TRAS BASTIDORES | El día de Cabrujas (+Audio)

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Me toca, hasta cierto punto, darle la razón a José Ignacio Cabrujas (1937-1995). Lo hago adolorido, resignado, pero también –y no es contradictorio– esperanzado.

Recuerdo que cuando leía aquellos artículos suyos que tanto me deleitaban, al mismo tiempo me incomodaba porque los hallaba injustos en su apreciación sobre el devenir de la cultura y de la historia venezolana. Él afirmaba que no habíamos sido y que no éramos una república, ni un país, en el sentido cabal del término; sino un terreno de paso, donde unos bandoleros (¿nuestros ancestros?) andaban por ahí, extraían la riqueza, y seguían hacia otro destino.

Yo encontraba ejemplos que refutaban esa perspectiva, la cual se me antojaba fatalista; sobre todo, creo que me molestaba la idea de que mi país fuera así, un terreno, una escenografía, algo sin valía cultural.

En estos terribles últimos 20 años, que hemos estado sufriendo los venezolanos de manera tan trágica, se me hace claro que Cabrujas, en realidad, era Casandra cuando escribió todos esos artículos que me inquietaban. Él no estaba hablando del pasado y del presente (que sí lo estaba) sino del futuro inmediato que se nos venía encima con el llamado “socialismo del siglo XXI”. Cabrujas identificó y describió, de manera muy aguda, conductas que negaban nuestra supuesta vocación republicana, democrática, y detectó las amenazas que se cernían sobre nosotros, en nuestras narices, y no las veíamos porque seguíamos creyendo (acto ciego de fe) que ya el mandado republicano estaba hecho.

Desde hace mucho, tengo claro que nuestra desventura no empezó el 6 de diciembre de 1998, cuando la mayoría de los venezolanos votó por el caudillo, sino que esta nefasta página está conectada con un espíritu antirrepublicano instalado en nuestro imaginario colectivo desde hace mucho tiempo, el cual, simplemente, esperaba el momento oportuno para aflorar, para atacar, y darle cabida a la (auto) destrucción, a la aniquilación, de lo mejor que habíamos construido en toda nuestra historia.

Al instalarse el caudillo en Miraflores, en 1999, comenzó a materializarse la campaña de tierra arrasada que había descrito Cabrujas. Uso adrede y de manera reiterada el término caudillo para hacer evidente uno de los elementos clave de todo este asunto. Alguien que usa el lenguaje de caudillo, que se viste como tal, que actúa de acuerdo con, que se proyecta, dice y se desdice como caudillo es simplemente eso: un caudillo; no es un demócrata, no puede entender y sostener los principios y valores de la República. La sociedad venezolana se suicidó cuando votó por un caudillo. Entonces, en ese 1998, se impuso el imaginario autoritario, el resentimiento, la sed de venganza y odio, sobre el constructo civil y democrático que habíamos ya transitado.

Despreciamos lo mejor de nosotros y buscamos soluciones donde no podía haberlas, porque si hay algo que enseña la historia de Venezuela (y del mundo) es que los militares son militares y deben actuar en su ámbito de competencia y no en el de la planificación, ni en el de la administración de la cosa pública.

La profecía que tanto temía de Cabrujas casi se ha cumplido; por ahora, hemos vuelto a ser un terreno minero controlado por unos vagabundos, violadores de derechos humanos, quienes actúan al servicio de poderosos regímenes antidemocráticos, foráneos.

En tanto para mí Cabrujas es también sinónimo de comprensión de la ópera, me aventuro a afirmar que los venezolanos no somos doña Leonora di Vargas, la desafortunada protagonista de “La forza del destino” de Verdi, quien en el primer acto ha sido maldecida por su padre y quien trata de huir de un destino fatal toda su vida. Leonora, en el último instante, es alcanzada y asesinada por su hermano, quien consuma así la maldición paterna.

Está en nuestras manos demostrarnos, en esta hora tan largamente oscura, que sí hemos sido y somos republicanos, que los 40 años de la democracia representativa no son un accidente en nuestra historia y que sí contamos con las reservas éticas y democráticas para salir de esta dictadura.

Es el momento de dejar claro que aquella cultura de terreno quedó atrás, y sobre ella se edificó y se sigue construyendo la república civilizada. No somos Leonora di Vargas y sí ha llegado el día que anhelaba Cabrujas.

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