La circunstancia venezolana y el derecho a la rebelión

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Suena mucho pedir a parte importante de la oposición una salida que contemple el protagonismo de la gente | Foto Ronald E. Peña

Este es un principio heredado de la historia moderna. Se acuña en la Constitución de 1999. En 1789, los revolucionarios la incorporan en la Constitución burguesa en Francia. Más adelante, en 1793, la asume la nueva Constitución francesa como un derecho humano. De allí se convierte en principio universal y humano el derecho a la rebelión.

Ahora bien, su desarrollo encuentra otras experiencias que la nutren. La insurrección, por ejemplo, se distingue de la rebelión. Su desarrollo le va brindando una connotación diferente. El factor consciente y su asunción como arte, la distingue de la rebelión mera, cuyo componente espontáneo se manifiesta las más de las veces. Lenín le da una realización teórica y práctica. Hereda su concepto de Marx y la Comuna de París que llevó al poder a los trabajadores, al menos por tres meses. Así, con delectación orfébrica, triunfa sobre el despotismo zarista. Desde entonces, todo despotismo le teme. 

El camino tomado por los comunistas en varias oportunidades es el correcto. La experiencia más destacada, sin dudas fue la de 1917 en Rusia. Aspecto fundamental en el triunfo fue la confianza en las masas. Recordemos que las formas de lucha pueden ser asumidas por unos u otros, independientemente de la orientación ideológica. La insurrección, entendida desde esta perspectiva, fue eficaz porque contó con las masas y con una dirección política que no vaciló en acometer las tareas al respeto, sobre todo en la organización de base de la gente en torno de una propuesta política para el cambio. 

Pero propiciar mediante contrato privado o a través de acuerdos que delegan hasta la dirección de una acción contra el régimen no resulta nada correspondiente con este principio que heredamos del cambio revolucionario de la democracia burguesa y de la insurgencia socialista. Se corresponde más con la privatización de la guerra. Cosa nada nueva. Eso también lo heredamos de la burguesía. 

La privatización de la guerra por parte de Estados Unidos, parece encontrar en esta idea una continuación. Peligro que se cierne sobre cualquier parte del planeta donde se presente un conflicto. Ya lo han hecho en muchas partes, destaca Irak. Nuevos tiempos, nuevos corsarios. La privatización de las guerras, además, no es un asunto de esta etapa de la modernidad. Podemos establecer que, por aquello de que, en la sociedad mercantil, las cosas y los servicios pueden convertirse en mercancías, la guerra no escapa de eso. Una de las más claras muestras de esta afirmación fueron los piratas, filibusteros y corsarios, cuya gesta se inscribe en el proceso de acumulación originaria de capitales. Así, durante dos siglos, entre 1520 y 1720, practicaron actos amparados de manera directa, caso de los corsarios, o indirecta, “violando” las leyes y tratados. Inglaterra, Francia, Holanda, España y Portugal tenían sus respectivos ejércitos. Pero desde el siglo V a. C. ya eso existía en la Grecia antigua. Tan vieja como su etimología pues.

Es importante tomar en cuenta las consecuencias de una intervención extranjera en general y de una intervención estadounidense en particular. En principio, en buena medida, hay injerencia extranjera en nuestro país. Son demasiadas las riquezas en juego en medio de una circunstancia muy particular a escala planetaria. Y es que la pugnacidad interimperialista día a día se hace más enconada. China Y Rusia se mueven en un patio propio.

Aprovechar las contradicciones entre los bloques imperialistas

Por lo que se convierte en una determinación eso de aprovechar tales contradicciones en favor de la salida de la dictadura. De un desalojo radical del poder de las mafias gobernantes. Eso hay que saberlo hacer y medir bien las circunstancias y condiciones en las que se hace. Y es que los bloques imperialistas buscan quedarse con nuestras riquezas, pero también, con el mismo ahínco, buscan que el rival no se quede con nada. Esa es la lógica del comportamiento de los imperialismos, cualquiera que sea. Hasta guerras hacen para que el otro salga con poco.

Hemos insistido en que el imperialismo revanchista de estos tiempos es Estados Unidos. Afirmación que no obedece a cuestiones meramente políticas. Por el contrario, el revanchismo es el resultado del rezago económico que sufre Estados Unidos frente al bloque liderado por China.

Ahora bien, tal circunstancia puede resultar una cosa buena o una cosa mala. Todo dependerá de cómo sea el comportamiento de los factores opositores frente a la perspectiva yanqui. El revanchismo hace más agresivo a los estadounidenses por cuestiones objetivas. Ese revanchismo los ha hecho definirse de manera más clara frente al régimen. Asunto que no obedece, en lo fundamental, a la posición que adopten los sectores enfrentados al régimen. Si hay beneplácito o no al respecto, en relación con alguna política o medida que afecte al régimen. Es un hecho independiente de la voluntad de quienes hacen política en Venezuela y en cualquier parte. De allí que aprovechar esa circunstancia que, a momentos, tiende a debilitar al régimen, es una determinación fundamental a ser considerada. Lo que explica, por ejemplo, que el gobierno no se atreva a detener a Guaidó.

Actúan los estadounidenses guiados por determinaciones propias de su condición imperialista. Luego, por haber perdido la hegemonía mundial, es la potencia revanchista. Condición que bajo el principio de pugnar por mercados y fuentes de materia primas baratas, busca, o bien hacerse de ellas o, al menos, evitar que el rival se las quede.

Históricamente, eso del aprovechamiento de las contradicciones interimperialistas, encuentra un buen ejemplo durante la guerra civil española. Los republicanos clamaban por la intervención de Inglaterra, Francia y Estados Unidos, dada la participación de los nazis y los fascistas italianos a favor del genocida Franco y sus hordas. No lo lograron. Stalin, por su parte, siempre clamó por el segundo frente en occidente. Los imperialistas estadounidenses e ingleses, que esperaban que los nazis derrotaran a los soviéticos, armaron ese ansiado frente al ser evidente la derrota alemana por parte de la nación socialista. Un hecho positivo en este sentido, fue el del tren alemán que llevó a Lenin a Petrogrado en 1917. Positivas o no las respuestas, son eventos que no suponen en ningún caso desconocimiento de la soberanía, ni del papel protagónico de los pueblos. 

Así que, distinto a actos como los de Macuto y Chuao, la salida de la dictadura debe ser un asunto nativo, soberano. Lo que supone aprovechar las contradicciones interimperialistas, sin plegarnos a los designios de unos u otros.

De otra parte, una cosa es la consigna de que una chispa encenderá la pradera y otra, que la chispa sea un putch o un foco capaz de producir un levantamiento general de una sociedad contra algún régimen político. En Venezuela ese debate fue candente en épocas de la teoría del foco, importada desde Cuba. Ahora la llaman “mancha solar”.

Ciertamente una acción de este tipo puede desembocar en una insurrección, pero esas cosas deben de estar preparadas. Es más, puede coincidir la acción de alguna gente y un movimiento de masas generalizado. Pero asumirlo como estrategia no luce eficaz ni ha lucido. Sobre todo, frente a un régimen que parece dispuesto a apagar cualquier intento de esta naturaleza contando con recursos institucionales, tecnológicos y financieros, además de su ética retorcida, que incorpora la tortura, desapariciones, asesinatos, chantajes... Lo que supone una gran preparación técnica y moral para enfrentarlos en ese y todos los terrenos.

La salida soberana

Suena mucho pedir a buena parte de la oposición venezolana una salida que contemple el protagonismo de la gente. Pero esa es la actitud correcta. Además, delegar en otros una salida que debe ser el resultado de nuestra autodeterminación, además de peligrosa, coloca a quien la auspicie, de cara a la historia, como un lacayo. Fácil que el régimen le saque punta muy a pesar de que ellos están postrados frente a los chinos y rusos. Muy a pesar de que hayan estado detrás de la patraña de Macuto.

Ahora bien, los trofeos del gobierno, fabricados o no, como el del caso que nos ocupa, de nada sirven para frenar el descontento. Nada sirven para atender la calamidad de las mayorías, confinados y hambrientos, sin gasolina y sin servicios. Mientras, los reyes, reinas y reyezuelos de pacotilla están desnudos frente al pueblo. La rabia crece y en cualquier momento se hará valer como fuerza poderosa que barrera la dictadura. Sólo falta una dirección política que una las luchas en una sola y que se disponga a edificar una unidad de todo el descontento contra la dictadura.

De lo que se desprende que, basados en un principio que, más que inscrito en la Constitución, es inherente a la sociedad moderna desde Locke, uno de los primeros en conceptuarlo, se deben adelantar desde ya sus cimientos. Definir claramente la línea estratégica, el camino y la combinación de las múltiples formas de lucha en torno de ella. Lo que supone asumir el principio de no descartar ninguna, que surgen espontáneamente en la dinámica de la lucha política. Saberlas articular en torno de la principal, es un aspecto fundamental del que debe dotarse la oposición para salir de la tiranía. 

Confiar en las fuerzas poderosas que anidan en la sociedad venezolana, sobre todo entre los más pobres, es un asunto fundamental para salir de esta tenebrosa dictadura.Hay que darle contenido popular y democrático a la perspectiva de un gobierno de emergencia nacional. Entusiasmar a la gente ya que no sólo se trata de salir de la dictadura sino de edificar una nueva democracia, para el bienestar de su gente y el desarrollo soberano.

Carlos Hermoso es economista y doctor en ciencias sociales, profesor asociado de la Universidad Central de Venezuela. Dirigente político. @HermosoCarlosD

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