Rusia invade Ucrania para propiciar nuevo reparto del mundo

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Este episodio evidencia de nuevo que el guerrerismo se hace dominante en la fase de dominio de los monopolios. La intervención militar rusa en Ucrania debe ser analizada desde esta perspectiva. Es que la puja por repartirse un mundo ya repartido le es inherente. La preservación de las áreas de influencia, la conquista y disputa de otras, por mercados y fuentes de materias primas, dentro de la división internacional del trabajo, conducen a la confrontación.

Ucrania fue un componente importante de la Unión Soviética. Resultan similares las raíces étnicas de los pueblos ucraniano y ruso. Cuestión que se afianza durante la era soviética. Además, durante el proceso de restauración del capitalismo desde 1954, hasta la crisis del nuevo imperialismo impulsado por Jruschov y sus sucesores, en 1989, forma parte del gran mercado en torno del Consejo de Ayuda Mutua Económica (Came), integrado por la Unión Soviética, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, Bulgaria, Rumania, Alemania Oriental, Albania, Mongolia, Cuba, Vietnam, así como más de una docena de países observadores, entre los que destacaban China y México. A partir de 1991, Ucrania nuevamente alcanza su independencia como país, aunque se mantiene en la órbita rusa durante un tiempo, integrándose formalmente a la Comunidad de Estados Independientes, luego de la disolución de la Urss.

Ucrania garantizó a los rusos, durante décadas, el suministro de cereales. Lo que se afianzó en los tiempos de Jruschov y Brezhnev. Luego del derrumbe del bloque capitalista bajo la máscara socialista, ese papel no fue interrumpido, pero tuvo un destino más diversificado, pues tuvo a Europa como principal lugar de llegada.

A partir de allí comienza un proceso de articulación de capitales con Europa. Alemania y otras naciones europeas invierten en Ucrania y se afianzan nexos importantes dada la afluencia de productos de la agroindustria ucraniana hacia ese mercado. La deuda ucraniana con el Banco Central Europeo crece. De allí a la disputa, un paso.

La injerencia de Europa y Estados Unidos se hace creciente, hasta evidenciarse de manera clara en la llamada “revolución naranja”. Simultáneamente estallan los movimientos separatistas en el Donbass que derivan en los tratados de Minsk que le brindan a Rusia poder de veto en relación con la eventual incorporación de Ucrania a la Otan. Esos convenimientos son alcanzados mediante conversaciones del llamado Cuarteto de Normandía: Rusia, Ucrania, Francia y Alemania. Se logra un alto al fuego ambiguo en 2014 y 2015, conocido como el Protocolo de Minsk. Además, aprovechan los rusos para anexionarse la península de Crimea y la ciudad autónoma de Sebastopol.

La provincia de Donetsk cubre más de la mitad de la producción de carbón, acero y hierro fundido de Ucrania. Además, cuenta con buena parte de la industria metalúrgica ferrosa, producción de combustibles y energía. Resulta inaceptable para el imperialismo ruso la integración de Ucrania a la Otan. En la pugna entre los imperialismos, eso resulta una pérdida del “equilibrio” que demandan.

De esa forma, la crisis de 2014 sigue su curso. Media la presidencia del empresario Petró Poroshenko, partidario de la anexión de Ucrania a la Unión Europea y a la Otan. Así, se afianza la perspectiva integracionista, apuntalada hoy día por quien preside, el actor Volodímir Zelensky, quien apuesta su permanencia en el poder a la guerra local. Por lo que ha estado dispuesto a desconocer los acuerdos de Minsk.

En esta circunstancia, la disputa con Rusia por Ucrania, el bloque europeo se ha inscrito en torno de la ofensiva estadounidense. Lo que se demuestra con la cancelación del proyecto Nord Stream 2, que permitiría un incremento sustancial de las exportaciones de gas natural a Europa. Sin embargo, sigue habiendo fracturas dentro de la Unión Europea y la Otan. Es que las consecuencias pueden traer serios perjuicios a la economía de Europa y, por ende, a la ciudadanía. Ralentizaría el crecimiento económico y puede agudizar tensiones sociales producto de distintos problemas, como el de la escasez y encarecimiento del gas.

Entretanto, son pocas las consecuencias que acarrearía a Estados Unidos. Es más, resultará favorecido el imperialismo estadounidense ya que sustituiría la oferta de gas ruso. Aunque más caro, es la alternativa segura, junto a lo que brinde Noruega. Además, ese retroceso va a significar para Ucrania una pérdida de ingresos por el tránsito de gas ruso, lo cual pondrá en apuros la débil legitimidad de Zelenski. Aun así, el presidente ratificó la paralización del proyecto, confiado en que la confrontación afianzará su liderazgo, mediando el apoyo de Estados Unidos y Alemania. De producirse una invasión en regla, un eventual gobierno títere de los rusos, hará renacer los acuerdos impuestos por el imperialismo ruso.

La raíz del conflicto

Los acontecimientos obedecen a cuestiones esenciales del desarrollo del capitalismo moderno. Es que se cumple nuevamente aquello de la ley del desarrollo desigual y la tendencia a la nivelación. Estados Unidos busca a toda costa conquistar espacios que le permitan alcanzar y superar a los chinos, que vivieron un empuje histórico con capitales de buena parte de las economías industrializadas. Al menos buscan restarles los propios a los rivales del bloque liderado por China. Pierden, hasta ahora, a Venezuela, entre otros. Van tras la conquista de Ucrania. O, al menos, restarle este espacio a Rusia. Alemania estaría en una circunstancia muy desfavorable. Seguir a pie juntillas la política estadounidense llevaría a Europa a una situación extrema, ya que sin el gas ruso, las inclemencias no se harían esperar en la población, sumadas a las afectaciones en la industria.

El desarrollo desigual y la nivelación de las potencias imperialistas encuentran en el comportamiento de la cuota media de la ganancia su catalizador. De allí la urgencia de cada potencia por hacerse de materias primas baratas, ampliar sus mercados y alcanzar mayores desarrollos científico-tecnológicos, junto a la disminución del salario de los obreros y el incremento de su explotación. China y Rusia consolidan su condición de bloque hegemónico. Mal pueden aceptar este paso que busca dar Ucrania bajo presión del imperialismo estadounidense y de Alemania.

Son tiempos en los cuales el aprovechamiento de las contradicciones interimperialistas —hasta convertirlas en reservas estratégicas de las luchas de los países y los pueblos del mundo para el cambio para mejor— requiere de talento y, fundamentalmente, de sentido nacional y popular. De no hacerlo de esa manera, los pueblos serán presa de uno u otro imperialismo, sin alcanzar la independencia, el desarrollo y el bienestar. Venezuela es un claro ejemplo de esa pugna. La política la dirigen los bloques imperialistas. El diktat de China y Rusia maneja los hilos de la dictadura. De otro, buena parte de la oposición se mueve bajo la orientación estadounidense y europea.

Entretanto, la dictadura de Maduro ve con placer el incremento de precios del petróleo, que ya supera los 100 dólares el barril.

Carlos Hermoso es economista y doctor en ciencias sociales, profesor asociado de la Universidad Central de Venezuela. Dirigente político. @HermosoCarlosD

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