Perú | Pedro Castillo, el presidente bicentenario

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Por: Alejandro Mendible

En momentos cuando el cuadro de inestabilidad sudamericano alcanza un nivel dilemático, asistimos al reconocimiento de  Pedro Castillo como presidente electo del Perú, un país clave para la conformación geoestratégica del continente en la actualidad. El hecho somete a prueba la capacidad de resistencia de la democracia liberal en este país garantizada por la Constitución vigente de 1993, que fue sancionada durante el gobierno de Alberto Fujimori cuando la sociedad peruana se protegía de la amenaza terrorista de Sendero Luminoso, una situación que se replantea tres décadas después bajo otros términos pero en esencia relacionada al valor de la libertad. Una situación que nos mueve a pensar sobre lo que puede ocurrir en el próximo lustro tomando como referencia la desestabilización populista alcanzada por el chavismo en Venezuela desde 1999 y lo que podría acarrear el castillismo con su movimiento. O por el contrario, considerando la concientización regional ver cómo la voluntad y firmeza de la sociedad y las instituciones peruanas puedan crear un muro de contención democrático, de defensa de la propiedad privada y de su constitución, cuyos efectos redundarán  sobre el orden del continente.  

La llegada al poder de Castillo se monta sobre la plataforma histórica creada por la celebración del Bicentenario de la Independencia, que nos permite repensar la evolución de la República. En este largo tiempo histórico, el poder presidencial se ha legitimado bajo los preceptos liberales y aceptando el sistema capitalista desde sus inicios en el  28 de julio de 1821, cuando el general argentino José de San Martín declara la independencia en la Plaza Mayor de Lima y es confirmada el  9 de diciembre de 1824, en el momento que el ejército de la Gran Colombia bajo el comando del general Simón Bolívar nombra al general Antonio José de Sucre para dirigir la Batalla de Ayacucho, que pone fin al colonialismo español en el continente sudamericano. La liberación de Perú guarda diferencias con las del resto de países sudamericanos por cuanto fue más “concedida” por los héroes extranjeros que ganada por sus propios nacionales y permite el ascenso de la sociedad criolla en reemplazo de la española colonial, que fundamentaba su poder de dominación desde la sede virreinal localizada en la ciudad de Lima, para subyugar a la sociedad india confinada mayormente en las reducciones de la región de la sierra donde su poder menguado continuó siendo asociado a la ciudad del Cusco, la antigua capital del imperio inca. 

El pasado del “buen gobierno” del imperio inca, como lo escribe Garcilaso de la Vega en “Los Comentarios Reales”, pasa a convertirse en mito esperanzador de la nueva mentalidad de los indios oprimidos, quienes esperaban superar su penoso presente, una situación que continúa en la republicana frente al racismo y el centralismo limeño. El nuevo Estado concentra su atención en la capital, no reconoce su carácter plurinacional y continúa inserto en el sistema mundo capitalista occidental asumiendo un nuevo estatus de país con una independencia política relativa, pero subordinado en lo económico a centros metropolitanos extranjeros. En 1921, al arribar a su primer centenario el Estado peruano, se había formado desde unos inicios inciertos y azarosos hasta la llegada a la presidencia de Ramón Castilla en 1855, cuando el gobernante contando con el boom del guano consigue las bases económicas que le permiten construir el primer ferrocarril del continente, consolidar la deuda interna y externa, abrir las primeras fábricas del país, elaborar el primer presupuesto nacional y crear una burocracia gubernamental que impulsa las actividades del país mucho más allá de sus dos periodos, que se extienden hasta 1879.

Lula en la actualidad de Brasil

En esa época Perú entra en una etapa de reformas institucionales tras la aparición de un nuevo recurso, el salitre, cuya explotación conduce al país a la infausta guerra con Chile en la pierde parte del territorio y aparece una enorme frustración nacional que todavía gravita en el subconsciente nacional. No obstante, este periodo termina en 1899 cuando aparece la República aristocrática oligárquica, que se extiende hasta las grandes huelgas por las jornadas de ocho horas en 1919, que abren la búsqueda nacional de la modernidad. De esa coyuntura política sale el presidente Augusto B. Leguía, quien durante su oncenio aprovecha el Centenario de la proclamación de la independencia (1921) como un acto laudatorio de su proyecto político de una “Patria Nueva”, cuya finalidad representaba su ruptura personal con la oligarquía civilista y el intento de crear una nueva sociedad peruana aceptando de manera demagógica al indio, la modernización de la ciudad de Lima convalidando el centralismo político y la creación de nuevos nexos de dependencia con el capital norteamericano. Este periodo termina truncado con un golpe de estado en 1930, el cual además de derrumbar a Leguía refleja los graves efectos de la crisis del sistema capitalista internacional, que determina mediante la confrontación de los sectores peruanos involucrados el  surgimiento de una respuesta de contención al cambio social creada por el ejército apoyado de la oligarquía para vetar cualquier posibilidad de modernización y democratización propuesta por Haya de la Torre como máximo líder del APRA el primer gran partido de masas del Perú. Esta situación se prolonga por tres décadas cuando mediado por las condiciones creadas por la Guerra Fría se instaura un “Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas”, que asume un “Plan Inca” de transformación nacional siguiendo una tercera vía “ni capitalista ni comunista”. En medio de este contexto el presidente general Juan Velasco Alvarado en 1971, la principal figura del régimen, capitaliza los festejos del Sesquicentenario de la independencia, para rescatar la figura histórica de Túpac Amaru II como el símbolo de la reforma agraria y del cambio social. Al sucumbir el experimento transformador, nuevamente el Perú entra en una larga búsqueda por medio siglo de opciones que la estabilizaran políticamente. Es un proceso zigzagueante que pasan por frustrados ensayos democráticos a decepcionantes y corruptos intentos dictatoriales siendo el último el Alberto Fujimori, que termina con su vacancia por incapacidad moral en el 2000.

En lo que va de siglo la democracia ha funcionado como el sistema que ha garantizado la alternabilidad en el Perú, a pesar de las dificultades presentadas hasta la actualidad cuando el presidente electo, Castillo, manifiesta su aspiración de una salida socialista que puede significar el fin del pluralismo político. La idea del socialismo es introducida por José Carlos Mariátegui en los años de 1920 cuando. A través de su original interpretación del problema del indio elabora un aporte al pensamiento marxista, sin embargo la evolución e interpretación de su pensamiento ha experimentado un gran avatar hasta la actualidad en que el partido de gobierno “Perú Libre”, afiliado al Foro de Sao Paulo, lo recoge como su antecedente, mas dicha afiliación levanta suspicacias al declarar Castillo que no imitará ningún modelo extranjero cuando es notorio la existencia de una coordinación regional entre sus afiliados, los presidentes de los gobiernos de Fernández de Argentina, López Obrador de México y Arce de Bolivia (donde el expresidente Evo Morales acusa a los expresidentes Macri y Bolsonaro de haberlo derrocado en el 2019), con la finalidad de convalidar la falta de legitimidad  en sus respectivos países e imponer una elite ideológica regional. En Perú como en el resto de países sudamericanos se presenta un intenso debate sobre las opciones enfrentadas de dictadura y democracia  acentuada por la deriva autoritaria visible en el pensamiento  socialista, que pretende retrotraer las enormes posibilidades del continente al pasado de la Guerra Fría cuando la pequeña isla caribeña de Cuba logró sobrevivir instaurando un régimen totalitario comunista, autista de los derechos humanos. Frente a esa anacrónica posibilidad surge en la isla en la isla un canto de libertad de “patria y vida”, que es acompañado por los pueblos de la región de seguir controlando de manera democrática  su marcha hacia el futuro.


ALEJANDRO MENDIBLE |

Historiador, profesor de la Universidad Central de Venezuela.

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