La peor nota de octubre: mataron la Orquesta Sinfónica

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ENTRE VOS Y YO


Por: Marlene Nava Oquendo

Maracaibo es una ciudad musical. Su primera composición conocida, en forma de gaita, data del mil seiscientos y es un homenaje a San Sebastián, el patrono de la ciudad.

A partir de la mescolanza de lenguas y de credos que se conjugaron en sus playas, el elam creador del maracucho ha puesto acordes al viento, cargado de atriles; al marullo cantarín; a la lluvia pringando sobre las aceras; y al sol, enamorado de esta sabana.

Y desde esa algarabía de voces nace una cabullera de géneros, que trenza memorias con quehaceres y añoranzas: valses, danzas, contradanzas; espinelas o décimas, chimbangeles, tamboreras. Y construye un monumento a su querencia, a sus ancestros, a su Matria, la gaita que le trascenderá los espacios y los tiempos con sus vestigios de tamborera, de furros, de cantíos a Santas Lucía y de estirpe perijanera, arrastrada por el zambe y la paloma jovitera.

Esta ciudad pare hijos amarrados a las notas y los arpegios. Y canta, canta, canta… desde los juglares populares hasta bandas, cantantes y orquestas de pop, rock, balada, ska, reggae, dance, música tradicional, folklore, música latina, salsa, jazz. Y gaita, siempre gaita. A su China, a su Lago, a su Puente, a su memoria, a la tierra sagrada de sus muertos.

Maracaibo de todos los tiempos ama la música. Palcos, plateas y hasta las escalinatas del Teatro Baralt de fines del siglo XIX se plenaron ante la presencia de la Zarzuela Española de Enrique Lloret con “Campanone” en noviembre de 1895; y óperas como las presentadas por la compañía Martinó cuyo programa incluía “La Traviata”, “Hernani”, “El Barbero de Sevilla”, “Fausto” y “Rigoletto” en junio y julio de 1884.

Para el novecientos, le manan orquestas y bandas dedicadas a las retretas, los desfiles y las serenatas: La Banda de Conciertos Simón Bolívar, la Típica y las pequeñas orquestas de viento en juegos florales y tenderetes.


Maracaibo de todos los tiempos ama la música. Palcos, plateas y hasta las escalinatas del Teatro Baralt de fines del siglo XIX se plenaron ante la presencia de la Zarzuela Española de Enrique Lloret con “Campanone” en noviembre de 1895; y óperas como las presentadas por la compañía Martinó cuyo programa incluía “La Traviata”

Marlene Nava Oquendo

Y finalmente, desde finales del siglo XX, los jueves se convirtieron en cita, punto de encuentro y solaz en los conciertos regulares de la Orquesta Sinfónica, su mayor orgullo musical.

Por eso, el pasado martes 13 de octubre, la ciudad quedó en trance: un titular de prensa rezaba «Mataron la Orquesta Sinfónica de Maracaibo». Y la noticia, que corrió por las redes, dejaba cuenta de cómo enviados de gobierno regional se apoderaban de la sede, los instrumentos, las llaves y todos los bienes muebles custodiados por la institución. Y decretaban su muerte.

La Sinfónica de Maracaibo fue creada por decreto regional el 30 de septiembre de 1958. Su más remoto antecedente se remonta a 1933, cuando un grupo de músicos se reunió para crear el primer núcleo instrumental de la ciudad, que sucumbió ante las condiciones económicas y políticas del momento.

Hoy, se repite la historia: desde hace unos cuatro o cinco años periodistas locales han venido poniendo sobre el tapete la situación de los apenas 17 músicos integrantes restantes, condenados a un sueldo de hambre; y a la institución, a una sequía presupuestaria inédita.

Curiosamente, fue el 24 de octubre de 1972 cuando el Maestro Eduardo Rahn asumió la batuta, con músicos venezolanos, polacos, norteamericanos, colombianos y argentinos. En 1975, hizo su primera gira internacional a República Dominicana; en 1977, promovió y participó en el Festival Latinoamericano de Música Contemporánea Ciudad de Maracaibo.

En sus primeros quince años, esta orquesta ofreció casi 1.500 conciertos para 1.150.000 personas aproximadamente, con 80 directores, nacionales y extranjeros, 134 solistas venezolanos y 100 extranjeros invitados. En 1983, al cumplir veinticinco años, fue declarada Patrimonio Artístico de la Nación, por ser considerada la mejor de América Latina.

Era obligante hablar con Nerva Bracho. Uno la vio, joven y comprometida, gastarse la vida en la reconstrucción de la Orquesta Sinfónica como respuesta a una Maracaibo demandante de buenos conciertos clásicos. Entonces, actuaba como Secretaria de Administración del estado.


Hoy, se repite la historia: desde hace unos cuatro o cinco años periodistas locales han venido poniendo sobre el tapete la situación de los apenas 17 músicos integrantes restantes, condenados a un sueldo de hambre

Marlene Nava Oquendo

En los 70, bajo el gobierno de Hilarión Cardozo, se produjo la renovación de la Orquesta, con cuyo fin se realizaron audiciones en diferentes países. Llegó a tener una plantilla de más de cien músicos quienes, además de actuar como ejecutantes, debían impartir sus conocimientos en el Conservatorio local.

Ya para entonces, se realizó el primer Festival de Música Contemporánea que tradujo su expansión hacia el mundo. En el evento participaron e interpretaron música clásica contemporánea ejecutantes como el griego Yanis Xenkis, el polaco Krzysztof Pendereski, el cubano Leo Brouwer, el guatemalteco Jorge Sarmientos, el venezolano Antonio Estévez, entre otros.

En 1981, la Orquesta se presenta en el Kennedy Center de Washington -donde recibió homenaje del Gobierno estadounidense representado por su vicepresidente, Richard B. Cheney; y en el Carnegie Hall, de Nueva York, donde estuvo presente el músico Alberto Ginastera, para presenciar la interpretación de la pieza Malambo, de su autoría. Su éxito fue registrado por el New York Times y The Washington Post.

Un año después, inició el periplo de una gira por 37 ciudades de Estados Unidos, Canadá y México. Y, posteriormente, hacia Italia.

En diciembre de 1995, presentó la ópera Rigoletto, de Verdi. Para entonces, los músicos habían hecho de Maracaibo su patria y habían educado a sus jóvenes con altísimos estándares de calidad. 

“Hoy no sabemos dónde están sus instrumentos; y sus archivos han sido abandonados, junto a cualquier intención de volver a escuchar a la orquesta tocar”, dice Nerva Bracho de Sánchez, una de sus promotoras más sobresalientes. Ha llevado peor destino que la Biblioteca Pública del Estado, cuando la quisieron convertir en un hospital.

“La memoria de sus grandes directores Eduardo Rahn y Havid Sánchez, clama. No merece nuestro silencio. El Zulia debe alzar la voz de reclamo por el asesinato de una institución, y todos, como antiguas plañideras, debemos hacer del llanto colectivo un corifeo que realce la memoria de nuestra Orquesta y no deje morir su legado. Cuando vuelva la democracia, volverán los conciertos, pero mientras tanto que nadie marchite nuestra viudez, que sepan que estamos penando por el crimen cultural cometido por una banda de artistas resentidos”.


MARLENE NAVA OQUENDO | @marlenava

Individuo Número de la Academia de la Historia del Estado Zulia, fue directora de Cultura de la región, profesora de LUZ y ha realizado un denso trabajo en pro del rescate de la cultura e historia mínima de la ciudad.

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