Nave a la deriva

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En pleno 2022, la nave venezolana navega a la deriva, en medio de un maremoto de teorías y praxis confusas, fusionadoras de líneas marxistas, liberales, democráticas, cristianas, ateas, islamistas, revisionistas, relativistas y un capitalismo que raya en “salvaje”.

Por. Hugo Delgado A.

La Venezuela de las últimas dos décadas es difícil de comprender. Escribirán libros, infinitos artículos periodísticos de investigación, habrá anécdotas y hechos contados que irán de boca en boca, tratando de explicar lo que sucede, pero los orígenes de los problemas serán difíciles de dimensionar. Es esa complejidad la que resquebrajó los valores, principios e instituciones de una sociedad acostumbrada a una dependencia petrolera que la envolvía en un sueño imperceptible que le impidió ver los peligros que se avecinaban.

Como en la psique humana, los fantasmas históricos persiguen a Venezuela. Militarismo, traición, corrupción, mezquindad, mediocridad, talento académico, vagancia, honestidad, trabajo, temores, comodidad e irresponsabilidad, todo se mezcla para conformar una población multifacética, impredecible, titubeante ante el compromiso, pero también heroica en ciertos momentos, como sucedió en la época de la independencia o en la naciente democracia.

En pleno 2022, la nave venezolana navega a la deriva, en medio de un maremoto de teorías y praxis confusas, fusionadoras de líneas marxistas, liberales, democráticas, cristianas, ateas, islamistas, revisionistas, relativistas y un capitalismo que raya en “salvaje”.

Las soluciones a su crisis económica, social y política no se visualizan con facilidad, precisamente porque los niveles de corrupción, de concentración de poder, de deterioro de la moral pública y familiar y de pérdida de la institucionalidad, las hacen complejas y tampoco dependerán de los sueños e intereses de su pueblo.

Tarea perdida es desmontar la corrupción que saqueó el país y que sus culpables paguen por sus pecados. La misma sociedad se encargó de facilitar el pillaje del más de un billón de dólares que ingresó al país producto de la bonanza petrolera que alimentó el apetito voraz de la nomenclatura chavista, empresarios, banqueros, políticos “opositores” y la misma población que aprovechó “el raspao de tarjetas de crédito” para también comerse su pedazo de torta.

“La sociedad de cómplices” se potenció y sus bajos instintos ensombrecieron el futuro que terminó destruyéndola, especialmente con la “diáspora” que ya asciende a 6,8 millones de inmigrantes según estimaciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Un tsunami que arrasó familias e instituciones, dificultando cualquier estrategia de reconstrucción de la nación, dada la pérdida de capital humano especialmente en las universidades nacionales y las industrias estratégicas.

La destrucción del sistema educativo y de las organizaciones políticas ayudaron a minar las posibilidades de generar liderazgos. Si bien en diferentes episodios históricos de Venezuela han surgido líderes que han interpretado sus realidades, con su dimensión humana y no de superhombres, en la actualidad la complejidad hace difícil encontrar ese personaje generador de esa fuerza motivadora y movilizadora, no solo de la población, sino del equipo de trabajo necesario para lograr el objetivo de restituir la institucionalidad democrática.

La corrupción generalizada y los intereses egoístas siguen minando las posibilidades de lograr el consenso en una oposición desdibujada, incapaz de enfrentar a un régimen deslegitimado, soportado por el brazo militar, el narcoterrorismo y el andamiaje formal del Estado que le permite controlar recursos económicos, la infraestructura y los poderes públicos. El monopolio del poder se potencia con la complicidad exógena de la burocracia diplomática de Latinoamérica y Europa.

Ahora que la propaganda del régimen de Nicolás Maduro y los entes financieros y económicos insisten en destacar crecimientos económicos, la reducción de la inflación, la apertura en áreas como el comercio, el transporte aéreo y las posibilidades de financiamiento de organismos multilaterales, cabe mencionar que la calidad de vida de la población venezolana es deplorable.

La misma ONU confirmó que más de 1,8 millones de niños están subalimentados. El programa de investigación Encovi 2021 que adelantó la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) indica altos índices de pobreza, baja calidad de vida, caída del empleo formal y de los salarios. Los sueldos de los empleados públicos y las pensiones de los jubilados son infames.

A las condiciones socio-económicas se agrega otra realidad, el sistema de producción de Venezuela desapareció. El parque industrial privado, las industrias básicas (petróleo, y siderurgia) y los servicios públicos (telefonía, infraestructura, educación, salud) funcionan deficientemente o no existen, y el régimen no tiene los recursos suficientes para recuperarlas, más cuando la producción petrolera es baja y no puede aprovechar el alza de precios que generó el conflicto ruso-ucraniano en el mercado mundial.

Decir que el país va a estabilizarse y mejorar abre dos grandes interrogantes: ¿de dónde saldrán los recursos e indicadores positivos? Y si es así ¿por qué su población no recibe el impacto positivo de ellos?  Ahora que se normalizarán las relaciones políticas y comerciales con Colombia, por ejemplo, a qué nación favorecerá la apertura. Es importante aclarar que el intercambio comercial nunca se paralizó. En los últimos meses más de 40 gandolas diarias pasaban por el eje Paraguachón con productos de todo tipo, beneficiando el abastecimiento del comercio venezolano y reduciendo la escasez en su mercado interno.

La inminente apertura dejará también claro que Venezuela no tiene ni infraestructura, ni condiciones para competir; el trato beneficiará a Colombia. Los grandes negocios y la corrupción continuarán porque los militares instalados en la frontera y los grupos irregulares que “controlan los pasos”, no cederán en sus negocios. Las partes tendrán que acordar el pedazo de torta que les corresponderá.

Las salidas planteadas con Colombia y EUA mostrarán una visión de país normal, con  grandes sectores desprotegidos, estructuras funcionales ineptas, corruptas y con falta de inversión, que demandarán grandes cantidades de capital para mejorarlas (electricidad, telefonía, vialidad, seguridad personal y jurídica). Construir sobre sistemas enviciados es una gran falla. Ha demostrado en el tiempo lo perjudicial que puede ser para las democracias, porque cíclicamente generarán desestabilidad y un estado de zozobra constante que mantendrá la nave a la deriva.            

HUGO DELGADO A.| @hdelgado10
Periodista. Editor de medios impresos y asesor de comunicaciones y relaciones públicas.

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