¿Normalizando la maldad?

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Empecemos con la definición de maldad como una acción mala o injusta. Es la falta de bondad que una persona debe tener según su naturaleza. Una definición más sencilla y con base psicológica nos habla de que la maldad consiste en obrar deliberadamente de una forma que dañe, maltrate, humille, deshumanice o destruya a personas inocentes, o en hacer uso de la propia autoridad y del poder sistémico para alentar o permitir que otros obren así en nuestro nombre.

Nos preguntamos entonces, ¿qué es lo que determina el pensamiento y la acción del hombre en detrimento del otro? ¿Qué hace que algunos de nosotros llevemos una vida recta y honrada y que otros parezcan caer con facilidad en la inmoralidad y el delito? ¿Hasta qué punto estamos a merced de la situación, del momento, de la multitud?

La mayoría de nosotros percibimos el Mal como una entidad, como una cualidad inherente a algunas personas y no a otras, dependiendo de su naturaleza humana. Definimos el mal señalando a seres realmente malvados de nuestra historia, como Hitler, Stalin, Pol Pot, Saddam Hussein y otros dirigentes políticos que han orquestado matanzas y torturas atroces. Sin embargo, también son acciones características de la maldad el tráfico de drogas, las violaciones, un atraco, un secuestro, la trata de personas, así como las acciones más ordinarias y frecuentes pero no menos importantes, como, por ejemplo, las estafas a nuestros ancianos, ofrecer comida en mal estado y hasta el acoso escolar a nuestros hijos.

Así, vemos con preocupación cómo cada vez más parecieran normales y aceptadas por nuestra sociedad y, sobre todo, por nuestros jóvenes las acciones cruentas y viles que muestran los programas de televisión, los videojuegos y los retos de las redes sociales en los que exponen la maldad y la violencia como una manera más de resolver un problema.

La manera viral, frecuente y repetitiva como se presentan estas escenas son percibidas como una conducta o acción natural, y es allí donde se prenden las alarmas de la moralidad, la ética y la salud mental, cuando se desdibuja el sentido real de lo malo y se empieza a percibir como normal.

Cuando normalizamos la violencia y como sociedad permitimos que se imiten como juegos infantiles, actos crueles y se tomen a la ligera, nos convertimos en cómplices de estos actos y contribuimos a la deshumanización. Pareciera que hay la necesidad de que la maldad abstracta debe buscar un anclaje en el mundo terrenal para ser verdaderamente valiosa. Existe la necesidad de representar el mal de manera concreta para hacerla visible y hasta plausible.

Nuestra concepción de la naturaleza humana también ha sufrido cambios en el tiempo y esta “aceptación de lo malo” como natural es una muestra de ello. Estas acciones colocan al ser humano en el ojo del huracán, porque estaríamos recreando las condiciones perfectas para incapacitar al hombre para el uso de su juicio y conciencia para distinguir el bien del mal.

El actuar de acuerdo con la propia dignidad se deriva de la naturaleza humana, así como el ideal moral, el pensamiento y la reflexión sobre los propios actos. En tiempos pasados, los hombres desconfiaban de la razón porque se creía que era la razón misma la que había llevado a inmensos desastres. Era la razón la que había construido las cámaras de gas y las armas nucleares. La filósofa política Hannah Arendt logra refutar precisamente esta idea al afirmar que el mal no tiene profundidad, que el mal tantas veces presenciado no proviene del exceso de pensamiento y cálculo, sino precisamente de la falta de este. Así, consigue resarcir la confianza en el hombre y en el mundo.

Otros autores contemplan la maldad desde un punto de vista incremental o gradual, como algo de lo que todos somos capaces en función de las circunstancias. En cualquier momento dado, una persona puede poseer en mayor o menor medida un atributo determinado, como la inteligencia, el orgullo, la honradez o la maldad. Nuestra naturaleza puede virar hacia el lado bueno o el lado malo del ser humano. Según esta perspectiva incremental, las cualidades se adquieren mediante la experiencia o la práctica intensiva o por medio de una intervención externa, como el hecho de hallarse ante una oportunidad especial. En otras palabras, podemos aprender a ser buenos o malos con independencia de nuestra herencia genética, nuestra personalidad o nuestro legado familiar.

Más allá de estas concepciones teóricas, en nuestro día a día debemos contar los hechos horrorosos para poder juzgarlos; debemos cuestionar lo que nuestros hijos ven como trivial y el contenido violento al que están expuestos, de manera de poder darle un sentido dentro de los principios y valores que consideramos sanos para la sociedad y para la misma humanidad.


KARINA MONSALVE | TW @karinakarinammq IG @psic.ka.monsalve

Psicóloga clínica del Centro Médico Docente La Trinidad.

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