Una venezolana en una taberna de Ohio

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Muy lejos de Caracas probé la versión gringa del machismo callejero al enviar un mensaje inadvertidamente, esta vez, leído en códigos del Midwest de EE. UU. Y como todo lo anterior, sin querer, por ser mujer, esta caribeña despertó algo. Pero era una forma nueva, eran palabras distintas y tan fuertes como un puñetazo. El sabroseo en la calles de Caracas no me había preparado para esto: el odio.

Por: Leonor Carolina Suárez

Tenía alrededor de 15 años. Mis curvas comenzaron a pronunciarse sobre todo en mis caderas. Crecí hasta casi un metro ochenta y mi melena acompañó la jugada de la naturaleza: la pubertad. Los rastros físicos de mi feminidad, la que me acompaña donde voy, la que me acompañó en las calles de Caracas y la que me definió la noche en que me llamaron “fucking whore” en el Midwest de Estados Unidos.

No noté inmediatamente la respuesta del mundo a mi transformación adolescente. Me distraía más mi creciente preocupación por cómo lucía (si también con mis caderas crecerían mis senos o si necesitaría el regalo de 15 años de la época: implantes). Me preocupaban los dolores menstruales que me mandaban a la cama por medio día.

Pero esto no va de un argumento a favor de la incapacidad por menstruación, va de un ejemplo de incapacitación femenina. La reacción del mundo a eso de hacerme mujer llegó pronto en las calles de Caracas. El camino hacia mi casa se convirtió en espacio vetado la tarde en que un chico del colegio contiguo (yo iba a uno de sólo niñas) me agarró una nalga. El juego de gustar fue truncado. Ellos experimentaron los efectos de mi cuerpo antes que yo y pusieron la reglas.

Y así, mientras más calle, más historias. Y yo descubría la seducción –la que se disfruta– en la maraña de la atención no buscada. Años más tarde, en mi ruta diaria a la universidad, se hizo costumbre cambiar de acera si ya había llegado el camión con las frutas (y los fruteros). ¿Las discotecas? Tierra de nadie. Agarre que ese culo es de todos, ¿no? (¡No!).

Pero entre agarrones y “halagos” no solicitados, aceptaba crecer rodeada de lapicardía local”, los abusos verbales, el catcalling en venezolano. Al fin y al cabo, eran las expresiones diarias de una cultura de adoración a la mujer en la que había íconos para todos los gustos. Las diosas “buenas” con banda y corona, las diosas sexis refrescando junto a un oso Polar la calentura del venezolano y las de la lujuria, algunas con apellidos conocidos como “Canales”.

En ese entorno de alabanzas, cuando a mis 18 llegó una invitación al Miss Venezuela (la elección anual de la más bella y santa patrona), el culto al cuerpo femenino en el que había crecido aceptó todo aquello. La calle y una sociedad le daban tono al paso de una niña a mujer. Los contrastes llegarían con la emigración. En el caso de una caribeña, sus curvas exóticas se convierten en más miradas, un tanto extrañas, e invitaciones no deseadas. Y así, las curvas se hicieron vergüenza.

Cuando emigré a EEUU, vestía intentando tapar lo que yo creía una espalda pronunciada (tampoco lo es tanto), pero sí lo era en contraste con la topografía local (antes de que los culos se pusieran de moda). La exotización y sexualización de la mujer latina le dan color a la diáspora femenina. Descubrí entonces otro filtro que le daba significado a nuestros cuerpos: el filtro extranjero.

Esta semana, muy lejos de Caracas, probé la versión gringa del machismo callejero al enviar un mensaje inadvertidamente, esta vez, leído en códigos del Midwest de EE. UU. Y como todo lo anterior, sin querer, por ser mujer, esta caribeña despertó algo. Pero era una forma nueva, eran palabras distintas y tan fuertes como un puñetazo. La ira masculina blanca: “you fucking whore”. ¿Cómo te atreves a salir sola, sentarte a trabajar en un sports bar porque no hay mesas y negarte con un “I’m working” a entablar conversación con el primer hombre que tehabla. “You fucking bitch”.

El sabroseo en la calles de Caracas no me había preparado para esto: el odio. Esa noche, mi voluntad alcanzó apenas para pedir la cuenta con la versión más débil y desesperada del gesto acostumbrado, mientras este extraño construía a mi alrededor un muro asfixiante de insultos misóginos made in USA. Una reacción tímida del bartender derribó una pared de mi cárcel invisible, recobré la voluntad para escapar entre lágrimas de ese bar de Ohio, invadida por una profunda tristeza y rabia contra las circunstancias, mi circunstancia femenina.

Aún no me sobrepongo, pero pienso en Caracas. Y me pregunto en los millones de mujeres venezolanas que han emigrado a territorios y dinámicas desconocidas, doblemente vulnerables: mujeres migrantes. Extranjeras a las versiones gringas, colombianas, mexicanas, peruanas o españolas del machismo y la violencia de género, súmele también racismo.

Si yo, una mujer profesional y que emigró en circunstancias privilegiadas fue neutralizada por solo por un hombre y sus palabras, qué será de una niña que cruza el Darién o llega arrastrando los pies a Colombia. Cruzando fronteras y machismos, violencias, trata de personas tan variopintas como los acentos y países que atraviesan.

Pensar en esos escenarios intenta paralizarme tanto como los insultos. La rabia me hizo escribir estas líneas que se hacen un llamado a denunciar la violencia contra la mujer. He dibujado un plan mental para escapar del laberinto del miedo si hay una próxima vez. La próxima vez también sé qué quisiera que hicieran los que están leyendo esto y les tocara ser testigos. Una pregunta tan solo que perfore el miedo: ¿estás bien? Y mi respuesta: No, no estoy bien. Ayúdame a salir de esto.

LEONOR CAROLINA SUÁREZ / Twiter: @LeonorSuarez / Instagram: leocarosuarez

Abogada. Licenciada Cum Laude en Derecho de la UCAB y máster en Comunicaciones de University of Florida. Cuenta con más de diez años de experiencia en periodismo digital y producción audiovisual.

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