¿Vacunar a los niños sin inmunizar a los adultos?

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CIENCIA Y LETRAS


Por: Paulino Betancourt

Ahora que muchos de los adultos en Venezuela, no sé cuántos, han recibido al menos una dosis de alguna de las vacunas contra el SARS-CoV-2, la vida parece estar volviendo a tener una apariencia de tiempos prepandémicos. Las personas vuelven a viajar, comer en restaurantes, asistir a reuniones con amigos, acudir a los cines y a los partidos de béisbol.

Sin embargo, para los padres de menores, que ahora comienzan a vacunarse contra la Covid-19, todavía no hay un suspiro de alivio colectivo. A muchos representantes les preocupa el presente año escolar y la incertidumbre que rodea a las variantes del virus.

“En Venezuela ya se ha autorizado el uso de la vacuna Soberana 2, una vacuna de Cuba, para vacunar a los niños entre 2 y 11 años”, dijo Delsy Rodríguez en declaraciones transmitidas por VTV, a pesar de las observaciones realizadas por las academias médicas y científicas venezolanas, así como los gremios de pediatría.

La Organización Panamericana para la Salud (OPS)  ha indicado que en Venezuela solo han sido vacunados el 32% de los habitantes (casi 9 millones). Si Venezuela empieza a ofrecer vacunas para todos y no se concentra en grupos prioritarios, “podemos no estar utilizando las vacunas de la mejor manera”, tal como lo advirtió el subdirector de la OPS, Jarbas Barbosa.

Pero, el problema no es si lo niños se vacunan o no, es que aún no se ha logrado la inmunización de los grupos más vulnerables para terminar con la mortalidad y vacunar a los adultos, a todos los adultos, para reducir la transmisión. ¡Esa es la prioridad!

Entonces, ¿por qué mis hijos deberían recibir la vacuna? Es comprensible que esta sea una pregunta que se harán muchos representantes y con razón, nuestros pequeños no son ajenos a la Covid-19. Queremos estar seguros de que estamos haciendo lo mejor por nuestros hijos,  manteniéndolos sanos y seguros. Más aún cuando la Covid es ahora una de las 10 principales causas de muerte en niños de 5 a 11 años.

Los estudios de investigación clínica de las vacunas basadas en ARNm para niños menores de 12 años están en curso, y aún faltan varios meses para la autorización mundial de una vacuna destinada a este grupo más joven.

Estos ensayos son necesarios porque los niños tienen diferencias fisiológicas importantes, así como distintos efectos secundarios. La realización de estudios separados en niños menores de 12 años es un paso vital para poner fin a la pandemia.

Durante los primeros meses de vida, el sistema inmunológico de los bebés todavía posee los anticuerpos que recibieron de sus madres a través de la placenta durante la última etapa del embarazo. Esto cambia la forma en que los recién nacidos responden a los patógenos y los hace menos capaces de generar una respuesta inmune a algunas vacunas. Al pasar el tiempo, desarrollan gradualmente su propio sistema inmunológico en la medida en que desaparece la protección de la madre.

Por lo tanto, las vacunas a menudo deben adaptarse específicamente a los niños pequeños. Por ejemplo, la vacuna antineumocócica que previene infecciones como la neumonía, está hecha (para adultos) de moléculas de azúcar llamadas polisacáridos, que recubren el exterior de las bacterias neumocócicas. Pero los bebés no pueden articular una respuesta inmunitaria eficaz a estas moléculas de azúcar. Por ello, los investigadores tuvieron que desarrollar una versión específica de la vacuna para los bebés.

Incluso cuando se demuestra que una vacuna para adultos es segura en niños, puede haber diferencias importantes en la forma en que sus cuerpos responden a ella. Consecuentemente, un objetivo clave de los ensayos clínicos de la vacuna contra la Covid-19 en niños será determinar la dosis óptima para cada grupo de edad.

Los científicos deben estar atentos a los efectos secundarios que no aparecieron durante las pruebas de vacunas en los adultos. La seguridad es fundamental y cada estudio tiene muchas capas de mecanismos de seguridad, para garantizar que los investigadores procedan con cautela y evalúen todos los datos con la información de cada paso del camino.

Otra duda es si los niños prepúberes enfrentan el mismo riesgo de inflamación cardíaca en respuesta a la vacuna que se ha observado en adolescentes y jóvenes. Pero la mayor incertidumbre es el estado de la pandemia. Si estamos cerca del final del brote o simplemente “respirando” entre olas, también es una incógnita con amplias implicaciones.

Estas reservas expresadas a partir de un análisis personal, me hacen pensar que bajo suposiciones sobre una pandemia menguante en el país, no se justificaría la vacunación de todos los niños de 2 a 11 años. Por lo tanto, considero que lo mejor es esperar las indicaciones de la OMS y OPS.


PAULINO BETANCOURT | @p_betanco

Investigador, profesor de la Universidad Central de Venezuela, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y Hábitat

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