Un concierto contra la nación: corrupción y privatización

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Por: Carlos Hermoso

Parecen ir juntas. Se han ido entronizando como nunca. Como en todo lo malo, han elevado a su máxima expresión asuntos dañinos del pasado. Los anteriores no fueron angelitos, pero éstos les sacan una buena ventaja. Y no es solamente un asunto de magnitudes. Se cumple aquello de que cambios cuantitativos sumados producen saltos cualitativos. La corrupción, como mecanismo para acumulación, en estos tiempos va adentrando a Venezuela en una nueva etapa del desarrollo dependiente y semicolonial, combinando la producción petrolera con la minera.

La corrupción, además, ha permeado eso que ahora llaman el tejido social, hasta convertirse en un hecho cultural dominante, parejo con la lumpenización. Los valores imperantes se hacen naturales. Normal que cualquiera estafe. Normal la matraca del guardia. Existía, cierto, pero se ha hecho tan dominante que angustia. Se ha generalizado tanto que hasta solicitar algún servicio supone la posibilidad de que seamos estafados.

Corrupción como forma de vida y garantía de ingresos

Con el chavismo, la cosa ha llegado a extremos. Resalta en los últimos tiempos lo de las colas para cargar gasolina subsidiada. Se hacen colas paralelas. Una para los pendejos, como diría Arturo Uslar, y otra para los VIP, como los llama la gente. A estos últimos les llenan el tanque por 10 dólares. En muchas ocasiones, quienes pasan hasta dos días y más haciendo colas se ven afectados y no logran cargar, ya que su cupo se lo brindaron a un VIP. Las colas hacen que la moral se quiebre y mucha gente esté dispuesta a pagar los diez dólares, aun a sabiendas de que le están quitando el cupo a un pendejo de la cola. Se morigera la moral. La ética positiva es asunto para otro momento.

Pero se han hecho de su sistema las autoridades de las bombas. Seguramente al final de la jornada se reparten la cochina. Deberán darle a quienes distribuyen el combustible. A los de arriba les debe quedar su cuota. Es una cadena, pues. El consabido pote ministerial. Bien valdría la pena la organización de la gente para atender esto de manera organizada en la lucha contra la corrupción en las estaciones de gasolina.

Esto de las colas de la gasolina es un magnífico ejemplo de la corrupción en el marco de la mano invisible del mercado. Es que no tienen manera de esconderlo. Lo disimulan con eso de las colas VIP. Pero es imposible que puedan esconderlo. Igual sucede con los servicios públicos. Cuadrillas de Corpoelec, por poner algo que llaman un tabaco, cobran 100 dólares. Cantv cobra hasta 200 dólares por reparar una avería o instalar una línea. Apostillar un documento para quienes buscan nuevos horizontes se ha convertido en una verdadera industria. Policía y guardia nacional no se diferencian.

Sacar el certificado médico y la licencia de conducir resulta muy fácil: a) te detienen en los alrededores de plaza Venezuela; b) no tienes licencia o está vencida y c) pagas 30 dólares y de inmediato ya cuentas con ella. Haces un depósito por el equivalente de bolívares en esa cantidad de dólares y de inmediato cuentas con el papel.

Le han dado rienda suelta a la corrupción y por distintas razones. La principal es que con eso resuelven el asunto de haber eliminado el salario durante años. Luego, se ha democratizado la corrupción al punto de que son tantos ejemplos que podemos concluir en que la cosa se ha socializado y permea hasta la familia.

Cantv, Corpoelec, cedulación, pasaporte… pare usted de contar. Todo está privatizado. En tendencia, ya no solamente se trata de lo formal. Los recursos del Estado terminan siendo medios de producción de uso de particulares. Se hacen bandas. Cobran al usuario.

Esto va unido a la lumpenización que también ha permeado amplios sectores de la sociedad. De los servicios públicos y privados. Son muchos los trabajadores por cuenta propia —mecánicos, latoneros, profesionales de la salud…— estafan, sin ninguna contemplación. Cobran basándose en la acción de las terribles fuerzas de la oferta y la demanda. Si es superior la demanda a la oferta, el precio se coloca por encima del valor. Un principio de las relaciones basadas en lo mercantil es que el precio fluctúa en torno del valor, con base en el comportamiento de estas fuerzas.

En condiciones de crisis, de cualquiera, esta tendencia se hace absoluta y las barreras de Adam Smith y del sagrado sacramento se rompen. Por encima de todo, aparece el principio de Shylock frente al mercader de Venecia. Aunque en nuestro caso, a diferencia del judío de Shakespeare, los estafadores no reciben castigo sino un premio.

Eso es lo que viene propiciando el chavismo desde un principio. Que se haya desbordado esto en los últimos siete años no significa que la corrupción y el saqueo del erario no hayan estado presentes desde un principio. Con el deslave de 1999 y el Plan Bolívar 2000, a la cosa se le da rienda suelta. Una tragedia que sirvió para un gran saqueo de recursos que debieron haber sido destinados a la gente en medio de tamaña calamidad. En lo sucesivo el desmantelamiento es tan grande que provoca la crisis eléctrica y la peor de todas, la de la gallina de los huevos de oro: Pdvsa. Son muchos quienes se han enriquecido. Se afianza la corrupción como mecanismo expedito de la acumulación, concentración y centralización de los capitales.

Con la desaparición del salario, se generaliza la corrupción que sufren las mayorías. La corrupción en todos los sectores de la producción y la distribución. En los servicios. En la distribución de alimentos.

Los hechos objetivos

Históricamente es una tendencia propia de las sociedades en las que prevalece la relación mercantil. Por aquello de que todo puede ser convertido en mercancía, es dable que la corrupción nazca de sus entrañas. Cuando las condiciones hacen que la reproducción sea más difícil, esta tendencia se acrecienta. Lo del sálvese quien pueda tiene su efecto de manera dramática al punto de que se rompen todos los parámetros morales con tal de alcanzar el objetivo de sobrevivir. No hay freno a las más bajas posturas. En los períodos bélicos y posbélicos eso se refleja de una manera plena. La prostitución en sus diversas expresiones se hace valer. La fuerza de la demanda se superpone de manera absoluta a todo lo ofertado. Por lo que todo se mercantiliza y con precios que no se corresponden con el valor de cambio de los bienes.

Smith, con su Teoría de los sentimientos morales, busca brindar una ética que le permite sustentar lo que más adelante desarrolla como la función de la producción en el capitalismo. Contradictorias las posiciones que brinda el autor en su primera gran obra, con la que en realidad lo inmortaliza: La riqueza de las naciones. La naturaleza que brinda en la primera es un tanto diferente a la que plasma en la segunda. Matiz que hace una gran diferencia. En la primera se trata de la simpatía, unida a principios positivos que deben buscar frenar el egoísmo, para que la sociedad no sea conducida a una guerra de todos contra todos. Para Smith este asunto es subjetivo. En La riqueza de las naciones ubica el egoísmo como función de la producción toda vez que la suma de apetencias individuales conduce al bien común.

Pero la cosa es la inversa. Son las relaciones basadas en la explotación del trabajo humano las que lleva al egoísmo y el individualismo. Luego, el motor de la producción no es el egoísmo. Es la reproducción del capital: la obtención de plusvalía. De allí que el látigo del capitalista, dueño de los medios, se haga sentir. La obtención de la máxima ganancia es su objetivo. No puede ser otro, toda vez que, además, siente el aguijón de la competencia. En condiciones de monopolio la cosa se hace más severa.

Siendo el ser quien determina las formas de conciencia, el egoísmo se entroniza de manera natural. Es parte fundamental de la ideología dominante. Se abre frente a cualquier asunto que merme las perspectivas de ganancia e incluso supervivencia. Eso lo ha aprovechado el chavismo de manera clara, combinando esto con el cinismo de una inexistente revolución.

En circunstancias críticas adquiere rasgos absolutamente inhumanos. Si no, veamos las condiciones de explotación de los obreros venezolanos. A pesar de la dolarización, que permite colocar la mercancía en el mercado a un precio que se corresponde con su valor, el dueño de los medios no incrementa en correspondencia el salario de los obreros. Los mantiene a un límite que les permite al proletario y su familia apenas reproducirse, muy por debajo de las condiciones mínimas. Esto es: incrementa la plusvalía absoluta. Con todo, el salario en la empresa existe. En la administración pública apenas comienza a reaparecer.

Esta circunstancia, en el mercado de trabajo, donde impera mucha más oferta que demanda de trabajadores, se presenta a la inversa en el resto del mercado. Cae el salario muy por debajo del valor de la fuerza de trabajo. Pero en el mercado las cosas conducen a que, habiendo mucha más demanda que oferta, la especulación se convierte en una palanca para la obtención de mayor beneficio privado y particular. Todo vendedor tiende a aumentar la especulación. Si puede vender más caro, así lo hace, aun cuando se trate de medicinas de primera necesidad, alimentos para los niños o servicios para personas muy vulnerables. Lo que sea para obtener mejores beneficios.

Son cuestiones objetivas. Todas ligadas a las inexorables leyes del capital, afianzadas en condiciones del liberalismo. Eso lo ha asumido el chavismo en las nuevas condiciones a raíz de la caída de la producción y los precios del crudo. Previamente, quebraron la economía para brindarle espacios al producto importado.

Pero también la solidaridad es un asunto objetivo

En la producción de mercancías que satisfacen necesidades humanas, los obreros entran en relaciones de solidaridad para producir. Aun siendo alienados, en el sentido de que lo que producen no va a satisfacer sus necesidades, los obreros deben solidarizarse. Cooperar en la cadena de producción que supone el proceso de trabajo para transformar los objetos hasta convertirlos en bienes que satisfacen las necesidades humanas, es un imperativo. El látigo del capataz, del director de planta, del mando en el que delega el dueño de los medios, se hace valer. Es un hecho objetivo. Además, la lucha contra el patrón por mejores condiciones de trabajo y la conquista de salarios que permitan mejorar, aunque sea unas milésimas, sus condiciones de reproducción y la de su familia, de igual manera, objetivamente, conduce a la unidad y la solidaridad. El trabajador del campo, aun siendo explotado, o bien el campesino, suman el amor al fruto que obtienen de su trabajo. El alimento para la venta o para el consumo propio. En el conuco, para sí, que combina con el trabajo en la hacienda o el hato del dueño de medios que lo contrata. El trabajo se convierte en una norma. No la estafa de nadie.

De otra parte, las luchas del pueblo en general conducen a la identificación por conquistas comunes. El deterioro de las condiciones de vida, el costo de la vida, el desempleo, la mala calidad de los servicios púbicos, entre muchos males que sufren los trabajadores y los pobres, motivan lazos de unidad.

Rescatar y reconstruir Venezuela demanda considerar este asunto de manera prioritaria. El ejemplo debe brindarse desde ya. Eso debe ser asumido en primera instancia por quienes buscan ser alternativa. Al menos deberían disimular un tantico cualquiera ostentación, indudablemente presente. Es una alerta. En la reconstrucción, el ejemplo puede convertirse en fuerza material. Pero el malo también se convierte en fuerza material para una descomposición alternativa.

Entretanto, la gente debe luchar contra la corrupción y la descomposición moral que busca ser entronizadas por la canalla chavista en todos los espacios, con todo y máscara.


CARLOS HERMOSO CONDE | @HermosoCarlosD

Economista y Doctor en ciencias sociales. Profesor de la Universidad Central de Venezuela. Dirigente político.

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