Nobel de economía, o cómo legitimar el Estado para salvar la usura

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El de Economía no forma parte del legado de Nobel, sino que en su memoria lo instituye, desde 1969, el banco de Suecia —el banco central más antiguo del mundo— y lo designa la Real Academia Sueca de Ciencias. El premio de este año resulta realmente correspondiente con la propensión natural de la oligarquía financiera a reconocer el pensamiento y las ideas económicas que apuntalen sus intereses y su legitimidad.

Por: Carlos Hermoso

El premio Nobel de Economía es el que más se corresponde con su creador: Alfred Nobel. Hasta las postrimerías de su vida su asunto fue la ganancia por la venta de dinamita y otros inventos, sobre todo los destructivos.

Las ansias de hacer dinero siempre estuvieron presentes en su prolífica capacidad inventiva. Resaltan las que obtuvo con las de uso bélico que le valió el apodo de “el Mercader de la Muerte”. Sin embargo, para lavarse la cara, buscó ser recordado de otra manera, por lo que se instituye el premio que lleva su nombre.

Ese apodo del inventor debía ser borrado. Así que nada mejor que legar casi toda la fortuna acumulada a la creación de los premios que llevan su apellido. Física, química, medicina, literatura y la paz, son los premios instituidos.

Otorgados por la academia sueca de ciencias los dos primeros, mientras que el de Fisiología y Medicina es concedido por el Instituto Karolinska de Estocolmo. El de Literatura es asignado por la Academia de Estocolmo. El de los Defensores de la Paz, por un comité formado por cinco personas elegidas por el parlamento noruego.

El de Economía no forma parte del legado de Nobel, sino que en su memoria lo instituye, desde 1969, el banco de Suecia —el banco central más antiguo del mundo— y lo designa la Real Academia Sueca de Ciencias.

En esta oportunidad es entregado a tres estadounidenses: Ben Bernanke, Douglas W. Diamond y Philip H. Dybvig. Se reconocen sus aportes a la investigación sobre la banca y las crisis financieras.

Antes de Bernanke, según los otorgantes del premio, los economistas consideraban que las crisis bancarias “eran una consecuencia, no una causa, de los desplomes económicos”.

Por su parte Diamond y Dybvig “demostraron” que los gobiernos, si garantizan los depósitos de los ahorradores, pueden prevenir una espiral de crisis financieras. “El sistema financiero es ‘mucho, mucho menos vulnerable’ a las crisis debido a los recuerdos sobre el desplome de la década del 2000 y a una mejor regulación”. Esto es, le asignan un carácter subjetivo a las posibilidades de las crisis financieras.

El premio de este año resulta realmente correspondiente con la propensión natural de la oligarquía financiera a reconocer el pensamiento y las ideas económicas que apuntalen sus intereses y su legitimidad.

La legitimación del robo a los trabajadores

Ubiquemos que después de Ricardo los aportes a la ciencia económica de pensadores burgueses desaparecen, y apenas elaboran apología y políticas que preserven el orden que apuntalen el proceso de acumulación de capitales; de valorización del capital con base en la explotación obrera.

Por ello se acuñan como dogmas sin corroboración alguna, como en el caso que nos ocupa. La tesis de que con la participación del Estado —mediante la socialización del costo de las crisis financieras y las regulaciones— se pueden evitar las crisis financieras. Además, de que no cuenta con evidencia alguna, legitima las medidas que se tomaron en su oportunidad y que se siguen tomando.

Otorgarle el Nobel de Economía a quien fuera presidente de la Reserva Federal estadounidense, entre 2006 y 2014, refleja claramente la intención de premiar a un ideólogo de la legitimación de la usura legal, que destinó alrededor de 800 mil millones de dólares para atemperar la crisis. Con eso garantizó que la crisis cayera sobre el bolsillo de los trabajadores.

En general, lo que buscan es afianzar una de las políticas comunes de las diversas corrientes económicas burguesas: la salvaguarda de la usura legitimada. Esto es, la pervivencia del sistema bancario a pesar de su eventual quiebra, dada la voracidad de las instituciones erigidas para tales fines.

Esa política permitió socializar las pérdidas a las que condujeron las quiebras de instituciones bancarias, como Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión de EEUU, que declaró su quiebra eN 2008, al alcanzar una deuda de 613.000 millones de dólares. El origen de sus problemas eran las hipotecas basura.

El gobierno estadounidense acudió también a rescatar a American International Group, la tercera mayor aseguradora del mundo que cayó en insolvencia. Otras entidades también se desplomaron, siendo éstas las más importantes y las que demandaron mayor volumen de recursos.

Varias películas han llevado a la gran pantalla el tema de la usura legitimada por la «oligarquía financiera». Como esta de Oliver Stone Wall Street, por la que Douglas ganó un premio al Oscar como mejor actor. La secuela de este primera entrega es El dinero nunca duerme.

Durante la recesión que siguió a la crisis entre 2007 y 2009, EE. UU. perdió un estimado de 14 billones de dólares, el equivalente a un año de actividad económica, según la Reserva Federal, con cargo en el contribuyente, mediante la “expansión cuantitativa”. Además, la emisión de deuda se disparó hasta superar hoy día 130 % del PIB.

Sumemos que, con esta política, Estados Unidos pierde la hegemonía mundial. En el lapso 1980-2007, la economía del orbe creció con un promedio anual de 3 %, mientras que a partir de 2008 y hasta 2012 lo hizo a 1,8 %.

La panacea para atender las eventualidades críticas del sistema financiero, según los laureados, está en la capacidad que tenga el Estado de descargar en la gente su atención. Parten de la consideración de que el sistema bancario es lo más importante de la economía. Eso es lo que premia la Academia de Ciencias de Suecia.

Las crisis financieras no cuentan con la autonomía que le asignan los laureados. Por el contrario, en última instancia, es la contradicción entre lo ilimitado de la producción y la contracción de la demanda social lo que conduce a las crisis que derivan en el colapso del sistema financiero, incremento mediante del capital ficticio.

La crisis de 2008 fue llevada a la pantalla grande con varias producciones que muestran varias aristas del problema.

Destaca la especulación de la que hacen gala algunos entendidos como en La gran apuesta, de Adam McKay. O, bien, su naturaleza humana en 99 Homes de Ramin Bahrani.

Pero donde se muestra el problema de manera más cruda es en El dinero nunca duerme de Oliver Stone, 2009, en la que se acuña la expresión de Gordon Gekko, personaje central en la trama: “Tiempo atrás dije ‘la ambición es buena’. Ahora parece que también es legal”.

Allí se resume el espíritu que despierta lo que afirmara Marx en los Grundrisse: “Todo el sistema crediticio y con él overtrading, overspeculation, anexos, se fundan en la necesidad de ampliar y saltar por encima de las barreras para la circulación y para la esfera del intercambio”.

CARLOS HERMOSO / @HermosoCarlosD

Economista y doctor en ciencias sociales. Profesor asociado de la Universidad Central de Venezuela. Dirigente político. 

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