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domingo, 19 mayo, 2024

OPINIÓN | Cuidar la esperanza, cuidar la libertad

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“La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”

Julio Cortázar

CIUDADANÍA Era un día de sol radiante. Un sábado de esos en los que te quieres olvidar del mundo y sus problemas. Un buen día para ir al mercado de calle de la zona y pasear relajados a lo largo de sus tarantines sorteando toda clase de llamadas para que nos acerquemos a probar y comprar los productos que se ofrecen. Nuestro objetivo final era almorzar las deliciosas cachapas con queso de mano que han hecho famoso al mercado. Al llegar al sitio, hicimos una larga cola para comprarlas, impregnados por el delicioso olor a maíz. Una vez compradas, ocupamos una mesa de seis puestos. Casi simultáneamente, se sentaron con nosotros dos jóvenes entre 20 y 22 años de edad aproximadamente. Nos deseamos todos buen provecho en medio de un intercambio de sonrisas. Seguidamente, cada quien fue comentando lo deliciosas que estaban las cachapas en medio de expresiones acerca del calor que hacía aquel día.

De repente, uno de los muchachos comentó lo siguiente, mirándonos muy seriamente:

-¿Uds. creen que esta situación de Venezuela va a pasar?

Se hizo un cortante silencio. En lo que pudimos, se inició la siguiente conversación entre el grupo:

–       ¿Por qué lo preguntas?

–       ¡Ay! no sé, es que esta situación es horrible. ¿Uds. creen que pasará? (insistió el joven como suplicando una respuesta favorable).

–       Claro que sí. Todas las dictaduras caen, todos los regímenes autoritarios han pasado. Tarde o temprano…

–       Es que yo no me quiero ir. Mi primo tampoco (dijo el mismo muchacho, a la vez que señalaba al otro joven). Yo soy hijo de padres ecuatorianos, yo nací allá, pero me crié y crecí aquí y no me quiero ir. Me gusta mucho vivir aquí, este es mi país, pero la inseguridad, la violencia me da mucho miedo… los policías, todo este desastre. Ya ni siquiera se puede comprar nada, lo que se compra es para medio comer.

–       ¿Y por qué no te quieres ir?

–       Porque sé que el cambio va a venir. Quiero estar aquí para cuando las cosas empiecen a cambiar. No me lo quiero perder (dijo, a la vez que se frotaba las manos con un gesto de esperanza).

–       ¿Y tus padres qué dicen?

–       Mis padres murieron… los dos.

–       Caramba… cuánto lo sentimos. ¿De qué murieron tus padres?

–       Yo tengo mucho resentimiento… es horrible. Mi papá se tuvo que ir a Ecuador porque aquí no había tratamiento para su enfermedad, pero esperó demasiado y ya era tarde. Y mi mamá murió aquí por falta de diálisis, porque no había los insumos necesarios en el hospital. Se fue debilitando hasta que murió (se hizo un conmovedor y angustioso silencio).

–       Qué duro lo que has pasado. Es humano sentir resentimiento, es muy comprensible, todo esto pasará y se hará justicia. La justicia pone todo en su lugar y sana poco a poco las heridas. La venganza o el odio no servirán de nada, ahonda las heridas y las multiplica.

–       Así lo siento yo, me quedo aquí porque quiero luchar, trabajar y formar parte de los cambios, quiero ver la justicia, quiero ver cómo se vive en paz y democracia en Venezuela. Sueño con eso.

Avanzar y no dejar de soñar. Lo más esperanzador de este encuentro es que este muchacho, a pesar de sus profundas heridas, espera que la situación cambie. Porque quiere ver los cambios, quiere formar parte de ellos. Mientras tanto, trabaja y lucha para vivirlo. No ha perdido la esperanza y gracias a ella se mantiene atento a las señales de cambio que ya intuye. Lucha también consigo mismo por el resentimiento que siente. No quiere darle paso. Es muy humano que sea así después de haber perdido a sus padres porque el Estado falló, por la negligencia de un gobierno que ni siquiera reconoce las miles de víctimas de sus despropósitos e incapacidad, violando sistemáticamente el sagrado derecho a la vida. Estas tensiones psicológicas, estos dolores forman parte del sufrimiento ético-político, del sufrimiento psicosocial que nos inunda cuando nos sabemos víctimas de la opresión, de un trato desigual e injusto como consecuencia de un conflicto político prolongado y violento, resultante de la ambición desmedida de poder de unos cuantos. Este muchacho intuye también que los resentimientos y los odios envenenan el alma, reproducen el círculo vicioso de la venganza, socavando la posibilidad de ser libre. Sabe que estos sentimientos detienen y esclavizan el corazón y la posibilidad de avanzar en la vida aprovechando lo mejor de ella.

La justicia es necesaria para reparar heridas, reconciliarnos y unirnos para construir un camino con paz y democracia verdadera. Al hacer justicia le cerramos el paso a las venganzas. Es muy necesario privilegiarla en las etapas que vienen para que los resentimientos y los odios no nos vuelvan a vencer. Esto solo se logra cuidando la esperanza, cuidando la libertad.

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