No existen soluciones mágicas

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Por Ana Milagros Parra*

La idea del cambio rápido y “limpio” siempre ha estado en nuestro imaginario, ese que elimina desde los cimientos el sistema anterior para dejarle la puerta abierta a uno nuevo lleno de promesas de prosperidad y estabilidad. Una constante destrucción y renovación. Un pensamiento revolucionario, sin importar en qué lugar del espectro político decidas ubicarte.

Ser venezolano es estar acostumbrado a vivir los picos de conflictividad e inestabilidad del régimen, siempre pensando en que “esta vez sí van a caer”; y el inicio del 2019 no fue la excepción.

A veces no nos damos cuenta del ciclo que repetimos, que de experiencias pasadas siempre hay algo que aprender, y no vemos (o no nos dejan ver) que los procesos políticos no son rápidos ni fáciles, y menos aquellos que pretenden llevarnos de una realidad dictatorial a una democrática. Estos últimos no son siquiera lineales, es decir, tienen altos, bajos, retrocesos y estancamientos.

Es más que evidente la necesidad de cambio de régimen en todos los actores dentro del conflicto venezolano. El chavismo ya no es viable. A pesar de que dentro de la coalición gobernante existan factores donde su única opción sea aferrarse al poder con ayuda de Cuba, aliados como Rusia y China saben que Maduro no es sustentable en el tiempo. El cambio es objetivo común, el dilema es el “cómo”, en qué condiciones, y cada jugador está tratando de moldear las circunstancias para obtener los resultados que más le beneficien. Spoiler alert: un conflicto armado no le beneficia a nadie.

Es válida la connotación negativa que se tiene de los procesos de negociación, tomando en cuenta los precedentes que existieron en el país; el chavismo los utilizó como mecanismos para ganar tiempo, desarticular a la oposición, desgastar a la población y desviar la atención internacional, para eventualmente quedarse en el poder. Hoy intentan utilizar la misma herramienta, logrando avances en unos puntos (por ejemplo: divisiones en la oposición), pero la presión sin precedentes impide que logren el objetivo de siempre.

El cambio está a la vuelta de la esquina, pero eso no significa que vaya a estar libre de obstáculos; estará repleto de altos, bajos, curvas y momentos donde pareciera que retrocedemos tres pasos atrás. La clave es tener claro el objetivo y tener paciencia, entendiendo que es parte de la estrategia.

Las circunstancias son distintas, los actores diferentes, el conflicto ya no es exclusivamente doméstico y los Estados aliados (de cualquier bando) están interesados en que la solución sea por la vía de las negociaciones, ya que es la que menos costos tiene y donde pueden manipular ciertas circunstancias para generar un resultado que los favorezca. No necesariamente debe ser por el mecanismo noruego, cabe destacar.

Que el caso Venezuela haya escalado a niveles geopolíticos hace que los actores internacionales sean variables de mayor peso, y que los internos, aunque determinantes, tengan un margen de decisión bastante reducido. Por eso no pueden ignorar las demandas de los Estados aliados.

Estamos frente a un escenario multiestratégico: que se esté accionando en un terreno no significa que otro se excluya o que se eliminen posibles acciones a un futuro; hay que quemar las opciones menos costosas y descartarlas si no funcionan, e ir escalando en las medidas. Nada en política es blanco y negro, y mucho menos en un escenario tan complejo, cambiante y dinámico como el venezolano.

Sencillo es dejarnos llevar por los discursos cortoplacistas con la excusa del sufrimiento venezolano. Dejar que la rabia y el resentimiento nos guíen para apoyar vías ideales que te prometen una solución mágica, cuando no la hay, es el camino cómodo.

Las verdades incómodas nos asustan, pero en política tenemos que actuar usando lo que tenemos, no lo que queremos. Las soluciones mágicas no existen. Los escenarios perfectos solo viven en la imaginación. Hay que hacer las paces con la idea de que, aunque no queramos, aunque no es “justo”, quedarán chavistas dentro del sistema si se da inicio a un proceso transicional.

Es difícil entender, y más cuando nadie te lo dice, que el tiempo de la política internacional no es el de los ciudadanos. Pedir paciencia cuando vemos todos los días cómo el país se nos cae encima parece insensato, pero mejor una verdad amarga que una mentira dulce.

Que el cambio esté cerca no significa que vaya a ser sencillo lograrlo. La necesidad de justicia (y quizá de venganza) no puede bloquear los posibles avances. Los procesos transicionales requieren reconciliación para que exista una reconstrucción y el resentimiento no puede ser el combustible de nuestra visión de país. No repitamos la historia.

*Ana Milagros Parra
Politóloga, jefe analista político en el departamento de análisis estratégico de riesgo en IURISCORP.
Twitter: @anablabla

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