Recuerdos actuales de La Rotunda de Caracas (1840-1936)

Durante más de 90 años la cárcel La Rotunda fue el centro donde los presos políticos sufrieron con los presos comunes durante gobiernos despiadados

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Por: Alberto Navas Blanco

La cárcel como pena universal es un fenómeno relativamente reciente, un fenómeno “moderno”, tan moderno como su entidad opuesta la: “libertad” ciudadana, pues para que el castigo general aceptado por occidente fuese la privación de la libertad, era necesario primero la existencia de ciudadanos libres y con derechos civiles y políticos. 

En los regímenes antiguos, hasta el siglo XVIII predominaban multiplicidad de penas y castigos, la mayoría de ellos de esencia aniquilante, desde la pena de muerte, la tortura, el trabajo forzado, el destierro, el escarnio y maltrato corporal público, hasta llegar a las multas y sanciones menores. Pero, curiosamente en nuestro tiempo, pese al predominio formal de la cárcel como castigo universal, no han desaparecido de manera informal ni extrajudicial los otros castigos tradicionales. Pues mientras menos especializado y democrático es un sistema político y jurídico, siempre emergen combinaciones terribles de las penas tradicionales, aplicadas tanto por las autoridades “legítimas” como por agrupaciones irregulares, las cuales normalmente están al servicio de intereses y autoridades establecidas en el escenario de la realidad formal. La tortura, la pena de muerte y el destierro no han desaparecido nunca del escenario de la realidad “real”. Desde los Estados Unidos hasta la Patagonia siempre se asoman estas prácticas infamantes, muchas veces condenadas y hasta sancionadas, pero que, sabemos, tardarán mucho en desaparecer si es que algún día desaparecen.

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Nuestro caso de estudio, la Cárcel Pública de Caracas, mejor conocida como La Rotunda de Caracas, operó sobre la realidad penal y política venezolana entre los años de 1840 y 1936, cuando inicialmente la República Liberal buscaba la superación del viejo sistema carcelario español heredado de la colonia, y basándose en el pensamiento de ilustrados juristas como César Beccaria (1738-1794) y de filósofos como Jeremy Bentham (1748-1832) se buscaba un modelo utilitario y racional, para las instituciones correctivas y de actividades vigiladas (cárceles, manicomios, correccionales, fábricas y hasta bibliotecas), con fines de obtener no solamente el castigo, sino también la recuperación moral y reinserción social del castigado. 

De allí el diseño novedoso del sistema “Panóptico”, bajo un esquema arquitectónico circular, de observación central hacia la periferia, compuesta ésta de celdas celulares separadas, donde el prisionero se sentía permanente observado desde dicho centro, lo que implicaba una reducción significativa en el número de guardias penales necesarios y un ahorro presupuestario, así como la constitución de un sistema de vigilancia permanente, que operaba como una psico-máquina autocontrolada. Algunos ejemplos surgieron de estos conceptos:  como la “Petite Roquette” en Francia, el famoso “Panóptico de Bogotá” (hoy sede de un museo) y la ya mencionada Rotunda de Caracas, ubicada entre las esquinas de Hospital a Cárcel (antiguamente esquina de Palacios), en el centro-sur de Caracas, donde hoy quedan los tristes restos de los que fue la Plaza de la Concordia, construida en 1936 una vez demolida la vieja Rotunda.

Inicialmente la Diputación Provincial de Caracas y el Concejo Municipal correspondiente aportaron los fondos y el terreno para la construcción de la Cárcel Pública de Caracas, seleccionándose la planicie de La Trinidad (adyacente oeste al Cuartel San Carlos) y al Ingeniero Olegario Meneses, de reconocida trayectoria, como director de la obra. Pero un conflicto de intereses luego de 1843 cambió la ubicación física del proyecto hacia la esquina de Hospital ya señalada, así como también fue sustituido el ingeniero Meneses por dos funcionarios de menor jerarquía profesional, el alarife Manuel Tirado y el agrimensor José Herrera, quienes redimensionaron la obra a un menor presupuesto y una menor utilidad y calidad arquitectónica. La obra avanzó muy lentamente y, aún sin estar terminada, por órdenes del gobernador de Caracas fueron trasladados 84 prisioneros desde la vieja Cárcel de San Jacinto (antiguo convento dominico), entre los cuales se encontraban siete mujeres y seis enfermos mentales, siendo el resto, en su mayoría, presos políticos generados por la represión del régimen de los generales José Gregorio y José Tadeo Monagas. 

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La Cárcel Pública de Caracas, mejor conocida como La Rotunda de Caracas, operó sobre la realidad penal y política venezolana entre los años de 1840 y 1936

Alberto Navas Blanco

La cárcel perdió desde el principio sus objetivos reconstructivos del delincuente común, para ser cada vez más una prisión combinada de los peores lastres de la sociedad común que atormentaban a los crecientes presos políticos. Torturas y asesinatos son evidentes desde 1854, cuando el alcaide de la cárcel simula una fuga para asesinar al rebelde comandante Antonio Vásquez. Durante la Guerra Federal, La Rotunda rebosaba de presos políticos y fueron tristemente célebres los asesinatos de Diego Beluche y de Diego Vallenilla en 1863. El propio licenciado Antonio Guzmán Blanco hizo su pasantía por La Rotunda en los preliminares de dicha guerra civil, pero cuando llegó a la Presidencia de la República en lugar de suprimir dicha prisión, se dedicó a terminarla, con la construcción de un edificio gemelo adyacente conocido como La Rotunda Nueva, incrementándose la capacidad de presos políticos, el sistema de castigos con torturas, desapariciones, aislamientos (olvidos) y asesinatos. La Rotunda, además de cárcel, fue también una especie de escuela política, por donde pasaron figuras presidenciales como Guzmán Blanco y Joaquín Crespo, siendo una experiencia ineludible para el hombre que aspiraba a un rango político.

Durante las tiranías andinas de los generales Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, a quienes erróneamente muchos asignan el origen de La Rotunda, ocurrió un cambio de régimen en sentido negativo, al profundizarse la crueldad de las torturas, engrillamientos, envenenamientos, asesinatos y extorsiones contra los presos políticos y comunes. La cárcel dejó de ser una escuela para ser una antesala al cementerio, el exilio o la liquidación política permanente. Ejemplo de ello fueron el célebre “Mocho” Hernández, José Rafael Pocaterra, el capitán Pimentel, el general Román Delgado Chalbaud, el coronel Párraga y el Padre Mendoza, párroco de El Valle, entre muchos otros destinados a la muerte o al exilio permanente. 

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Fue apenas con la llamada generación de 1928 cuando La Rotunda recuperó un poco su tradición de escuela política. Dado el nuevo tipo de preso, más un universitario que caudillo iletrado, convirtieron sus grillos y celdas en compañeros de estudios. Por allí pasaron Raúl Leoni, Gustavo Machado, Andrés Eloy Blanco, Juan Bautista Fuenmayor, Kotepa Delgado, etc. El último preso político de oposición fue Hernani Portocarrero, como nos lo relató un testigo como el profesor Pedro Beroes, al liberarse las cárceles en 1936 y el último preso importante fue, curiosamente, un gomecista, el general Félix Galavís, exgobernador de Caracas acusado de la masacre contra los manifestantes en la Plaza Bolívar el 14 de febrero de 1936.

La orden de demolición bajo el gobierno reformista del general López Contreras dejó una bonita pero triste plaza llamada “La Concordia”, que años más tarde fue también demolida para construir otra plaza de mediocre arquitectura y más llena de tristeza por sus nuevos habitantes, mendigos, alcohólicos y perros esqueléticos. Todo ello como para recordarnos hoy la subsistencia de los presos políticos, de las torturas y los asesinatos políticos en nuestra América Latina contemporánea. Sabemos hoy que no hay delito que no contenga, aunque sea, una molécula de contenido político, sea por sus causas o por sus consecuencias.


ALBERTO NAVAS BLANCO| [email protected]

Licenciado en historia de la Universidad Central de Venezuela, doctor en ciencias políticas y profesor titular de la UCV.

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