Una dosis de surrealismo: las colas para vacunarse

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Por: Marinés Delgado Marcucci

“¿Esta es la cola de la primera dosis!?”, pregunta la doña. Lleva paragua, termo y silla en mano. La fila era interminable, tanto como el calor marabino de una mañana de agosto. “No señora, esta es la de la segunda dosis, la primera dosis es allá”, señalando a otra fila aún más larga.

Eran las 8:15 am y las puertas del centro de vacunación acababan de ser abiertas. La gente empieza a familiarizarse con sus compañeros de odisea. Empiezan a contarles los casos terribles de “un amigo de un amigo” en cuya casa cayeron todos enfermos de COVID-19, dos graves, seis “regulares” y cuatro asintomáticos. La de adelante se apresura a contar un caso peor, esta vez de la vecina de una prima en donde dos señores están hospitalizados “y todos los hijos están fuera del país”. Las expresiones de asombro no merman a pesar del interés de cada aspirante a vacunarse a “contar” la historia más dramática de la fila.

Por fin, sale un funcionario, entonces las historias quedan a medio contar para escuchar las instrucciones: ¡Atención señores -grita el funcionario- vamos a pasar a los primero 70! ¡Cédula y cartón en mano, por favor!

Cuando el hombre entra de nuevo en el centro de vacunación, una de las «lideresas» de la cola advierte: “Hay que tener cuidado con los ‘colaos’ porque allá adelante están dando hasta 10 dólares para que los dejen pasar”.

La advertencia cae mal entre los presentes. “¡Claaaaaroooo, como para ellos diez dólares no es nada! En cambio nosotros tenemos que calarnos esta cola”. Otra, con la mirada evaluaba si tendría lo suficiente para ahorrarse el sudor y el tiempo por la ‘módica’ cifra que habían vociferado.

Tres puestos más adelante, un par de cincuentones, calvos y barrigones, escuchan atentos las razones por las cuales otra de las que hace fila para vacunarse “nuuuuncaaa” se iría de país: “Mijo, si yo aquí no pago nada. La casa es propia, no pago luz, no pago agua, en cambio, en todos esos países, eso es cariiiiisimooo. Pa qué me voy a poner a inventar a estas alturas”, razona. Uno de los señores le contesta: “Bueno, es verdad que pagas, pero todos los servicios funcionan, que eso es lo importante”. Y para sorpresa de ellos y de todos en la cola, la señora suelta sin un ápice de vergüenza: “Nooooo si yo ni cuando funcionaban los pagaba. Yo hasta el cable me lo robo”. Entonces habló el otro cincuentón, quien entre risas y asombro le contesta: “No señora, usted lo que es es tremenda chora”.

El bullicio y el gentío con cero distanciamiento social se incrementa. Una y otra vez salen a gritar: “Señores, los que vienen por la segunda dosis de la Sputnik, no hay. No se molesten”. Pocos se retiran, la mayoría de los que estaban allí habían recibido la vacuna china. “A mí que me pongan la que sea. Si queréis la cubana, pero ‘maginate’ si ya llegó la vaina esa de la India y que es más jodida”.

Ya han pasado dos horas. Han entrado hasta cinco grupos de setenta, la cola ya ha recorrido varios vericuetos, pero desde hace más o menos media hora no han llamado a nadie más. Eso activó a la “lideresa” a averiguar qué era lo que pasaba.

¡Adiós a los protectorados!

Regresa e informa: “Tenemos que ir a protestar allá. Están coleando a la gente, por eso es que no se mueve la cosa. Están metiendo a su gente”. La fatídica noticia es recibida como corresponde: con bulla y gritos de indignación. La lideresa consigue sus voluntarios para protestar. Se acercan a la puerta del centro de vacunación y reclaman a todo pulmón. La “guarimba” surte su efecto.

El funcionario de la mañana vuelve a salir, ofrece disculpas por la demora y ¡milagrosamente! la cola se mueve de nuevo. El grupo de protestantes es recibido con vítores y aplausos.

“Se les acabó la guachafita”, dice orgullosa la señora. Y un joven que acompañaba a su abuela se ríe y suelta jocoso: “Es que el que no llora no mama”.

Ya las anécdotas se agotan al mismo ritmo de la paciencia.

Cerca del mediodía el grupo entra. Los de atrás y los de adelante con todo su sol, su sudor y sus cuentos de drama cotidianos a flor de piel. La decepción mayor es cuando se dan cuenta de que no es sino a una sala de espera a donde han sido llevados. “¡¿Bueno y qué broma es ésta!?” Reclama una de las señoras de la acalorada fila: “¿Estamos jugando al cuartillo de la arepita!?”, increpa la doñita secándose con un pañuelo el sudor.

“Acá van a esperar tranquilos -dice el funcionario- . Por lo menos hay sombra y sillas”.

La gente se sienta y empieza a revisar si los compañeros de al lado son los mismos de afuera. “¡¿A ésta la viste allá!?”, se preguntan unos a otros. Era el control social anticolados. Los sospechosos eran increpados: “Tú de dónde saliste. Yo no te vi agarrando sol allá fuera!? Yo estaba entre los de la primera dosis, por error”, se excusa sin que el velo de la sospecha se levantara entre los presentes. 

Por fin, pasadas la una de la tarde el grupo accede al centro de vacunación per se. La temperatura del lugar y la proximidad de la meta, cambian de humor al grupo. “No veis, si a uno lo metieran desde principio en algo así, la cosa fuera distinta», dice la lideresa desde su silla naranja avanzando con rapidez hacia el puesto en el que le colocarían su segunda dosis.

Uno por uno va recibiendo su vacuna. Uno por uno se va retirando y despidiéndose de sus partners en la odisea. Uno por uno va grabando y registrando el momento histórico. Hay abrazos y besos. La misión ha sido cumplida. Todos, seis horas después, cumplieron la tarea. Todos, seis horas después, habían recibido su vacuna, se habían cuidado unos a otros, habían peleado y charlado unos con y contra otros y se despedían unos de otros.

¡Hasta una nueva cola o una nueva epidemia!…


Marinés Delgado Marcucci |

Periodista ex subdirectora del diario Panorama

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