La esperanza vinotinto no se desvanece

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QUIEBRE RÁPIDO


Por: Williams Brito

Hay muchas maneras de expresar cariño por la selección nacional de fútbol. No se puede ser indiferente, aunque en Venezuela el béisbol sea una religión y el baloncesto haya logrado importantes triunfos internacionales. Para las nuevas generaciones que comenzaron a ver los primeros resultados positivos al inicio de 2000, la Vinotinto se convirtió en el “primer amor”. Otros, después de seguirla décadas antes como aficionados y luego de cerca como periodistas (como el caso de quien escribe), han madurado ese sentimiento innato para dominar las emociones y tratar de cumplir la difícil tarea de mantener “los pies sobre la tierra” cuando juega el combinado.

Como muchos caraqueños, el 30 de julio de 1989 un grupo de muchachos se preparaba para ir a uno de los tantos juegos en los que Venezuela retaba a la historia. Sentados en una de las escaleras de la calle Ayacucho del sector Monte Piedad, en la parroquia 23 de Enero, esperaban al último integrante del clan para emprender el viaje hacia el estadio Brígido Iriarte, en El Paraíso.

“¡Hoy le ganamos a Brasil!”, decía a su llegada el entusiasta joven. En el andén de la estación Agua Salud del aún reluciente Metro de Caracas reinaban la fiesta y el entusiasmo. Lo mismo encontraron al salir de la estación Capitolio y al abordar el microbús. Se notaba la alegría de la gente que caminaba aquel domingo por toda la extensión de las avenidas Baralt y Páez. Para una ciudad es motivo de felicidad recibir un partido internacional. Para estos muchachos, acostumbrados a ir religiosamente al estadio Universitario, era una buena señal ver al gentío cantando en las puertas del Estadio Nacional. “¡Claro que hoy ganamos!”, repitió el adolescente.


“¡Hoy le ganamos a Brasil!”, decía a su llegada el entusiasta joven. En el andén de la estación Agua Salud del aún reluciente Metro de Caracas reinaban la fiesta y el entusiasmo. Lo mismo encontraron al salir de la estación Capitolio y al abordar el microbús

Williams Brito

La fiesta en las tribunas era contagiosa, pero cuando el anunciador comenzó a nombrar a los integrantes del equipo brasileño todos entendieron la dificultad del duelo: Romario, Careca, Bebeto, Dunga, Branco, Taffarel y compañía. Nada fácil este juego de las eliminatorias del Mundial Italia 90. Pero escuchar por los parlantes los nombres de los jugadores de la Vinotinto hizo que el grupo retomara la esperanza: César Baena, Pedro Acosta, Bernardo Añor, Pedro Febles, el ídolo Carlos Maldonado y Héctor Rivas, el parroquiano del 23 de Enero a quien conocían y admiraban.

A pocos minutos de comenzar el juego, cada uno de los muchachos se “bautizó” con un trago de ron que literalmente exprimieron de una bota de cuero. A las 4:06 pm vino el primer balde de agua fría. Branco quedó solo por la izquierda y disparó un zapatazo desde el borde del área que cruzó al descolocado arquero Baena. Otro trago de ron para pasar el mal rato. En adelante, la selección venezolana estuvo 40 minutos como un boxeador contra las cuerdas hasta que —como una campana salvadora— sonó el pitazo que puso fin al primer tiempo.

El sol pegaba de frente en la tribuna Este, pero el grupo se dio otro “guamazo” para calentar motores y ver el segundo tiempo. Pasaron largos minutos aguantando el incesante ataque, hasta que en el 68 Romario anotó el segundo de Brasil. “¡Queda tiempo para remontar!”, murmuró otro de los jóvenes que ya ni entendía lo que pasaba en la cancha. Bebeto se encargó de sepultar cualquier chance con tantos a los 80 y 82 minutos. Con varios rones en la cabeza, aquel grupo de adolescentes del 23 de Enero entendió que no se “hace historia” en un partido, así sea venciendo al equipo que en ese momento tenía tres títulos mundiales en sus vitrinas.

Con un fútbol venezolano debilitado, casi amateur, y una federación sin proyección era difícil pensar en un cambio en el corto plazo. A pesar de la resaca por el ron en ese hervidero, y de la goleada brasileña, aquellos jóvenes siguieron adelante. Durante los meses siguientes admiraron a los casi 20 venezolanos que estaban en las Grandes Ligas; a los boxeadores que peleaban por títulos mundiales; la lucha de Carlos Lavado Jones en el Campeonato Mundial de Motociclismo 250cc; a la selección de baloncesto que logró clasificar al Mundial de Argentina 90.


Con varios rones en la cabeza, aquel grupo de adolescentes del 23 de Enero entendió que no se “hace historia” en un partido, así sea venciendo al equipo que en ese momento tenía tres títulos mundiales en sus vitrinas

Williams Brito

Después de ese episodio se formó una coraza para ver los partidos de la selección; la óptica sería distinta. Brasil clasificó a Italia 90 con 7 puntos, Chile quedó segundo con 5, mientras que Venezuela finalizó en el foso de ese grupo con 4 derrotas, 1 gol a favor y 18 en contra, el peor récord del subcontinente. Las estadísticas históricas aún pesan para Venezuela, el único combinado de Suramérica que no ha jugado un Mundial. Pero cada vez que comienza una eliminatoria, sobre todo con el actual formato, se abre una pequeña brecha para la esperanza.

Si en algún momento gritamos un gol de un jugador venezolano entendemos lo que significa soñar. Es algo natural. ¿Cómo renunciar al anhelo de ver al conjunto vinotinto en una Copa del Mundo? Es difícil clasificar, pero en el proceso suceden cosas interesantes. En el camino a Suráfrica 2010, el equipo sumó 22 y quedó a dos unidades del puesto de repechaje; para Brasil 2014 se lograron 20, que fueron insuficientes para el boleto; mientras que el pasado clasificatorio para Rusia 2018 representó una involución.

Este 18 de noviembre de 2020 muchos amanecieron sonrientes por el triunfo que logró la Vinotinto sobre Chile. El 2-1 representó muchas cosas, más allá de los tres puntos necesarios para mantenerse en carrera. Por un lado, fue la primera victoria en las eliminatorias para Qatar 2022 después del equivocado planteamiento con el que se perdió en Colombia (3-0), el resbalón en Mérida frente a Paraguay (1-0) y el ordenado desafío que se fue de las manos por una falla defensiva en Brasil (1-0). También fue el triunfo que terminó con la seguidilla de derrotas como local frente a la selección austral. Además, el cuadro venezolano mostró un ascenso con un juego más ofensivo y ordenado, en el que destacaron figuras sobre las cuales los seguidores tienen sembradas sus esperanzas: Yangel Herrera, Darwin Machís, Yeferson Soteldo y el experimentado Salomón Rondón, autor del gol que desniveló la balanza.

Por encima de las decepciones históricas, siempre habrá muchachos como los que hace 31 años fueron del 23 de Enero al estadio Brígido Iriarte con la esperanza de ver a la selección vencer a Brasil. Se trata de un sentimiento que no conoce de lógica y que ahora tiene a muchos venezolanos pendientes de lo que haga el equipo, que ahora es dirigido por el portugués José Peseiro. En medio de tantas calamidades, es válido —diría que necesario— sonreír por la Vinotinto.


WILLIAMS BRITO | @willibrito

Periodista egresado de la UCV especializado en deportes. Coordinador de la sección de Opinión de El Pitazo.

El Pitazo no se hace responsable ni suscribe las opiniones expresadas en este artículo.

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