¿Podemos pasar de la miseria a la prosperidad energética?

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Foto: Cortesía 200

Hoy se cumplen 131 años de historia eléctrica en Venezuela. Se inició en la ciudad de Maracaibo, que en aquel momento se convirtió en la tercera ciudad de Suramérica que entraba en la era eléctrica. Esto se dio gracias a la iniciativa privada de un emprendedor comerciante venezolano, Don Jaime Felipe Carrillo, oriundo de Valencia, quien metió a Venezuela en la era eléctrica con 0,24 MW de potencia instalada y ocurrió en el Centenario del nacimiento del General en Jefe Rafael Urdaneta el 24 de Octubre de 1888. Un gran hito de la iniciativa privada y emprendedora en Venezuela y de la aplicación del conocimiento para el desarrollo.

Por contraste a la fecha que se celebra, es inaceptable la situación de Maracaibo que ha quedado por horas y días sin el más elemental de los servicios públicos: la electricidad. Dando paso a un caos que ha convertido a la Tierra del Sol Amada, en una ciudad en penumbras, invivible. La capital del estado que de lejos le ha dado la mayor suma de riquezas a la nación hoy sufre una miseria energética sin parangón para una urbe de su tamaño en el mundo. Y no es que fuera por falta de dinero, pues más de 9 mil millardos de dólares se le dedicaron al servicio eléctrico en los últimos 20 años.

En los primeros 80 años desde esa fecha, muchas buenas cosas pasaron para Venezuela gracias a la era eléctrica que propulsó silentemente grandes saltos económicos del país. Otras empresas eléctricas de iniciativa privada surgieron y el estado entendió su rol asumiendo la tarea de hacer grandes estudios y proyectos nacionales: la electrificación nacional y grandes desarrollos hidroeléctricos en un país cuya economía la movían los hidrocarburos. Esta fue la mejor siembra técnica del petróleo que todavía continúa dando dividendos.

Esa siembra permitió al país un gran ahorro energético en los últimos 60 años, un promedio de casi 400 mil barriles equivalentes de petróleo, BEP, diarios. Es decir, de no haber sido por esa gran decisión estratégica de grandes desarrollos hidroeléctricos estaríamos hoy en uno de dos escenarios: o importábamos la misma cantidad en productos energéticos, o elevábamos la producción de hidrocarburos en la misma cantidad que en la miseria energética actual de hoy, colapsaríamos. Y hacia allá vamos de no alterar el rumbo actual.

Pero si íbamos bien, ¿en dónde nos descarrilamos? ¿fue súbito e inesperado? ¿fue aleatorio o exprofeso?

Todo comienza cuando se siembra mal, poco a poco, la ciencia llamada del bien común: la política perdió el rumbo en el tema eléctrico comenzando en las empresas estatales. Nombrando fichas políticas en cargos altamente técnicos que con la corrupción, mal sempiterno y crimen de lesa humanidad que nos aqueja, más la pérdida de ética y la vorágine destructora, se enquistó la pérdida de valores. La mentalidad rentista y populista comenzó la debacle paulatina y el estado perdió su rumbo eléctrico y el viejo refrán del que mucho abarca poco aprieta, lo sobrepasó.

Así las cosas, luego de haber alcanzado los primeros 111 años, incluso con las imperfecciones que traíamos, los factores a favor todavía nos hacían perfectibles, capaces de recuperar el rumbo. En los últimos 20 años, por razones de un acto de lesa patria, se aniquiló la iniciativa privada, el mantenimiento cedió por falta de comisiones a la más voraz de las corrupciones, jamás vista a nivel mundial para un rubro tan medular para el desarrollo de cualquier nación.

¿Pero será que no hay remedio? Claro que lo hay y pasa por hacer que los responsables de esta inaceptable tragedia rindan cuentas y asuman responsabilidades, sean quienes sean y estén donde estén. Venezuela necesita un Nuremberg, no por venganza, pero por justicia elemental. Luego necesita una ruptura con todo lo que nos ha traído hasta aquí. Tenemos que evolucionar culturalmente.

No volveremos al pasado, esa es una era que quedó en el retrovisor. Lo único que se puede rescatar de esa exitosa era eléctrica es: la iniciativa privada y que el estado pueda ejercer sabiamente su rol de catalizador y garante de proyectos nacionales para no entrometerse en las cosas y casos que los privados de lejos hacen mejor. Esta combinación es la única que permite la siembra energética y con ello la verdadera generación de riqueza duradera, la que conseguimos con el trabajo, estudio y aplicación honesta a través de la ética.

El reto es ir sin dilación de la miseria a la prosperidad energética. Hay nuevos métodos y conocimientos que, aplicados disciplinadamente, pueden ayudar a transformar un país cuyo sector energético le desangra su tesoro a uno que puede transformar, a través del mercado, actividades por encima de los US$ 15 mil millardos. Si lo entendemos y nos aplicamos con pasión a Venezuela, volverá con lozano resplandor la era de la prosperidad energética.

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