora porque son los que entran por México, luego de un largo y peligroso periplo que se inicia en la selva del Darién para luego entrar a Panamá y seguir por toda Centroamérica, hasta caer en las manos de las corruptas autoridades mexicanas y sus coyotes.

Por: Hugo Delgado A.

Es contraproducente que sean los venezolanos residenciados en Estados Unidos de América (EE. UU.) quienes ataquen despectivamente a sus propios coterráneos, que exponen sus vidas, soportan humillaciones y las bajezas de la miseria humana de las autoridades de distintos países por los que deben transitar, para alcanzar el anhelado sueño americano.

Es el eterno divisionismo que acompaña la historia de Venezuela, hoy reflejado en una oposición poco interesada en enfrentar a su enemigo común: el chavismo; y lo ocurrido con sus emigrantes en Norteamérica.

En medio de la crisis que vive Venezuela, desde hace poco más de dos décadas, los bajos instintos de su sociedad ahora la dividen en buenos y malos. Los mensajes en las redes de quienes critican a la nueva ola, se creen dignos de vivir a EE. UU.

Se autoproclaman representantes de la identidad de “buena, honesta y trabajadora”, porque tienen un título universitario o trabajaron en organizaciones como Petróleos de Venezuela (Pdvsa), universidades prestigiosas o grandes empresas privadas. 

Dicen que lucharán por el prestigio ganado dignamente y que no permitirán que los delincuentes que están “llegando en los últimos meses” afecten negativamente su imagen.

Cabe recordarle a estos “dignos personajes que defenderán la imagen de Venezuela”, que desde los inicios del fatídico régimen chavista, empresarios enchufados, corruptos del régimen y delincuentes comunes han salido con sus cuentas y bolsillos llenos de dineros mal habidos, no solo hacia EE. UU., sino hacia Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Brasil, Argentina, Panamá, México y España, principalmente.

En todos esos países muchos criminales (incluyo a los que saquearon el erario público porque generan más daños a la sociedad que el ladrón común) han sido detenidos por sus fechorías y pagan cárcel como “no sucede en su país natal”.

Es decir que buenos y malos hay en todas las llamadas olas migratorias que han salido de Venezuela, cuya cifra preocupante ya suma casi 7 millones de personas según estima la Organización de las Naciones Unidas.

El mismo EE. UU. aprobó visas a muchos ladrones de cuello blanco, empresarios delincuentes, sicarios y jefes de mafias bastante conocidas –por ejemplo-, en el Zulia, como reseñó el portal runrún.es el 16 de marzo de 2018, cuando las autoridades capturaron al peligroso Tirso Meleán en la localidad de McAllen (Texas).

Ya en la primera década del siglo XXI, la inversión de dineros rojitos, a través de empresarios, funcionarios públicos chavistas y opositores, banqueros extranjeros y venezolanos nutrieron las economías del estado de la Florida (EE. UU.), Panamá, Colombia, España, Andorra y Suiza, entre otras.

Entonces “los abanderados del prestigio venezolano”, no pueden decir que los delincuentes están llegando ahora porque son los que entran por México, luego de un largo y peligroso periplo que se inicia en la selva del Darién para luego entrar a Panamá y seguir por toda Centroamérica, hasta caer en las manos de las corruptas autoridades mexicanas y sus coyotes.

Esa aventura en la que los venezolanos se juegan la vida debe ser dimensionada. No se puede descalificar a la ligera y con cierta arrogancia a todos los que huyen de Venezuela.

Si lo hacen arriesgando familias completas es porque los problemas estructurales del país están afectando lo más importante del ser humano: sus aspiraciones. Eso contradice abiertamente “la normalidad” que tratan de vender “los analistas económicos” y el régimen de Nicolás Maduro.

Claro que habrá una “mejoría”, porque antes se producían menos de 500 barriles mensuales de petróleo y los precios eran más bajos y ahora –gracias a la multinacional Chevron-, aumentará a un millón y el valor es mayor.

A esto se une la normalización de las relaciones entre Colombia y Venezuela, que generará un movimiento comercial (más importador que exportador porque la producción nacional es nula) que abastecerá el mercado local.

Pero resulta que este “positivismo” no lo siente la población, he ahí la razón de la “huida”. Sin esperanzas no se construye un país, y en las declaraciones recientes de uno de los representantes opositores (Luis Emilio Rondón 14-09-2022) en las inútiles conversaciones en México, dijo que tratarán una amplia agenda de asuntos, punto de vista que indica una larga espera para solucionar los problemas comunes.

Ya lo decía en su reciente artículo (Cuatro puertas y una llave, El Nacional 16-09-2022) el padre SJ Luis Ugalde: “El grave enfermo nacional necesita consensos claros, sencillos y sin rollos politiqueros”. Sin servicios óptimos de salud, educación, electricidad, aseo, vialidad y telefonía. Sin seguridad personal y jurídica. Sin elecciones justas. Sin una economía productiva y sueldos justos, ¿puede una sociedad tener “esperanzas y sueños”?

La reflexión del docente de la Universidad del Zulia, Ender Arenas, (17-09-2022) es pertinente: “Debo puntualizar que no es que los venezolanos seamos unos ángeles de pecho, no, para nada. Los hay malucos que hacen atrocidades donde han llegado. Pero, primero, no son todos los que se comportan de manera disfuncional, de hecho, es una minoría; segundo, la mayoría de los venezolanos que han cruzado cualquier frontera le ha echado bolas no solo para integrarse en países, de costumbres, idiomas y haceres diferentes, sino para aportar con su trabajo y creatividad a la nueva situación donde están inmersos. Solo que esos no producen las noticias que produce “el Tren de Aragua” o la banda de “Los Maracuchos”, organizaciones transnacionales del crimen y por ella terminan juzgando a la mayoría”.

HUGO DELGADO A.| @hdelgado10
Periodista. Editor de medios impresos y asesor de comunicaciones y relaciones públicas.

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