La rebeldía de ser mamá

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Foto: EFE/MAURICIO DUEÑAS

Ser mamá venezolana viviendo en Venezuela se ha vuelto un acto de rebeldía. Para algunos podría resultar incomprensible y hasta irresponsable criar hijos en un país sumido en una profunda crisis, y somos unas cuentas en esta tarea. ¿Pero cómo es posible vivir con esperanza si no nos abrimos a la vida? ¿Vamos a poner en pausa la vida mientras no haya un cambio de gobierno?

Quienes decidimos todos los días permanecer en Venezuela debemos estar conscientes de lo que estamos sacrificando y lo que podríamos ganar. Es difícil verlo porque ser mamá venezolana viviendo en Venezuela es que se te rompa el corazón varias veces al día: cuando vemos la triste escena de una madre que no puede proveer a sus hijos de alimentos, cuando las vemos pidiendo en la calle para una medicina que necesitan sus hijos o peregrinar para conseguirlas, cuando leemos las alarmantes noticias que dan cuenta del avance de las desnutrición, cuando vemos a niñas de menos de 15 años embarazadas sin ninguna madurez emocional para asumir la responsabilidad de otra vida. Y este último año también vemos cómo tantas madres se han visto en la terrible situación de tener que dejar a sus hijos aquí mientras intentan buscar medios de subsistencia en el exterior.

¿Cuántas madres hoy en Venezuela pasan por el profundo dolor de escuchar a sus hijos decir: “Mami, tengo hambre” y no pueden darles lo que necesitan? ¿A cuántas les han arrebatado la vida de sus hijos? ¿Cuántas han tenido que despedir a sus hijos que se van de Venezuela para sobrevivir? Este es un dolor muy profundo. Estas son las sombras de la maternidad en Venezuela.

Sin embargo, hay luces: seguir en el país es tener ocasión de educar a los hijos para enfrentar la adversidad, para fomentar en ellos la sensibilidad social, regalarles el gozo del arraigo a su patria y los afectos que forjaron lo que sus padres son. Vivir en Venezuela, si sus familiares siguen, aquí es regalarle a sus hijos la posibilidad de estar con sus seres queridos, de crecer con ellos, de heredar en el contacto diario las manías, el vocabulario y los chistes de sus abuelos. También conmueve, no sé si les ha pasado, cuando sus hijos pequeños identifican la bandera de Venezuela, cuando dicen “arepita”, cuando afirman sin titubeos “soy un niño venezolano, mami”.

Ser mamá venezolana viviendo en Venezuela es escribir con tus hijos la historia de resistencia y reconstrucción de su país. Es volver sobre la fundamental premisa de que una nueva vida es una buena noticia.

Madres venezolanas en el mundo: “Mami, extraño a…”

Para las madres venezolanas regadas por el mundo la historia no es más sencilla. Ellas han dejado atrás parte de su vida para construir en otras latitudes un futuro mejor para sus hijos. Ellas ya no tienen de primera mano los dramas de la crisis económica; muchas logran mejorar junto a sus familia las condiciones materiales de vida y están más tranquilas en muchos aspectos.

Tristemente, la diáspora del último año ha sido una migración desesperada que ha dividido familias. Ojalá que estas separaciones sean momentáneas y padres e hijos puedan unirse más temprano que tarde, en un abrazo reparador que pueda sanar tantas, pero tantas heridas.

Las madres venezolanas viviendo en el exterior escucharán de sus hijos: “Mami, extraño a los abuelos, a los primos, mi colegio…”. Estas madres tienen la misión de criar venezolanos que sean embajadores de nuestra identidad y que su arraigo al país sea sano. Transmitirle a los hijos un sentido de pertenencia más allá de nuestras fronteras es hacer crecer el país, es abrir la posibilidad de una reconstrucción que se vaya labrando desde todo el mundo.

Un paréntesis en el batallar diario

Ser madre venezolana en estos días tiene sus luces y sombras, como lo hemos visto acá, pero mañana es el Día de las Madres y es una ocasión para hacer un paréntesis en lo triste y subrayar lo que nos hace felices. No todas podrán hacerlo, porque hay dolores que son tan profundos que es imposible matizarlos, a esas madres, las abrazamos, las acompañamos y rezamos por ustedes.

Lo cierto es que convertirte en mamá es cambiar para siempre. La mayoría de las cosas que te importaban ya son absolutamente irrelevantes porque empiezas a trascender a través de la vida de tus hijos. He escuchado mucho decir que si las mamás están bien entonces los hijos estarán bien, pero la verdad es que en mi experiencia la situación no es tan así: puedo llegar a la casa agotada, agobiada e incluso triste, pero ver a mi hijo sano y feliz me devuelve la serenidad y la alegría.

Cuando eres mamá, un segundo es la medida más importante del tiempo porque en un instante pueden hacerse daño, en un segundo pueden hacer un desastre y, más que nada, en un segundo te pueden dar toda la felicidad del mundo. Hoy doy gracias a Dios por mi hijo y por los hijos que inspiran a las madres a ser mejores personas. También le pido con devoción que consuele a las madres que sufren tanto en Venezuela para que tanta carga emocional no recaiga en nuestros hijos y las cadenas de malos tratos se detengan en cuanto identifiquen que nuestros hijos nos necesitan más que a nada en la vida.

Ser mamá te obliga a ver la vida desde otra perspectiva. Una maternidad sincera, sin poses; esa caótica pero divertida dimensión de la vida nos exige reinventarnos constantemente para encontrar maneras de criar ciudadanos que le den al mundo la esperanza de un nuevo comienzo. Eso son los hijos: un nueva vida llena de infinitas oportunidades, una apuesta al futuro, un nueva esperanza. Vivir plenamente la maternidad es decir que sí a lo bueno aunque el país se venga abajo. Sólo más luz, más vida y más esperanza podrán ganarle a la oscuridad de estos tiempos.

¡Feliz día, mamás. Sonrían, aunque sea un instante, lo están haciendo bien!

Nota del editor: Una primera edición de este artículo fue publicado el 12 de mayo de 2018

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