Nuestra selva, el verdadero precio del oro

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Por: Paulino Betancourt

Cuando se viaja a través de la selva en el estado Bolívar, a menudo podemos escuchar la expresión indígena: “un bosque no tiene fin ni principio” para explicar su ciclo natural de alteración y recuperación. Para las personas que viven en estas selvas, sus experiencias se basan en décadas de cultivos, de tala y quema, de los cuales los bosques generalmente pueden recuperarse. Pero ¿es cierta la expresión para los bosques devastados después de usos más intensos de la tierra? Gran parte de la pérdida de bosques en la región, cerca del 90%, es causada por mineros artesanales que responden rápidamente a los aumentos en los precios internacionales del oro. A menudo, dejan a su paso una gran erosión y contaminación con mercurio, tanto en suelos como en ríos. En las minas, el mercurio se utiliza para separar el oro que se mezcla con los sedimentos, formando una fusión llamada amalgama. Luego, la amalgama se calienta sobre una llama abierta para recuperar el oro, mientras el mercurio se evapora.

Los científicos han analizado anteriormente cómo los bosques vuelven a crecer después de ser talados, convertidos en zonas de pastoreo y luego abandonados. Descubrieron que estos “bosques secundarios” en recuperación eran capaces de mantener la biodiversidad y acumular carbono, entre una variedad de otros “servicios ecológicos”.

El arco minero contiene algunas de las extensiones de bosque no fragmentado más grandes del planeta, pero según un nuevo estudio, el rápido crecimiento de la minería de oro en la región amenaza con dejar un mosaico de devastación por muchos años. La región ofrece servicios ecológicos espectaculares: almacena el 18% del carbono de los bosques tropicales y el 20% del agua dulce del mundo. También se asienta sobre un depósito de oro masivo y generalizado que ha despertado el interés de los buscadores de ganancias locales e internacionales. La investigación, publicada en el Journal of Applied Ecology, encontró que la recuperación del bosque en las minas de oro artesanales ya abandonadas, permanecen estériles prácticamente sin crecimiento de árboles, tres o cuatro años después de que los mineros empacaron sus equipos y se fueron a otros sitios.


El arco minero contiene algunas de las extensiones de bosque no fragmentado más grandes del planeta, pero según un nuevo estudio, el rápido crecimiento de la minería de oro en la región amenaza con dejar un mosaico de devastación por muchos años. La región ofrece servicios ecológicos espectaculares: almacena el 18% del carbono de los bosques tropicales y el 20% del agua dulce del mundo

Paulino Betancourt

La autora principal del artículo, la Dra. Michelle Kalamandeen, ha estudiado la minería a pequeña escala durante varios años. Explicó que, si bien los estudios anteriores han analizado la recuperación forestal de las actividades agrícolas, no ha habido una evaluación de campo en la recuperación forestal de la extracción de oro artesanal. En 2016 viajaron a dos áreas de extracción de oro en las profundidades de la selva y establecieron parcelas de medición de árboles en sitios abandonados. En cada sitio, se analizó el pozo minero, la “sobrecarga” o “pila de tierra” donde se depositó la capa superficial del suelo y el estanque de relaves, que contenía depósitos de material sobrante después de que el oro se separó del mineral.  Encontraron que “hubo muy poca recuperación tres o cuatro años después de que se abandonó una mina y el estanque de relaves”, escribió Kalamandeen. El estudio determinó que la extracción de nutrientes durante el proceso de excavación puede ser particularmente importante para su recuperación. El nitrógeno se encuentra en la capa superficial del suelo que se elimina durante el proceso de extracción, escaseando significativamente en los pozos de extracción y en los estanques de relaves. En algunos sitios no hubo regeneración de árboles leñosos incluso varios años después de que se detuviera la minería, dejando la tierra desnuda o con pastizales.

La investigación, que tomó muestras de contaminación por mercurio, encontró que los niveles cayeron en unas 250 veces en los sitios abandonados en comparación con las áreas mineras activas. En lugar de ser un hallazgo positivo, probablemente el mercurio se está filtrando a todo el ecosistema, la alta tasa de mercurio tiene serias implicaciones de impactos negativos en la seguridad alimentaria, el suministro de agua y la biodiversidad local. Además, el estudio estimó que en toda el área, la minería de oro provoca una pérdida de aproximadamente dos millones de toneladas de carbono forestal cada año. La falta de rebrote que se observó muestra que este carbono perdido no puede ser recuperable, simplemente dejando estas minas abandonadas a la naturaleza. Esto tiene serias consecuencias en nuestra batalla contra el calentamiento global, al limitar la capacidad de los bosques para capturar y almacenar carbono.

Por otra parte, la devastación ambiental inmediata en los sitios de extracción de oro, en un estudio de 2017 empleando imágenes satelitales, determinó que la infraestructura construida para apoyar las operaciones mineras industriales a gran escala, provocó que el aumento de la deforestación se extendiera hacia los bosques circundantes.

Podríamos estar afrontando una carrera contrarreloj. La pandemia de COVID-19 está provocando una crisis económica y tales crisis tienden a aumentar significativamente la demanda de oro, dado su papel percibido como un estabilizador económico. Con el oro a un precio actual de más de 1.990 dólares la onza, un aumento del 30% en lo que va de año, muchos mineros en pequeña escala están ansiosos por participar. A medida que se debilitan las leyes ambientales en Venezuela, esto podría conducir a una mayor deforestación y debemos abordar críticamente la implementación de políticas para la gestión del suelo, incluyendo cómo y dónde se realiza la actividad minera, además del seguimiento de los proyectos cuidadosamente planificados de restauración activa. Pero la responsabilidad está más allá de los esfuerzos de remediación para mitigar el daño causado. Tanto los inversores como los consumidores necesitan una mayor conciencia y responsabilidad sobre las huellas ambientales de la minería de oro.


PAULINO BETANCOURT | @p_betanco

Investigador, profesor de la Universidad Central de Venezuela, miembro Miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y Hábitat

El Pitazo no se hace responsable ni suscribe las opiniones expresadas en este artículo.

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