Nacionalismo o sentido nacional

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Por: Carlos Hermoso

Las categorías en economía e historia económica tienen contenidos que están determinados según la corriente de pensamiento en que se inscriba quien las vea o estudie. Este asunto sobre la nación o lo nacional, y las actitudes que despierta, es uno de ellos y adquiere relevancia en la circunstancia que vive Venezuela.

Trataremos de responder cómo nace ese espíritu que, a momentos, se ha convertido en factor negativo cuando impera para someter a otros pueblos y países. En otros casos, a la inversa, es un requisito del desarrollo soberano, mostrando una connotación positiva. Lo apreciamos claramente en el surgimiento de las naciones y países. Por ello, el espíritu nacional se ha convertido en arma de doble uso: para el sometimiento o para la liberación.

En la historia de Venezuela, como es natural, este asunto cuenta con determinaciones propias. De allí nuestra idiosincrasia, nuestro idioma, entre muchas otras cuestiones propias de la cultura. Supone el sincretismo e imbricación de culturas en medio de hechos históricos que lo afianzan. Una de sus expresiones la podemos apreciar en un mestizaje que luce exclusivo en el planeta entero.

Sin embargo, una determinación constante ha sido la ausencia en las clases dominantes de un verdadero sentido nacional, cuestión que ha truncado nuestro desarrollo. Ese espíritu patriótico y nacional se ha enraizado en variados sectores sociales, excepto en la oligarquía. Salvo en la guerra nacional de independencia, habida cuenta del interés de los mantuanos por abrirse paso al libre mercado inglés, el cual brindaba mejores precios a los productos de exportación que los impuestos por la corona española, a través del monopolio del mercado en torno de la metrópoli. Por ello se explica la “ayuda” que prestaron los ingleses para que nos independizáramos de España.

¿Cuándo surge el sentido nacional?

Por aquello de que el ser social determina las formas de conciencia, ubicamos que el sentido nacional surge como resultado de determinaciones objetivas, estructurales, algunas de ellas propias de las relaciones internacionales. La configuración de las naciones va aparejada con el desarrollo de la producción mercantil. Es una relación dialéctica entre la producción de mercancías y la esfera de su circulación. Recordemos que la producción es, al mismo tiempo, consumo. A su vez, producción supone distribución y cambio.

El sistema capitalista, por tanto, implica no solamente la implantación de las relaciones de producción, sino también de su realización. Es decir, la creación, en principio, del espacio para la producción nacional y el mercado interno. De allí la tendencia a la unificación del idioma, dejando para la historia y la antropología muchas lenguas regionales que van quedando rezagadas y desplazadas. Los patrones de consumo van a sufrir cambios profundos en muchas regiones —subsistiendo algunas expresiones culturales solo por referencia a nuestros ancestros— y van abriendo camino a una modernidad impuesta por la producción mercantil. La producción supone la creación de necesidades y viceversa, en un desarrollo ilimitado.


Ese espíritu patriótico y nacional se ha enraizado en variados sectores sociales, excepto en la oligarquía. Salvo en la guerra nacional de independencia, habida cuenta del interés de los mantuanos por abrirse paso al libre mercado inglés, el cual brindaba mejores precios a los productos de exportación que los impuestos por la corona española

Carlos Hermoso

Desde el siglo XV, el colonialismo, propio de las naciones más desarrolladas, va a implantar una cultura que busca ser universal. De allí la propagación e imposición de los patrones de producción y consumo y la liquidación de formas productivas ancestrales dondequiera que estén. Este proceso busca ser legitimado con base en la exaltación del sentido nacional de los tempranos Estados nacionales.

La semántica de la palabra tiene una historia sujeta al origen y desarrollo mismo de las naciones, inicialmente de los Estados nacionales. De allí que debemos ubicar su realización concreta en la modernidad y diferenciar cada una de las categorías que expresan ese desarrollo. El nacionalismo ya ha encontrado una definición universal y se inscribe dentro de la idea de exaltación del interés de una nación por encima de los intereses del resto de países y naciones, por encima del cual no hay nada, ni la familia.

El nacionalismo imperialista y fascista, y el nacionalismo de gorilas

En la fase superior del capitalismo esta cuestión se va a transformar en un sentido que coloca a cada imperialismo como ungido para, a nombre de su nación, invadir y expandirse en claro enfrentamiento con sus rivales. En los años tempranos del imperialismo, a finales del siglo XIX, aparece el término jingoísmo, usado por los ingleses en el conflicto diplomático entre las potencias mundiales de entonces, sobre todo con Rusia. Este vocablo proviene, según algunos, de Jing, un hipocorístico coloquial del nombre de Jesús. Se convirtió en una categoría que buscó legitimar la condición expansionista de las grandes potencias y su “derecho” a frenar la expansión de la competencia.

Desde sus inicios, el imperialismo supone belicismo para preservar y ampliar las áreas bajo su influencia, en su lucha por mercados y fuentes de materias primas. Eso es lo que afianza la idea de supremacía bajo la égida nacional.

En la lucha de cada potencia imperialista, de cada bloque imperialista, azuzada e impelida por determinaciones objetivas, ese factor subjetivo que está prendido en la gente legitima la política guerrerista. El sentido nacional, por ello, es en esencia un instrumento para el sojuzgamiento de otros países y pueblos. Es un instrumento que atenta contra la independencia y la soberanía de los países débiles.

Dos de las contradicciones fundamentales de la fase superior y última del capitalismo, son las que se presentan entre las potencias imperialistas y las de estás con los pueblos y países débiles. A momentos una se convierte en la principal sin que desaparezca la otra. La actual contradicción principal es entre las potencias imperialistas. También juega, en este contexto, la contradicción capital trabajo.


El nacionalismo ya ha encontrado una definición universal y se inscribe dentro de la idea de exaltación del interés de una nación por encima de los intereses del resto de países y naciones

Carlos Hermoso

Alcanza su máxima expresión en el fascismo cuyos emblemas más claros los observamos en la Alemania nazi, la Italia bajo Mussolini y el Japón de Hirohito. El sentido nacional e imperialista se convierte en palanca para la expansión por medio de la guerra. Circunstancia que sigue viva en toda potencia imperialista del momento.

Entretanto, en los países débiles, las dictaduras militares gorilas exaltan la idea de patria y nación, no para garantizar la expansión, sino para lo contrario: avalar la dependencia de un imperialismo u otro. En eso estamos en esta etapa de nuestra historia, contra EE. UU., pero bajo la férula de China.

De eso no escapan las democracias representativas militarizadas. También hacen uso de ese sentimiento que se forma temprano en nuestra psique, para perpetuar la dependencia y el sojuzgamiento de un imperialismo u otro.

El sentido nacional en Venezuela

Nuestra historia es la de cualquier país que nace para independizarse de una potencia colonial, para luego pasar a convertirse en semicolonia de otra. Venezuela se libera de España y pasa a ser dependiente de la potencia inglesa. Varias décadas pasa bajo su sojuzgamiento para caer luego en los brazos de EE. UU. Más de un siglo dependiendo de los estadounidenses para pasar a subordinarse al bloque liderado por China. Ésa es la historia: dependencia y semicolonialismo.

Cada imperialismo va a hacerse de socios menores en cada caso. De esta forma, la oligarquía primario-exportadora del período español va a derivar en la misma condición luego de la guerra nacional de independencia, solamente que ahora ligada a los ingleses. Poco después, se articulan fuertes nexos con Alemania y Francia, principalmente, hasta entrar al nuevo siglo con el recibimiento que hacen los estadounidenses, hincando su bandera como “árbitro” —propio de la doctrina Monroe— en el bloqueo que realizan barcos británicos, alemanes e italianos, exigiendo el pago de la deuda externa contraída.

En cada caso, se ajustan a las demandas de los nuevos socios mayores, por lo que su condición importadora de mercancías finales, y exportadora de bienes primarios, se va a afianzar. El desarrollo de la explotación petrolera hace lo suyo para que esta condición se sostenga, por lo cual esa misma oligarquía va a tejer nuevos lazos en torno de esta cuestión. Una burguesía que se va a alimentar del negocio petrolero se articula a ese proceso que convierte a la corrupción en uno de los principales mecanismos para acelerar la acumulación de capitales, proceso muy bien explicado con el rigor del caso por el profesor Héctor Malavé Mata en su libro Los extravíos del poder, euforia y crisis del populismo en Venezuela.

La implantación, desde 1989, de la política neoliberal va a significar la castración de todo sentido nacional en, por lo menos, el sector hegemónico de la oligarquía nativa. Abrir los puertos para “competir” con las economías más avanzadas del planeta resulta un aniquilamiento de cualquier perspectiva nacional. La apologética burguesa va a propagar y entronizar sus dogmas religiosos que logran estupidizar a buena parte de la intelectualidad a tal punto que, asumiendo las “nuevas” ideas, hacen recordar la exaltación de los fetiches religiosos.


Venezuela se libera de España y pasa a ser dependiente de la potencia inglesa. Varias décadas pasa bajo su sojuzgamiento para caer luego en los brazos de EE. UU. Más de un siglo dependiendo de los estadounidenses para pasar a subordinarse al bloque liderado por China

Carlos Hermoso

Sobreviene una crisis que lleva a la sustitución de la democracia militarizada bipartidista por un nuevo régimen que eleva a rango constitucional algunos de los principios liberales más caros del capitalismo mundial de entonces. A su vez, van a ser los chavistas quienes lleven la crisis a su máxima expresión en medio de la transición hacia una nueva dependencia: chinos y rusos afincan sus garras para extraer materias primas de carácter estratégico en la competencia a muerte por la hegemonía.

El chavismo, representando al lumpenproletariado —algunos de ellos provenientes propiamente de esas filas—, va a convertirse en parte de la oligarquía financiera. En este lapso, la configuración de la estructura económica se da en medio de la crisis más desastrosa de la Venezuela moderna, que va a dejar millones de bajas por distintas razones, todo para preservar el poder de quienes lo alcanzaron bajo el engaño del “socialismo”. Ahora Venezuela se afianza en su papel en la división internacional del trabajo en torno de la cadena —una franja, una ruta— que teje China, como fuente de materias primas energéticas y de carácter estratégico. La oligarquía, alimentada con sangre nueva chavista y sus palancas, va a adecuarse a los nuevos socios sin abandonar a los que recién tenían.

Esta sucinta historia explica cómo la oligarquía criolla nunca emprendió un proyecto propio, con sentido nacional. De allí las vacilaciones actuales de buena parte de los sectores de la oligarquía. Es que los nexos con China y el bloque que lidera son tentadores y dan como para plantear esta nueva perspectiva. Pero no parecen suficientes como para abandonar los que siempre brindaron los estadounidense y europeos. Esto limita y frena la consolidación de un bloque de dominación en torno del chavismo. Existe, pero endeble.

Ahora, bien, la inexistencia de una burguesía nacional no significa que no exista ese sentido patrio. Por el contrario, en buena parte de los venezolanos, entre los sectores medios, de la mediana burguesía, se asume una perspectiva nacional de la cual están castrados los sectores hegemónicos. El pueblo llano, los trabajadores, los obreros y campesinos, sectores de la intelectualidad, lo asumen en la perspectiva de defender su idiosincrasia y el espíritu de la venezolanidad frente a la penetración cultural y la dependencia económica.

Es por eso que la propuesta programática alternativa debe reivindicar la idea de que Venezuela tiene que alcanzar la soberanía de la que nunca ha gozado. Debemos acompañar la propuesta de una nueva democracia con la idea del desarrollo diversificado de la economía con sentido nacional. En coherencia con esa idea, la relación con el sector externo de la economía tendrá el trato correspondiente: debe protegerse la producción del mercado nacional. Darle prioridad al capital nacional para abrir la perspectiva del desarrollo autónomo y diversificado.


CARLOS HERMOSO CONDE | @HermosoCarlosD

Economista y Doctor en ciencias sociales. Profesor de la Universidad Central de Venezuela. Dirigente político.

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