Los zapatos de Chávez

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Una parte de la población espera que aparezca un personaje carismático como Hugo Chávez, pero opositor | Foto: Cortesía VTV

Voy a decirlo de una forma tosca: creo que, secretamente, una parte de la población venezolana todavía espera que aparezca de pronto, como salido de la bruma, un nuevo Chávez, solo que de signo «opositor». Un tipo trigueño, de espalda ancha, dicharachero y barítono; de posiciones firmes y capacidad de mando; que ría o se arreche como Dios manda, dependiendo del caso; que no sea sospechoso de mucha sifrinería para que «conecte con el pueblo»; que eche chistes, cante en cadena nacional y, por las noches, encienda un fuego y nos cuente historias de cuando era cadete o bachiller, mientras la llama crepita y la madera rechista. Es decir, alguien que de verdad llene sus zapatos: los zapatos de Chávez. Pues bien, si eso es así, tal vez no hemos aprendido demasiado en los últimos años.

Mi intención con este artículo no es valorar la figura histórica de Chávez, tan complicada. Para eso hay —y habrá— biografías, documentales y libros de ensayo. Mi objetivo es pensar un instante, desde el punto de vista socio-cultural, sobre la figura presidencial que nos legó el barinés. Creo que los venezolanos sentimos, aunque nadie lo diga muy alto, que si el político de hoy no posee el mismo carisma del difunto, tiene pocas probabilidades de éxito, como si lo esencial no fuese determinar si el personaje es honesto o buen gerente; si tiene o no capacidad de negociación o visión de Estado. El asunto es si es o no es carismático, si puede o no hechizar al electorado. No nos culpo. Para la sociedad de masas, en la que los candidatos tienen que hacer campañas hiper-mediáticas, el carisma es fundamental. La honestidad o la capacidad de gestión no aparecen en cámara.

Los excesos del carisma

Pero una cosa es el carisma y otra muy diferente es la naturaleza titánica de Chávez. Y cuando escribo «titánica» no intento hacer ningún cumplido. Un amigo me recordaba el otro día que, en la mitología griega, los titanes eran las fuerzas primigenias de la creación del mundo, y que, al fin y al cabo, debieron ser derrocados por los dioses del Olimpo. La razón era muy simple: las fuerzas primigenias, telúricas, son caóticas, desastrosas por naturaleza. Solo sirven cuando hay que mover placas tectónicas. Por tanto, no son compatibles con el funcionamiento cotidiano de la vida.

Habrá quien discuta si en 1998 hacía falta un titán o no (yo creo que rara vez hace falta alguno); también habrá quien cuestione si Chávez era o no un titán. Son temas completamente opinables. En cualquier caso, lo que intento recalcar es que, como sociedad, tenemos que aprender la diferencia. Una cosa es un político con carisma y otra, muy distinta, un histrión destructor. La falta de una personalidad teatral no debería ser una carencia fatal para nuestros políticos. De hecho, lo contrario podría ser cierto. En la Venezuela de hoy, casi deberíamos desconfiar de los políticos demasiado simpáticos, arrolladores, que por exceso de carisma se eximen —o son eximidos— de mostrar su idoneidad o respetar las reglas.

Chávez pasó de ser un candidato locuaz, sonreído y campechano, a una suerte de vengador divisorio; luego se convirtió en el vocero continental del «Socialismo del Siglo XXI», hasta revelarse finalmente como un déspota —siempre popular y con escasos contrapesos— que llenaba sus discursos de adjetivos entrañables mientras condenaba jueces, aprobaba presupuestos o mandaba rociar «gas del bueno», al punto de afirmar su rotundo «yo soy un pueblo». A su modo, puso en práctica la tríada «postdemocrática» de su amigo Ceresole: masa-ejército-caudillo. Y ya sabemos a dónde nos llevó ese experimento.

Cuestiones incómodas sobre el liderazgo

Entonces surgen las preguntas; preguntas que, como he escrito otras veces, son incómodas y vienen hechas a destiempo: ¿qué tipo de liderazgo necesita Venezuela?; ¿acaso nuestra circunstancia exige personajes folclóricos y autoritarios, que tomen decisiones rápidas y unilaterales?; ¿tiene sentido esperar mayor sobriedad y colegialidad de nuestros líderes? Por otro lado, mientras no ocurra una transición, ¿tiene sentido criticar los excesos del carisma? Nuestro problema podría ser más grave, no solo de «oferta», sino también de «demanda»; es decir, que no solamente exageremos el valor del carisma, sino que, como sociedad, aprobemos en secreto que nuestros gobernantes sean marañeros, arbitrarios y unilaterales. Si esto fuese así, ¿qué podemos hacer? Por lo pronto, y a riesgo de parecer ingenuo o simplista, se me ocurre que la solución está en manos de las élites, especialmente de los partidos.

Mientras seamos una sociedad presidencialista y las mayorías sean vulnerables a la coerción y manipulación del Estado, los partidos tendrían que establecer un pacto, unas normas compartidas —mucho más estrictas— para elegir a sus candidatos, por no hablar ya de la legislación sobre la figura y las competencias del Presidente. La urgencia nos ha llevado a soslayar la discusión sobre la idoneidad de nuestros políticos. La elección de los candidatos a todos los cargos públicos (magistrados, diputados, etc.) tendría que pasar por un proceso mucho mayor de escrutinio. La crisis actual de los partidos no ha sido ocasionada solamente por la dificultad de las circunstancias, sino también por el gran déficit en sus cuadros. Después de los escándalos recientes dentro de la Asamblea Nacional, esto ha quedado bastante claro. ¿No debería revisarse, entre otras cosas, la figura del «voto lista»?

Los políticos salen de nuestras casas

Alguien podría argumentar que si ese compromiso no incluye al chavismo se convertiría, a muy corto plazo, en una desventaja más para la oposición. Y tendría razón. Esta discusión tiene poco sentido fuera del juego democrático. Es más, alguien más podría decir que el problema, nuestro verdadero problema, es que «esto es lo que hay»; en otras palabras, que si nos ponemos muy estrictos, nadie podría ocupar los cargos públicos en Venezuela. Básicamente: que no existe gente idónea en el país. El planteamiento tendría que inquietarnos. Es urgente reconocer que, como sociedad, tenemos un doble rasero: le exigimos al político un estándar ético que, probablemente, nosotros mismos no cumplimos y, aún así, nos desconcertamos de que sean como son. ¿Qué lógica tiene eso? Nuestros hombres públicos no son extraterrestres. Su extracción no ocurre en el vacío, en una burbuja social, éticamente mejor o peor que la del resto. De hecho, me atrevería a decir que, en condiciones normales, los políticos son el promedio moral de una sociedad. Como he dicho en artículos anteriores, el Socialismo del Siglo XXI es un producto tan venezolano como el petróleo, el cacao o las mises, por más que nos cueste reconocerlo.

Entonces, ¿cuál es la lógica del escándalo? En primer lugar, que los políticos ocupan cargos públicos y, por tanto, sus actuaciones afectan la vida de millones de personas. Sus defectos tienen, habitualmente, consecuencias mucho más graves que las del resto de los mortales. De ahí la necesidad de que sean personas virtuosas. Pero también es verdad que las familias venezolanas tenemos que hacer una revisión profunda de nuestros valores, porque es de nuestras casas que saldrán los políticos del futuro.

Pero volvamos al planteamiento anterior ¿es cierto que no hay políticos virtuosos en el país?; ¿somos realmente una sociedad de gente rota, deshonesta, con un estándar ético inferior al del resto de las naciones?; ¿somos la Sodoma del relato bíblico?; ¿es verdad que ha muerto el último buen venezolano?; ¿o, por el contrario, somos todo lo que puede esperarse de cualquier sociedad como la nuestra, con tanto petróleo y familia matricéntrica? Son preguntas que no debo despachar con ligereza; tampoco con excesivo optimismo. Una crisis como la venezolana no ocurre por casualidad, pero también sé que la respuesta no puede ser categórica. Haré mi mejor esfuerzo por responderlas en el próximo artículo. Hasta entonces.

Javier Melero es cineasta. Emprendedor de quijotadas y gamer vergonzante. Empepado por la naturaleza. Adicto a las galletas María. [email protected] | @melerovsky

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