La perversión cotidiana

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Por: Gloria Cuenca

Fue definido el autoritarismo como “la perversión de la función de autoridad”. Ante la realidad que vivimos, toca ahora plantearnos qué significa la “perversión de la cotidianidad”. El maestro filósofo y educador argentino Daniel Prieto Castillo definió la “vida cotidiana, como el entorno inmediato e íntimo”. Entonces, creo que la perversión de la cotidianidad se refiere a esa actitud de molestarnos, por decirlo de forma decente, en cada paso que damos en la vida, en nuestro entorno inmediato e íntimo. ¿Tendrán un comité especial para eso? ¿Habrán destinado gente que esté todo el día pensando en cómo molestar, angustiar, mortificar a los demás ciudadanos? No tengo respuesta. 

Sufro, como el resto de los venezolanos (la mayoría), por la ignominia del régimen. Entre todos los males del autoritarismo y el comunismo, uno de los peores aspectos se refiere a la obsesión de meterse en la vida cotidiana de las personas para mortificarlas y de alguna manera doblegarlas. Me pregunto, ¿es un aprendizaje colectivo, impartido doctrinariamente? O ¿es que se aprovechan de los resentimientos de las ingenuas personas para exhibir un poder malsano y destructivo que a todos molesta? Sin respuesta tampoco para esa pregunta, paso ahora a explicar una de las últimas perversiones del régimen. Como venezolana de 80 años soy de alto riesgo para el COVID-19, súmese la obesidad y la hipertensión y tendrán una posible víctima de la pandemia. Me cuido y como todos quiero ser vacunada. Sueño con salir del riesgo, como estamos millones de venezolanos. ¿Vacunarse para ser común y corriente? Una odisea. Como si fuera poco disfrutan exhibiéndose: sí lo hacen, ellos sí pueden, claro con el poder. Juegan con los sentimientos de las personas. Se los advierto, la justicia divina existe, no se quejen después.


Sufro, como el resto de los venezolanos (la mayoría), por la ignominia del régimen. Entre todos los males del autoritarismo y el comunismo, uno de los peores aspectos se refiere a la obsesión de meterse en la vida cotidiana de las personas para mortificarlas y de alguna manera doblegarlas

Gloria Cuenca

Como la mayoría de las familias venezolanas estamos divididos: mi hijo en Estados Unidos, mi hija en Venezuela. Yo, sometida a la ruina del gobierno disque venezolano, soy ahora hijodependiente. En lugar de ser yo quien los ayude a ellos, los papeles se voltearon y ellos, a ¡Dios Gracias!, son mis benefactores. Cada día agradezco a Jesús Misericordioso que ellos sean así. Viajo a Miami a ver a mi hijo, su esposa y mis nietos. Lloro desde que llego al volverlos a ver. Hubo momentos en los que pensé: no los veré más. Mi hijo tuvo COVID-19 y lo superó. Con preocupación al día siguiente de mi llegada se ponen en acción y en 3 horas estoy vacunada. De forma gratuita. Me tratan como se me había olvidado que lo traten a una: bien, no me dejan pasar calor y me cuidan los 15 minutos restantes, para saber que estoy normal y sin problemas. En el sitio, hay una pequeña cola de gente, más jóvenes que adultos mayores, nos reparten agua. Nos cuidan. ¡Ah este es el imperio! Del que tan mal hablan, del que dicen toda clase de mentiras y donde por momentos me siento nuevamente persona. 

Con mis 80 años a cuestas, aprecio la solidaridad, el calor humano y la comprensión por la angustia que traigo. ¡Dios, qué diferencia! Al recordar las penurias que pasa la gente para vacunarse en Venezuela. Los sinsabores y maltratos, además de los misterios y secretos: o con un contacto, o con una palanca, y también pagando una cifra exorbitante en dólares. No me puedo sino preguntar: ¿No hay misericordia en este país nuestro? ¿Qué más pasó? Y todavía hay quien dice que el socialismo del siglo XXI, el comunismo, sirve. Pretenden adueñarse del mundo. ¡Dios nos libre!


GLORIA CUENCA | @editorialgloria

Escritora, periodista y profesora titular jubilada de la Universidad Central de Venezuela.

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