¿Quién dijo que no podía?

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Emmanuel – nombre verdadero e historia real – tiene 19 años. De pequeño sufrió una enfermedad que le dejó con limitaciones motoras: no puede caminar y mueve con dificultad sus dedos. Su padre, cuando llegó la hora de estudiar, lo llevó a escuelas públicas y privadas, y cuando le veían en sillas de ruedas, le decían que “no podía estudiar”. En algunas le dijeron que si le ponía un tutor, lo aceptaban, él decía que serviría de tutor él mismo, pero la respuesta era que tenía que ser tutor especial. Mientras tanto, Emmanuel, quien quería aprender, seguía sin ir a la escuela.

Un día, en el lugar donde hacía sus terapias, un compañero le comentó que él estaba estudiando en el IRFA, el Instituto Radiofónico de Fe y Alegría, el programa para adultos, y que ahí si lo aceptarían aunque tuviera dificultades motoras.

El padre de nuestro protagonista, hombre de fe, confió en que Dios le ayudaría. Y así fue, tenían razón, a los 19 años su hijo pudo inscribirse en un CCA – Centro Comunitario de Aprendizaje del IRFA- y comenzó a estudiar. El centro que le quedaba más cerca de su casa, ubicada en una comunidad popular cerca del lago de Maracaibo, no estaba tan retirado pero para llegar hay que subir una cuesta muy empinada. Padre e hijo decidieron que se anotarían. Subir una cuesta, en silla de ruedas, era un obstáculo menor en comparación con muchos otros que han tenido que enfrentar.

Marielsa, la voluntaria y facilitadora que por bendición le tocó al joven, no había tenido un caso así, y al hacerle una prueba sencilla se dio cuenta de que las dificultades motoras no tenían nada que ver con su capacidad para aprender. Así que comenzaron las clases: “Es extraordinariamente inteligente. Y el interés del padre y del hijo casi que hacen el resto: cada sábado el padre empuja la silla de ruedas por esa empinada cuesta. No falta nunca Emmanuel a sus clases y «su padre le acompaña con mucho cariño y paciencia”, comenta con entusiasmo la profesora. “Yo llevo mi latop y le estoy enseñando a escribir. Es increíble lo rápido que aprende. Es un crimen que haya tenido que esperar 19 años para que alguien le dijera que no caminar no era un impedimento para estudiar» afirma Marielsa.

El caso de Emmanuel es la evidencia del fracaso de la escuela pública y la privada, pues en ninguna lo aceptaban a pesar de lo contemplado en la CRBV vigente, por si acaso lo hemos olvidado, dice en su artículo 103 que “Toda persona tiene derecho a una educación integral y de calidad (…) La Ley garantizará igual atención a toda a las personas con necesidades especiales o con discapacidad”. Igualmente La LOPNNA en su artículo 61 establece que “El Estado debe garantizar modalidades, regímenes, planes y programas de educación específicos para los niños, niñas y adolescentes con necesidades especiales” ¿Es negligencia? ¿Es falta de sensibilidad? ¿Es ignorancia? ¿Es miedo de abordar esos casos especiales? ¿Es todo junto? No lo sé. Lo que sí se es que el derecho a la educación es para todos y no lo podemos negar a nadie.

Esta historia me conmovió, seguro que a usted también. Me quedé pensando que debemos soñar y trabajar para que podamos conseguir recursos para que Emmanuel pueda tener su propia laptop y no tenga que esperar para escribir cada sábado con la ayuda de su maestra, que Dios la bendiga.

He pensado también en otros casos que conozco, de niños y niñas con dificultades motoras, que les han puesto trabas para estudiar. Es un crimen que no podemos tolerar: trancar las puertas, dejar sin presente y sin futuro a seres humanos. La historia de Emmanuel hay que conocerla para estar alertas y hacer los posible para enmendarla y que no se repita.

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